FALLO Y PREMIOS DEL II CERTAMEN DE POESÍA Y NARRATIVA PALABRAS DIVERSAS
El Equipo Editor de Palabras Diversas ha concedido los siguientes premios:
POESÍA:
*Primer Premio, dotado con 700 euros (por ser miembro de REMES) al trabajo NOCTURNO, de Rosy Paláu, México.
NOCTURNO
La noche florece
en el asombro de los astros
que la espían.
Por la calle un perro ladra
a la voz indiferente
del minuto.
El tiempo vuelve,
se derrama.
El pasado existe
en el hoy eterno.
Arrastra un árbol
el oleaje de las claridades.
Cierro los ojos
y es incendio desbocado,
cielo de hojas ardiendo
en la lumbre de los pájaros.
De un silencio a otro
las palabras hablan sus imágenes,
el sueño se congrega
para contarse a si mismo.
Hay un patio.
Quietud errante
las piedras beben apiladas
en los arroyos de yerba.
Los muros se encienden,
parpadean,
cegados por el relámpago
de las enredaderas.
Lejano sol que se deshace
dentro del día
mientras el día hila las horas
en el agua de una pila.
El pensamiento construye
verdades y deseos.
No hay nadie.
Los muertos están muertos.
El instante es la lámpara
que los rebela
atravesando los espacios
todavía frescos de su misterio.
Me despierto.
La inmensidad se ahonda
en la ventana
como un Dios
hecho de miradas inexplicables.
La ciudad se alza
desde sus laberintos,
un gallo canta a deshoras,
una puerta se abre y otra se cierra.
Correr de pasos anónimos,
sílabas que se alejan solitarias
como la oscuridad que apenas toca
tu cuerpo manso de reflejos.
Tierra dormida
sobre el alma que respira
goces y miedos infinitos.
En qué pozo te abismas,
qué aventura te arrastra
como la tarde en rápidos de luz.
La luna se asoma
desde un acantilado de estrellas.
Eres la playa que se extiende
allá debajo.
Columna de transparencia,
el espejo que a la nada sostiene,
en repentinas marejadas te refleja.
La mirada va, vuelve,
se regresa.
El mundo conoce sus historias,
se contempla
como la flor en su tallo dichoso,
como la nube que se abre en lo alto
y se deja salir
en formas vivas.
Pasajeros de las horas,
junto a la sombra que te escribe
yo te leo y te repito.
Diminuto torbellino
zumba el aire en un insecto.
El cuarto se aparece.
Ya clarea.
Rosy Paláu
México
*Primer accésit al trabajo LAS MUJERES OSCURAS (FRAGMENTO) de Andrés Eduardo Pierucci, Argentina.
LAS MUJERES OSCURAS (fragmento)
1
Una mujer durmiendo al costado del vicio
tapando con sus manos las entrañas crecidas.
Una mujer tumbada en mitad de la historia
tramando, sin pensarlo, un berrido de siglos.
Una mujer herida de rieles y de parto.
Llameando pentagramas que el mundo desafina.
2
Cansada de ser sombra latiente en un asilo
desovilló su grito
y confesó que aullaba para que la recuerden.
Un quejido de vieja desesperada y bruta.
Nadie pudo escucharla.
No le vieron el rostro, ni el final, ni el espanto.
Las mujeres oscuras padecen la condena de ser casi invisibles.
3
La blusa de otros años, pañuelos desvaídos,
ojeras de bolsillo, sonrisa maldormida.
Apenas tres palabras en lo que va del día…
Un círculo de escobas y de baldes perpetuos.
Sus palmas agrietadas susurran hasta luego
y con los pies mojados se aleja mientras gime un caracol de luces.
Esa mujer construye su derrota por horas .
4
La noche está obstruida por la palabra cruel de la limosna.
Sangra la esquina norte cuando ella desenreda su monótona sílaba.
La juventud camina sin ver cómo interrumpe la pulcritud del barrio.
Apenas una dosis para aliviar un juego donde nadie se salva.
Apenas un respiro en un corsé de humo donde tose el olvido.
5
Hay una niña absurda trepando por el muro que divide bondades.
Una niña malcriada, o no criada o mal creada.
Un espolón ingenuo de una casta perdida.
Un cerrojo forzado por la sed del desvío.
Hay una niña en trance lamiendo la mejilla de un dios venido a menos,
una esperanza aguada soñando con muñecas que no tengan su rostro.
6
Con su madre, su abuela, su hermanita, su perro.
Con su cesta, su abrigo, su pañuelo, su carro.
Con sus pies sin refugio, con sus manos sin cremas.
Con su almita cosida, con sus ojos sin rima.
Con su madre, su abuela, su rencor, su misterio.
Cruza aceras infames, plazoletas soleadas.
Con su globo pendiente, sus malvones robados.
Cruza de punta a punta la ciudad de los otros.
Cruza toda la infancia sin besos en la frente.
7
Encorvada ante el cetro visceral de su hombre,
hundida en un torrente de gritos mal habidos,
ella edifica el brillo del hogar en silencio
y camina goteando sus vejados laureles.
Sabe que la tristeza invocará su nombre
en una de estas noches, detrás de algún portazo.
Entre el vaho del vino y otras obscenidades
se doblará la rosa sumisa de su talle.
8
Ásperamente sola. Sensiblemente dura.
Estrena la osadía de las luces primeras.
Otra vez en la calle, que no sabe de abrazos.
Otra vez con su mano más temblante y más cóncava.
Tensamente prolija. Fatalmente marcada.
Provoca a un solo gesto la pena y el consuelo.
Otra vez en la calle, que no entiende de hijos.
Otra vez con la foto cuarteada de una cuna.
9
Ella despierta duendes que los hombres incuban
por años, por distancias, por torpes, sin saberlo.
Ella ríe y sus flores se convierten en labios.
Ofrece y su cabello se enreda con mi sangre.
Vende ramos de idilio, vende el fuego engarzado,
con una vocecita imposible y sedosa.
Vende el aroma a nuevo, el rubor verdecido.
Y es la noche un carruaje de celofán granate.
10
Ardida de bocinas, soleada y conocida,
debajo del celeste licuado de una gorra,
marca su territorio con maniobras amables
y la ciudad tolera sus brazos diligentes.
Ella vela, esmerada, la fila de automóviles,
armada de buendías, silbatos, sobretodos.
No malgasta palabras, no desborda lamentos.
Solo aguarda, inmutable, la gloria del centavo.
Andrés Eduardo Pierucci
Argentina
*Segundo accésit al trabajo SOLEDAD, de Amelia Arellano, Argentina.
SOLEDAD
Musgo sobre mi piedra.
Piel de lagarto sobre mi piel de víbora
Con dos cabezas
Una para esconder (¿Detener con la mano
el río de Heráclito …? )
Otra para enterrar los ojos en el charco cenagoso.
El mismo charco, pero otro charco.
Un teorema inconcluso intenta resolver
ecuaciones de ayeres insondables.
Retratos de puertas tapiadas
El tiempo es un lazo de luz
o un puñal falaz, clavado
en el engaño que llamamos infancia.
Allí está.
Nunca me abandona.
Su mirada ausente tiene el olor de una manzana.
hecha de plomo y sangre.
Por las pendientes cenagosas de la nada,
resbala el cansancio.
No hay piedad.
La tregua se aleja lentamente.
La marca candente aún humea.
El desamparo galopa, montado en Rocinante.
Lorenza no ha encontrado a Dulcinea.
Nuevamente ha vencido el “Caballero de la Blanca Luna.”
He abandonado todos los caminos
Todos los caminos me han abandonado.
Todos, menos uno:
El laberinto triangular que une vida
y muerte.
Raza de ausentes.
Estertor de vinagre sobre llaga abierta.
Ceniza .Polvo sobre mi polvo.
Huéspedes fugaces.
Intentan regresar aquellos secretos,
enterrados,
en la boca sellada de la tierra .
Palabras nunca dichas.
Vino y sangre inútilmente derramados.
La sombra de una bandada de pájaros ciegos
oscurece y apaga la palabra sepultada en ruinas .
Ruina entre ruinas. En el aire un olor a nostalgia
lastima
hasta morir.
(Hasta Lázaro, ha llorado consternado, en la tumba del olvido)
Ah Que deseo absurdo
Que inútil esperanza de cielos imposibles.
Tatuada hasta los huesos
de visitantes que creí inmortales.
Unas manos, una mirada, un ojo acuoso,
mendigo.
Ah. paradojal recuerdo.
El país donde estuvimos nunca estuvo
Incompletud.
No queda nadie para hospedar
este despojo
de rosas y de ortigas
Un túnel solitario entre Escila y Caribdis
Ah ¡Qué tormentoso absurdo!
(La niña, en su bolsillo esconde,
un puñado de almendras,
un espejo y al OTRO )
Tres silencios
han convergido en la gruta
de un enero sonoro
Tres silencios y un grito.
Aun me lastima el implacable médano.
Los fantasmas que he amado son los mismos
fantasmas
que he odiado, tanto, pero tanto,
que aun me duele el costado derecho.
Cicatriz de piedra cosmogónica
Unidad de soles fragmentados.
Una mitad de gritos, otra de silencios.
Es la primera pena.
El último olvido.
Mucho antes que el espejo reflejara
la agonía del tiempo,
ya estaba allí,
acechando,
semen de una semilla de algún ángel caído .
Más sola que los muertos, en su primer lecho
de amapola
y noche .
Una noche de conjuros y rituales.
Circe ha perdido el zapatito a media noche
Laberinto de voces
de oro en una torre de Babel
El espejo bifronte refleja
la mas terrible soledad .La soledad de a dos.
Soledad.
Duramadre nacida de torcaza… o basilisco.
Hija de la propia noche que engendro
y me ha engendrado.
Amelia Arellano
Argentina
NARRATIVA:
*Primer Premio, dotado con 500 euros, al trabajo MARÍA LA MORCILLA de Cristina Merelli, Argentina
MARÍA LA MORCILLA
La llamaban “María la morcilla”, decían que la sangre se le había coagulado en las venas de tanto amor imposible.
A los setenta vivía sola, o mejor dicho en la soledad de tantos desamores.
Enjuta y desdichada se abría paso hacia la muerte en pancitos remojados en té con leche tibio y las encías rosadas de bebé marchito.
Por el retablo de su pelo blanco, muerto mucho antes que el cuerpo, asomaba la cara de un títere mal armado en papel de diario y engrudo, con un toque de rouge reseco.
Recorría los silencios de su casa apoyándose en los muebles, pero no era el cuerpo lo que apoyaba, era el alma.
En las humillaciones y fracasos se le fortalecieron los huesos, y hasta el día de su muerte, esperó de pie detrás de la ventana, con la altiva dignidad de los que se saben mal señalados.
De cada amante conservaba - en naftalina y lavanda - recuerdos indestructibles de promesas, lágrimas, horas ausentes, esperas.
Las huellas de los que pasaron rápido sangraban en su calle en arañazos rojos los días de lluvia, y las huellas de los que alguna vez se quedaron, ““María la morcilla””, las había transformado en querubines, que protegían sus sueños mal cosidos: papeles de caramelos, violetas secas, fotos descascaradas, un mechón de pelo rubio y otro negro, dos botones de nácar, una poesía sin final, una cruz. Durante la noche estos angelotes enigmáticos velaban en la puerta del cuarto de la mal amada, como los zapatos que esperan los reyes.
Durante el día, María los desparramaba sobre la almohada almidonada y la colcha al crochet blanca, virgen y blanca.
A su primer amor lo llamó, recuerdos locos. Al segundo glicinas, al tercero helado de granizo, al cuarto…tuvo tantos.
Ella había nacido para enamorarse, nada más que para enamorarse.
Su madre siempre decía: María es una enamorada del amor y las dos tías lo festejaban y le hacían bucles con el dedo en los bucles. Y María las odiaba. Entre el té y masitas para el té, las odiaba.
Odiaba a su tía rouge rosa, y a su otra tía rouge rosado. Eran tan grotescamente vírgenes que a María le causaban espanto.
Todo lo que ella por ese tiempo sabía sobre la virginidad eran las manos heladas de sus tías, las clavículas huesudas, las caderas disimuladas en polleras tableadas, polleras tableadas color té con leche, que se elevaban con la brisa de los hombres que pasaban…y las sonrisas tensas de las tías - que eran unas falsas, decían en la familia - no, no son falsas, son vírgenes a dúo, mamá.
Un día, llegó el primer amor, María en una kermés con los pechitos en brote ahogados en enagua de algodón, en camisa, en pulóver y un pastelito de membrillo en la mano. Él estaba pescando cuadraditos de madera con sus zapatones de hombre y un traje de hermano mayor - si gano ese oso azul te lo regalo…
¡María entraba al amor de la mano de un pescador de osos azules!
La vida comenzaba tan prometedoramente bella, que cuando terminó de comer el pastelito, ya estaba enamorada.
Y cuando llegó a su casa se encerró en su cuarto a amarlo, lo amó tanto tanto tanto, esa noche, y a la mañana y a la tarde afiebrada, que lo gastó enseguida…
- El primer amor nunca se olvida - Le había oído decir a su madre, un día que servía buñuelos de manzana a las visitas.
La frase le quedó crujiendo entre los dientes como el azúcar de los buñuelos. - El primer amor nunca se olvida.
Ella no quería olvidarlo, pero a la semana su pescador volvía en sueños transformado en oso azul.…
La vida le había tendido una trampa, la primera.
“Recuerdos locos” escribió en la vereda de tierra de su casa, y al lado le dibujó una cara, para no olvidarse nunca nunca del pescador de osos. Un círculo, dos puntitos y una boca…un círculo dos puntitos una boca, un círculo dos puntitos…una cuadra entera. La eternidad del amor en cien metros.
Un triciclo fue el primero en pisotearle su amor. Entonces decidió grabárselo en el cuerpo. Con una aguja se pinchó un dedo mientras pensaba en el pescador. Y se chupó la gotita de sangre. Ya nadie volvería a caminarle por encima.
Para el día de su santo, las tías le regalaron una Santa María de clavículas huesudas y túnica color té con leche, bordada por ellas en el punto aguja de su cruz…La madre enmarcó la imagen y la colgó frente a la cama de María,
Y esa noche su pescador no apareció en sueños.
A la noche siguiente, antes de acostarse, se sacó un moco y lo pegó en un ojo de la santa, y a otra noche en el otro, y así todas las noches, hasta que le cubrió la cara, pero el primer amor “recuerdos locos” no volvió más.
Hacia el invierno, y en bicicleta, llegó “glicinas”, su segundo amor…María venía de la escuela y él pasó a su lado, adiós, y siguió su camino de repartidor, sin volver la cabeza. Un mareo de pan recién horneado le aromó el corazón. Cuando salió del letargo de la levadura, él ya iba lejos. Alcanzó a ver una espalda verde, adiós,
Y ella empezó a comer pan, kilos de pan y la madre la mandaba a la panadería y ella fue a todas las panaderías del barrio, y a todas las panaderías de los otros barrios, adiós, adiós, adiós, adiós, adiós…
- Se va a empachar - dijeron las tías - y en el desayuno aparecieron dos rebanadas de pan flacas huesudas, frías, y ya no hubo más merienda con pan y manteca, con pan y dulce de leche, adiós, adiós, adiós.
Florecían las glicinas y el pan de su amor se enmoheció, verde como la espalda del repartidor, adiós.
Cuando cumplió quince años, ya llevaba encima varios amores y ningún beso.
Sus amigas relumbraban en cartas de amor, en encuentros a escondidas, en caricias, a ella sólo la habían amado hombres incorpóreos. Pero no iba a ser como sus tías, consumidas de a dos, ¡las solteronas!.
Se inventó besos, cartas, flores…bombones que compartía con sus tres amigas.
Adela, la más prolija, era la encargada de anotar los nombres de los novios, regalos, besos, caricias. Viernes por medio se juntaban en la plaza y hacían el “balance del amor”, así le llamaban
Juliana y Juan, beso uno, caricias dos, cartas cinco, chocolatines tres.
Mecha y Esteban beso cero, caricias cero cartas dos.
Adela y Omar besos cuatro, cartas seis, regalos cero
Finalmente María era la consagrada, la bendecida. Todos sus novios eran de Hurlinghan - el camposanto de sus tías - donde la llevaban a comer los domingos cruz y castigo. Y en los interminables velorios de las siestas, de las tardes marchitas, ella, la más novia, era besada, acariciada, obsequiada por hombrecitos que surgían de los cactus, de los malvones, de los pájaros enjaulados de las vírgenes resecas.
Para matar la desdicha, cada lunes llegaba esplendorosa al colegio con un nuevo novio y cartas y papelitos de caramelos y flores. No quedaron rosas en las espinas de sus tías.
Un viernes de “balance de amor” las cuatro novias llegaron a la plaza, Adela abrió el cuaderno. Una humillante raya roja en el debe y en el haber de María atravesaba la hoja como una cuchillada y le salpicó la cara, mentirosa, mentirosa.
Adela, Mecha y Juliana se corrieron al banco de al lado y a ella la dejaron expuesta a su soledad. La Virgen María en subasta pública.
A la flecha envenenada la lanzaron en un recreo ¡solterona! y se multiplicó en los pizarrones, en las paredes, en los avioncitos de papel que volaban sobre su cabeza de novia en duelo. solterona
A los diecisiete tenía ciento cinco años. Cincuenta de su tía rouge rosado y cincuenta y cinco de su tía rouge rosa.
María es una enamorada del amor.
Y llegó un amor, “colibrí del mar”, tan bello que enceguecía y ella emergió con él, resplandeciente, de las aguas heladas de Necochea.
Ese verano toda la familia había ido a la playa, padres, tíos, primos, una multitud, menos ella, ella había ido sola. Cuidá a tus primitos.
Y María levantó castillos de arena con catacumbas estrechas y húmedas, una para su papá, otra para su mamá, para la tía, el tío, y en las más pavorosas encadenó a los dos primitos. Y cada mañana levantaba otro castillo, bien a la orilla, para que al atardecer la marea los ahogara a todos.
Fue en uno de esos atardeceres de luto cuando lo vio surgir de las aguas; ella se encendió como un faro, y él, buceador de todos los mares, echó anclas a su lado.
Tenía el cuerpo cubierto de arenitas de nácar y en las últimas gotas del atardecer, el pelo de algas brillantes se le fue enrulando con cada estrella que aparecía.
Y llegó la noche en marejada de olores y el buceador arrastró a María por arrecifes de coral, y ella escuchó el canto de los delfines y se atrevió a desafiar las mandíbulas de un tiburón, y en la danza amatoria de los caballitos de mar, él le acarició la mano.
En la rompiente de las olas ella creyó oír las voces de su ahogados: su papá, su mamá, los primos, me tengo que ir - dijo tan despacito que él no la oyó, y María se quedó, buceando en las aguas del caribe de sus ojos y aliento a sal marina, y todas las voces de los ahogados se silenciaron en las nubes que tapaban la luna. Y se amaron en olas gigantescas, en vaivenes de espuma y barcos hundidos. Y María virgen transmutó en sirena.
El, “colibrí del mar” la acompañó hasta su casa, y miles de kilómetros atrás quedaron enterradas en la arena las dos tías resecas en sus caracolas de nácar.
El último beso fue una perla que él le dejó en la lengua, y se despidieron en promesas de abalorios, de gaviotas y de horizontes.
El padre la esperaba en la puerta de la casa en luces. A cachetazos, le descamó el cuerpo, mientras la madre metía en la valija las gaviotas, las olas y todos los mares y los océanos.
Chorreando lágrimas se la llevaron de Necochea y la encerraron en las pavorosas catacumbas de su casa. Todas las noches soñaba que la marea alta la ahogaba.
En esa época, los jueves era día de novios. La novia se rizaba el pelo al sol, mientras la madre ponía los manteles blancos. Las casas, desde temprano olían a tortas de limón, a chocolate, a cera para los pisos.
El tercer jueves de su prisión, su casa, desde temprano, olía a día de novios, y su madre había interrumpido bruscamente los reproches.
María creyó en el perdón de todos los pecados, en la resurrección de los muertos y le agradeció a la Virgen de mocos y clavículas huesudas.
Y por ese afán de comulgar con imposibles vio a su colibrí del mar nadando desde el mar de Necochea hasta el Río de la Plata, para llegar hasta ella en sol y libertad a las cuatro de la tarde.
Después del mediodía, en el agua tibia de la bañadera, por primera vez desde aquella noche, emergieron como peces voladores, las caricias, los besos, las palabras que ella se había escondido en su alma para que su padre no se las hiciera pedazos. Y en su cuarto de novia de jueves, se puso un vestido azul de sirena, y en los rayos de sol que entraban oblicuos, se rizó el pelo.
A las cuatro de la tarde escuchó el timbre - vení María – le gritó la madre.
Y María corazón tornado levó anclas en el cuarto y navegó hasta el comedor por las baldosas azul mar del patio.
Abrió la puerta como quien llega a un puerto; en el comedor, pantano y ciénaga, rouge rosa, rouge rosado, se ahogó para siempre su colibrí del mar.
La vida se le volvió lenta, pegajosa en la humedad de su soltería. A los veinticinco años, otras de su edad cargaban niños y ella recuerdos tullidos.
Y María sin Dios frecuentó videntes, astrólogos, curanderos. Y en la señal de la cruz de sus desdichas fue liberada de daños, embrujos y hechizos que le volvían la piel amarga y la lengua hiel.
Con el cuerpo inmaculado y el plano de su destino escrito en la palma de las manos, estrenó un par de zapatos blancos…A los viejos los dejó sobre la almohada, y a sus padres una hoja en blanco y tres palabras que sellaban su renuncia, me voy, María.
A sus dos tías, ramitas quebradas, ya hacía mucho tiempo las había echado al fuego con los ojos sellados de alfileres y los labios rouge rosa, rouge rosado cosidos con las tripas de un sapo que nunca sería príncipe.
Y la enamorada del amor, con el destino en sus manos, se internó por caminos olvidados.
En alambres de púas, su vida se fue deshilachando en amores al paso, en promesas, en esperas.
Suplicante de fetiches y dactilógrafa en oficinas sin ventanas, una tarde de su otoño conoció a Rafael.
Él era de mariposas y tucanes, de poesía espesa, de palabras con ecos. Y María entrelazó sus sueños a los sueños de Rafael y echó alas y se perdió en nubes. A ese amor lo llamó “poesía”.
Anidaban sus noches por los cafés de Barracas y solían amanecer helados en hotelitos encortinados en cretonas desgajadas. Ella vivía en una pensión para señoritas. Él, ilustre y pobre, en Recoleta, de la caridad de su esposa Elsa Belén Concepción de Uribe.
María, a ciento veinte palabras por minuto, le escribía cartas a Rafael y se las dejaba entre el plato y el pocillo de café, en la bolsita de tabaco, en los bolsillos, con los caramelos del cine.
Y él, todos los sábados, le regalaba un ramito de violetas, espolvoreadas con canela.
En el cuarto de María señorita, santos y ángeles, prisioneros, condenados al desvelo eterno, ardían en súplicas, plegarias, agradecimientos.
Entre la funda y la almohada, las hojas de laurel, las plumitas falsas de caburé y los talismanes santificaban los rezos y festejaban los sueños en tortas de bodas, en vestidos de novia.
Y sobre la mesa de luz, dentro de un frasco de cristal y miel, una foto de Rafael Uribe miraba al este, el sol naciente de todas sus esperanzas.
Y en las entrañas de una paloma blanca María escupe un nombre de mujer Elsa Belén Concepción de Uribe, y en lunas menguantes la entierra en el cementerio de su soltería, ¡llévatela, Olorún, dueño del cielo, llévatela, llévatela!
Pero en la magia negra de los pantanos, una mañana y otra mañana, se consumieron las dos tías, y María heredera, se fue a vivir a la casa de las muertas infecundas.
En un aquelarre solitario, quemó todos los muebles de naftalina y lavanda y los batoncitos secos, y los zapatitos abotinados sin altar y durmió con las ventanas abiertas a los grillos y a las últimas brasas.
Y Rafael plantó alegrías del hogar y pintó de azul todas las puertas y ventanas, y ella, por las noches, lo despedía en el porche porque era señorita todavía a los ojos del mundo. ¡Olorún, dueño del cielo, llévatela, llévatela!
Él, los jueves, armaba cigarritos en el patio y recitaba “La niña de Guatemala, la que se murió de amor...”, y María servía tortas de limón, chocolate y la casa olía a cera para los pisos ¡Olorún dueño del cielo, llévatela, llévatela!
Tres otoños de noviazgo, y una tarde de invierno, Rafael no volvió más.
Y “María la morcilla” se acostó en el pasto a llorar rocío, y sobre la torta de bodas de su sueños, el caburé se arrancaba las plumas.
En las escarchas de su soltería, tuvo algunos brotes pero nunca más echó raíces.
Una mañana no amaneció en la ventana, los vecinos forzaron las puertas azules descascaradas, y entraron y estaba muerta.
Y en tropel pisotearon papeles de caramelos, violetas secas, fotos, ángeles, un mechón de pelo rubio y otro negro, dos botones de nácar, una poesía sin final, una cruz … mientras un perro bebía del piso el té con leche frío que la enamorada del amor no alcanzó a tomar, y como un amoroso amante, le pasaba la lengua por los labios rouge rosa rouge rosado con miguitas de pan.
Cristina Merelli
Argentina
*Primer accésit al trabajo FARAH, de Ignacio Martínez, Uruguay.
FARAH
Cuando el papá de Hamid entró corriendo a la casa, construida con bloques de barro y techo de lata, llevaba envuelto entre sus ropas holgadas al pequeño cachorro dorado. Afuera la gente iba por las calles de un lado para otro, gritando en medio de una nube de humo, polvo y tierra, aterrorizada por la última bomba que acababa de caer sobre ese barrio periférico de Kabul.
El hombre pidió a Hamid que preparara sus mejores ropas y separara los dos pares de sandalias que tenía, además de las que llevaba puestas, mientras él buscaba un bolso de tela para cargar algo de pan, frutas secas y unas galletas de chocolate que había conseguido de los soldados norteamericanos.
–Vas a salir para el Sur y tendrás que caminar mucho, Hamid. Llegarás hasta la casa de tus tías, en Gardez y de allí quiero que sigas y no te detengas nunca. Sólo el valle del río Indo, detrás de las grandes montañas, será tu salvación, hijo, y si algún día puedes llegar al mar, al puerto de Karachi, entonces una nueva vida te estará esperando.
Hamid no quería irse, pero sólo hizo silencio y obedeció las instrucciones de su padre que tenía el rostro brillante de sudor y de lágrimas.
–Él te acompañará –dijo el hombre señalando al pequeño animal que permanecía inmóvil entre sus ropas.
–Alá estará contigo, siempre –agregó.
El niño sabía que salir solo a caminar por el país lo enfrentaría a muchos peligros. Las tropas extranjeras podían ser una amenaza, los grupos rivales de una guerra civil de raíces milenarias, también, y el pequeño hijo de perros no parecía ser de demasiada ayuda para un viaje larguísimo, entre desiertos, montañas y guerra, aunque bien podía servir de compañía.
–Nade de eso, hijo –dijo el padre, interpretando los pensamientos de Hamid.
–Ellos detectan las bombas enterradas. Si alguna vez tienes que salir de los caminos y tomar campo abierto, él te enseñará por donde caminar. –y esta explicación fue suficientemente clara y contundente como para que Hamid la comprendiera sin rodeos.
El niño sabía de esas crueldades porque había visto decenas de hombres mutilados, deambulando por las calles o tirados en aceras y en esquinas. Algunos, quizá la mayoría, caminaban con muletas. A otros les faltaba un brazo o una mano o rengueaban a falta de un pie que una mina explosiva les había arrancado quién sabe dónde. Algún amigo cercano, de la misma edad de Hamid, había muerto por la detonación de una mina unipersonal simulada a ras del suelo, esperando que cualquier víctima distraída la pisara, la activara y muriera. Esa vez le tocó al niño de doce años que Hamid conocía desde siempre y que había desobedecido las indicaciones de su madre y se había echado a caminar por un territorio prohibido.
–Esas tierras nos están negadas –había dicho la mujer. –No es por espíritus malos ni enemigos de dios ni misterios desconocidos. Es por las bombas enterradas que nos entierran a nosotros, hijo.
Las calles de Kabul estaban pobladas de cientos de personas con cuerpos desgajados, tratando de vivir de la mendicidad o esperando la ayuda humanitaria de alguna organización lejana que cada tanto repartía víveres, ropas o piernas ortopédicas que luego las personas mutiladas se probaban, tratando de hallar la que mejor encajara con la medida de su desgracia.
Hamid miró al pequeño animal dorado que parecía no entender el peligro y su padre interpretó una vez más las dudas en sus ojos inmensos, tan negros como el carbón mismo.
–No, no es un cachorrito. Es un perro joven que ya sabe de estas cosas. Lo que sucede, Hamid, es que se trata de una raza pequeña. Creo que ya tiene un año y te ayudará. Ha sido entrenado para eso, hijo. Ahora vete –dijo, y ambos se entreveraron en un abrazo muy fuerte, en medio de las telas sencillas de sus ropas de colores claros, que formaban sus anchos pantalones, sus camisas holgadas y sus mantos en forma de capa que a veces cubrían toda la cabeza y el rostro.
Hamid dejó la ciudad en guerra después de un par de horas de andar continuo y rápido. En las afueras tomó la calle que se continúa por la carretera que va al Sur, hacia Gardez, y vio a lo lejos el hilo de agua del río Kabul que se pierde en las elevaciones, pero que acompaña un largo trecho aquella vía transitada por vehículo de guerra, carros tirados por caballos y por personas, gente caminando con enormes bultos sobre sus espaldas y largas filas de familia que parecían ir a cualquier parte con tal de que el camino los llevara lejos de la guerra. Todos, sin excepción, estaban serios. Nadie reía y cuando hablaban lo hacían a los gritos como si quisieran que sus voces sonaran más fuerte que el ruido de las bombas que había quedado contenido en los oídos de todos.
La ruta era el lugar más seguro para caminar porque todos sabían que allí nadie había enterrado muertes al acecho. Pero, sin embargo, era el trayecto más expuesto a rateros, ladrones y violadores. También era el territorio abierto que permitía a las tropas en guerra controlar a los viajeros instalando puestos a cada pocos quilómetros.
Hamid sabía que él era un buen motivo de sospecha porque los soldados creían que detrás de un varón joven siempre había un peligro y a cada rato detenían muchachos aquí y allá para ver si escondían armas o bombas entre sus amplias vestimentas.
El tránsito pesado de coches, tanques y carros se fue haciendo más raído a medida que Hamid se alejaba de la capital de Afganistán. La gente que iba en su misma dirección también se fue desperdigando. Algunos quedaban rezagados porque caminaban más despacio. Otros se perdían adelante, a paso decidido y sin tregua. Muchos decidían salirse del camino y tomar las extensiones del vasto territorio porque no querían ser acosados por ladrones de caminos ni ser interceptados por tropas de unos y otros bandos.
Hamid sintió miedo. Por primera vez supo lo que era estar absolutamente solo sin que nadie acudiera en su ayuda ni lo esperara en algún codo del camino.
–¿Qué llevas allí? –gritó el hombre detrás de Hamid cuando ya la tarde comenzaba a palidecer. El niño no respondió, sólo salió del camino y corrió por la tierra amarilla mirando a lo lejos las montañas grises. Por detrás de él sonaron las carcajadas de los hombres y los disparos que hicieron sonar en el aire. Cuando Hamid estuvo a salvo y vio que nadie lo perseguía, se arrodilló sobre la tierra, flexionó su cuerpo una y otra vez hasta rozar su cara con el suelo y oró y repitió varias frases del Corán.
–“Mi Señor sabe lo que se dice en los cielos y en la tierra y Él es Quien oye y Quien sabe.” “Sólo a Ti adoramos, sólo en Ti buscamos ayuda”. “Guíanos por el camino recto, el camino de los que has favorecido”.
Luego guardó silencio y buscó en su memoria la lección del Corán que más lo atrajo siempre y dijo en voz baja el Sura “De lo que ha de ocurrir” para que sólo él, su perro y la tarde, ya en tinieblas, oyeran.
–“Tendrán las frutas que elijan/ y la carne de ave que les apetezca./ Y unas muchachas y unos muchachos de ojos hermosísimos, parecidos a las perlas semiocultas./ Como recompensa por lo que hicieron./ Allí no oirán frivolidades ni incitación al mal,/ tan sólo la palabra: Paz, paz”. –Y enseguida se echó a llorar apretando contra su cuerpo al perro que lo había acompañado entre sus ropas todo el tiempo y que ahora, por primera vez, él dejaba que pisase el suelo.
–Farah, Farah –murmuró Hamid una y otra vez, acariciando al animal que permanecía quieto y que ahora era todo lo que él tenía y que parecía esperar una orden del muchacho triste.
–Ese será tu nombre –dijo y quedó dormido en medio del desierto, bajo el cielo más estrellado que jamás había visto.
A la mañana siguiente se despertó con frío. Las luces del alba se asomaban por los perfiles recortados de las montañas lejanas. Hamid tuvo ante sí un territorio muy amplio, seco, arenoso, silencioso y quieto. Por primera vez se sintió desconcertado y comprendió en toda su dimensión que su vida y el viaje dependían exclusivamente de él mismo y su capacidad de resolver cada situación que se presentara.
Su única orientación venía del mismo sol naciente que le permitió hallar el Sur sin equivocaciones y cuando intentó ponerse de pie para volver a caminar, Farah saltó, apoyó sus dos patas delanteras contra el pecho de Hamid y lo obligó a sentarse otra vez. En el suelo, Farah se puso delante de él, lo miró y movió su cola peluda para un lado y para otro. Hamid comprendió.
–Está bien, Farah, tú irás adelante.
Farah comenzó a caminar despacio. Su cabeza, levemente inclinada hacia abajo, no dejaba duda de que él estaba usando su agudo olfato al máximo de su capacidad. Hamid iba unos pasos atrás, limitándose a seguir el ritmo del pequeño animal dorado, de orejas caídas y cola peluda.
Así anduvieron varias horas hasta que el sol del mediodía cayó en picada sobre la región.
Hamid y Farah hicieron un alto buscando resguardarse en la sombra de una piedra enorme que estaba al costado de la senda que ambos habían tomado y que, seguramente, otros caminantes habían dejado marcada con millones de pasos en los últimos años. De una cantimplora de cuero de cabra, el niño bebió un poco de agua y del hueco de su mano dio de beber al perro. Luego comió un poco de fruta seca que Farah no quiso y ambos se fueron distendiendo hasta quedar dormidos al amparo de la piedra y su sombra.
Hamid soñó. La imagen de su padre apareció entre caballos que venían cabalgando como en cámara lenta, envueltos por una nube de polvo amarillo. Su madre, de rostro cubierto y ojos de miel, estaba sentada en el suelo junto a sus hermanas, también de rostros tapados. La nube amarilla volvía todo más difuso, pero detrás de su familia, Hamid pudo ver muchas siluetas de hombre enormes, armados y violentos. Súbitamente el sueño cambió el rumbo y su madre y sus hermanas se pusieron de pie. Todas corrieron hacia el padre de Hamid y en un destello de luz enceguecedora, el sueño se quebró en mil pedazos que Hamid no pudo reconstruir porque estaba, sencillamente, en tinieblas, aturdido, con un zumbido punzante y sostenido en sus oídos, inmovilizado, como si una mano enorme lo apretara contra la roca grande que estaba en sus espaldas, con mucho calor en su cuerpo y en su rostro, igual al calor que provoca una enorme hoguera encendida muy cerca de él. Por momentos se sintió descendiendo por un tobogán helicoidal que parecía no tener fin o suspendido en medio de la nada, oyendo sólo lamentos, quejido y llantos.
Hamid no supo nunca cuánto tiempo estuvo así, inconsciente, tumbado contra la piedra. El primer indicio diferente que lo sacó de aquel mundo de sueños estrafalarios y dolorosos, le llegó a través de su nariz que percibió un fuerte olor a quemado, como el humo negro que emiten los neumáticos encendidos que muchas veces se usan para barricadas en las calles de Kabul o el fuego interminables sobre pozos de petróleo. Ese olor penetrante se combinó con otros que indicaron que varias cosas habían sido chamuscadas por el fuego, aunque Hamid no pudo distinguir exactamente qué eran.
A esa combinación de hedores le siguió un sonido claro que parecía venir de lejos y que el niño entendió sin confusiones. Era el tenue aullido de Farah que inmediatamente se convirtió en suaves lamidas sobre la mejilla derecha de Hamid. Él intentó abrir los ojos varias veces, pero no pudo. También intentó moverse para un lado y para otro, pero tampoco lo logró y fue en ese momento que comenzó a reconstruir en su memoria lo que pudo haber sucedido en medio del sueño, aunque no podía distinguir exactamente qué había sido invención de su mente y qué era realidad.
Un sabor agridulce estaba pegado en sus labios. La garganta parecía tener arenilla y fue, precisamente, la inesperada convulsión de la tos la que le permitió despegar los párpados y ver alrededor. Las montañas pardas estaban donde él las había dejado. La roca seguía a sus espaldas igual que el suelo de tierra árida y amarillenta. Lo que había cambiado era la luz. Del esplendor del mediodía caluroso sólo quedaban las últimas luces de un ocaso irreversible que se caía rápidamente detrás de las montañas de occidentes. Al lado de él, con breves aullidos aún, lamiéndole la mejilla de a ratos, estaba Farah echado muy cerca del brazo del niño. Cuando vio los ojos de Hamid, el perro estiró una de sus patas delanteras casi a modo de caricia y el niño pudo distinguir casi cierta sonrisa en las comisuras de la boca del perro que no dejaba de emitir ese sonido leve en medio de las pequeñas caricias que le brindaba con su lengua húmeda y suave.
El rastro de sangre confirmó la presunción. A menos de tres metros de distancia había un agujero en el piso que Hamid pudo distinguir en medio de la creciente penumbra de la tarde. Lo mismo sucedió con el hilo de sangre bastante abundante que venía de ese agujero hasta donde él estaba, terminando en las patas traseras de Farah que yacía a su lado.
Hamid recordó todo: el ladrido frenético de Farah, el segundo salto ágil y exacto contra el pecho del niño, la caída contra la piedra, el golpe en la cabeza y el estampido, la explosión y la honda expansiva que salió del suelo en el momento preciso, cuando Farah cayó y detonó la mina con sus dos patas traseras, mientras Hamid caía tres metros más allá, después de estar a punto de pisar el pequeño percutor metálico con una de sus sandalias de tela.
Muchas semanas después, en el puerto de Karachi un niño afgano se embarcó en un carguero de bandera paquistaní que tenía como destino el puerto de Jidda, sobre el Mar Rojo, en tierras de Arabia, desde dónde pensaba emprender viaje hasta La Meca, cerca de allí, con su pequeño amigo que ya había aprendido a caminar junto a él todo el tiempo que fuera necesario aunque le faltara una de las patas traseras.
Sobre cubierta, en plena oración de la tarde, Hamid recordó un párrafo de su libro.
–“Es cierto que el hombre camina hacia la perdición. Pero no así los que creen y llevan a cabo las acciones de bien y se encomiendan la verdad” –murmuró al lado de Farah que lo miraba. La brisa del mar los envolvió y pudo mitigar toda la tristeza menos el ruido de la bomba que quedó en los oídos de ambos, el niño y el perro, impidiéndoles, de a ratos, escuchar otros sonidos. Hamid alzó a Farah del piso de madera de la embarcación y lo acarició una y otra vez, una y otra vez. Farah ladró con mucha fuerza...
Hamid se despertó de un salto. El estampido sonó muy cerca de él o al menos eso le pareció oír, aunque su capacidad auditiva fuera tan limitada. La enfermera corrió hacia él. Varias personas vestidas de blanco salieron de la nube de polvo que comenzaba a cubrir toda la sala. Alguien empujó la cama de patas con ruedas, donde yacía Hamid, y rápidamente la condujo a otra habitación contigua. Farah los siguió sin dejar de ladrar. Sobre Hamid estaba el techo blanco y de a ratos aparecía el rostro bonito de la enfermera joven, de enormes ojos caramelo, que sólo le decía que no se preocupara, que el peligro había pasado y que él debía darse por bendecido por Alá que le había dado un compañero tan leal como su perro que lo había salvado y que, gracias a sus ladridos aquellos comerciantes de feria lo habían encontrado detrás de la enorme piedra.
Por el borde de la cama asomó Farah, parado sobre sus dos patas traseras, apoyando su cabeza y sus dos patas delanteras sobre la mano de Hamid que vio de reojo, enganchadas en la baranda de hierro de su cama, las dos muletas de madera y el sello visible y claro que decía “Hospital Pediátrico, Kabul”. En algún lugar de sus retinas de canela todavía quedaban las imágenes del sueño que lo mostraban en un barco partiendo del puerto de Karachi sobre el Mar Rojo cuyas aguas se movían lentamente, espesas como la sangre.
Farah, que parecía ver los mismos sueños de Hamid, no dejaba de ladrar, mostrando de a ratos como una leve sonrisa, moviendo su cola sin parar.
Ignacio Martínez
Uruguay
*Segundo accésit al trabajo EL VIAJE EN AVIÓN de Beatriz Giobellina, Argentina-España.
EL VIAJE EN AVIÓN
Cuando tenía poco más de seis años subí por primera vez a un avión.
El día en el que papá me dijo que me llevaría a Madrid en su próximo viaje, junto a mamá, sentí que estaban colmados todos mis deseos y que esa felicidad me acompañaría por el resto de mi vida, porque ningún regalo podría ser más especial que ir al aeropuerto, subir a una de esas grandiosas máquinas y volar como un pájaro entre las nubes, estar dentro del mismo cielo.
Debo decir que los aviones y los aeropuertos tuvieron gran protagonismo durante mi infancia debito al trabajo de mi padre, quien viajaba siempre de una ciudad a otra, ausentándose durante meses. Yo iba con naturalidad a despedirlo y luego a esperarlo, en una especie de acontecimiento compartido, casi un festejo, debido a las características de clan muy unido que teníamos con los miembros de mi familia materna. Mi abuela Ester, mi abuelo Juan y las hermanas de mamá con mis tres primas, solían acompañarnos al aeropuerto cada vez que papá viajaba. Supongo que era una forma de prestarle apoyo moral a mi madre: la pobrecita estaba sola conmigo la mayor parte del año. Pero también creo que a todos nos gustaba la atmósfera especial de las terminales aéreas, que sugiere una promesa de aventura, de evadirse de lo cotidiano, de sentir la ilusión de tener una vida más interesante, aunque sea por pocos días.
En el aeropuerto me encantaba ver a esos señores de trajes oscuros con sus maletines de empresarios, que se parecían a mi padre, viviendo más en los aviones y hoteles que en sus propias casas; o a esas señoras de aspecto internacional, con sus ropas elegantes, siempre oliendo a perfumes caros, y con una mirada elevada como diciendo “no soy de aquí, pertenezco a otro mundo”; y durante el verano, a esas familias sobrecargadas de equipaje que no ocultaban su destino cierto de sol y playa, ni su ansiedad por disfrutar cada segundo de sus soñadas vacaciones.
En mi familia existe un concepto de la puntualidad que es como un reloj, pero que está indefectiblemente adelantado. Parece que es herencia de mi abuelo Juan, quién transmitió genéticamente a sus hijas la necesidad de estar siempre antes en el lugar de la cita para no correr riesgo de llegar tarde. Con el paso de los años se perfeccionó el protocolo, con lo que aprendimos que ese tiempo no debía ser menor a una hora. Por esa causa, cuando alguien viajaba al extranjero, a las dos horas previas al embarque exigida por las compañías aéreas, nosotros le agregábamos una más en función del coeficiente de seguridad del abuelo. Lo curioso es que cuando alguien arribaba, se mantenía el esquema por temor de que pincháramos una rueda o que encontráramos congestión de tránsito, o que el vuelo se adelantara. Y a mamá se le hacía intolerable la voz de su padre martillándole que, si llegaba tarde, sería terrible para el “pobre hombre”, quien cansado por tantas horas de vuelo, además tendría que esperar sin que nadie apareciera a buscarlo. Así es que partíamos, con la anticipación debida, a retozar en el lugar más entretenido que yo conocía: el aeropuerto.
Las dos o tres horas que pasábamos cada vez, entre despedidas y recepciones, eran una fantástica oportunidad para jugar con mis primas y para tomar refrescos con sándwiches -invitadas por el abuelo Juan- en el bar de la terminal aérea, o para llevar las valijas con rueditas simulando que éramos nosotras las que teníamos que despacharlas y corretear trepadas en esos carritos para el equipaje. La emoción llegaba al paroxismo cuando subíamos a la terraza acristalada, desde donde podíamos ver cómo despegaban o aterrizaban los aviones, cómo descargaban las maletas, cargaban combustible, subían la comida o bajaban los pasajeros. Pero la fiesta no acababa allí, sobre todo cuando papá llegaba, y a la alegría de tenerlo de vuelta con nosotras se sumaba la de abrir los regalos que siempre traía para cada miembro del clan, también como un acto de fidelidad al mandato familiar de no presentarse con las manos vacías después de un viaje, sea corto o largo; en todo caso, la duración de su ausencia era directamente proporcional al tamaño e importancia de los regalos. Por último estaban las exquisiteces que mi abuela Ester y mamá preparaban para la larga reunión, donde nos contaba sus experiencias en lejanos países, sentado en la cabecera de la mesa al lado de su suegro, acribillado a preguntas por mi abuela y mis tías, bajo la mirada empalagosa de mi madre, y donde siempre tenían que estar mis dos platos favoritos –preferencias que compartía con él-: las empanadas de gallina y la tarta de dulce de leche con nueces y merengue.
Aviones, aeropuerto, familia, regalos y comida, han sido los ingredientes básicos del concepto de Felicidad de mis primeros seis años de vida.
A esos tiempos los recuerdo con nostalgia, porque repentinamente esa ecuación cambió: murieron los abuelos Ester y Juan en un accidente de coche, y se destrozó mi niñez. Hasta ese momento no me había dado cuenta de la importancia de sus presencias en nuestras vidas. Siempre habían estado con nosotras, nunca partían como papá. Formaban parte de aquello que yo consideraba que no cambiaba y que no tenía por qué desaparecer.
Ya no fueron iguales nuestras excursiones al aeropuerto, ni los regresos de mi padre, ni las reuniones familiares. El vacío que dejaron era palpable y doloroso. Por ello, cuando a los pocos meses de esa tragedia papá nos comunicó su decisión de que lo acompañáramos en su próximo viaje a Madrid, pensé que era una especie de comienzo de otra etapa, en la que viviría de un modo diferente lo que más me gustaba. La ilusión de treparme a un avión, a un Boeing 747 (o el que fuera, me daba igual), y sobrevolar las nubes, conocer el cielo desde dentro y la tierra desde arriba, era el mejor regalo que ni siquiera me atrevía a pedir. Pensaba que eran los demás los que iban y venían, y que mi lugar estaba siempre en el aeropuerto, donde no podía pasar la puertita automática que separaba mi vida cotidiana de la aventura.
Desde el día en que nos comunicó la noticia, tres meses antes de partir, a cada instante lo viví como un sueño; todo estaba en función del momento en que me subiría a la escalerilla del avión y me sentaría en el asiento -¡pero del lado de la ventanilla!, que era la única condición que puse, aunque ni siquiera le podría llamar “condición”, era un ruego, una esperanza-. También estaba ansiosa por recibir de manos de la azafata la bandejita con manjares, de esos que solo se comen en los aviones y que debían tener un gusto especial, cercano a lo divino. No dudaba de que a miles de metros de altura, todo debía saber como manjar de dioses.
Y me prometí que, en cuanto me abrochara el cinturón, no dejaría de mirar ni un instante hacia el cielo: ¡era la oportunidad que estaba esperando para no perderme ni un detalle!
¿Madrid?, no significaba nada para mí, como tampoco la promesa de conocer museos y parques fabulosos, de hacer compras (eso entusiasmaba a mi madre), de comer en lugares donde nunca había estado, o dormir en un hotel por primera vez en mi vida. Nada me parecía tan atractivo como las doce horas que pasaría dentro del más fabuloso invento del ser humano: la máquina que le permitió acercarse a los pájaros y a los ángeles.
De más está decir que mi comportamiento en esos tres meses de preparativos, fue ejemplar. Fui una hija perfecta y obediente; no di ni un motivo a mis padres para que siquiera concibieran la idea de castigarme, dejándome sin el viaje. Y era la envidia de mis primas y compañeros de clase (aunque algunos ya habían volado); pero este vuelo era especial, era el mejor de todos porque era el mío, con papá y mamá, por primera vez todos juntos transitando por el firmamento. De noche no lograba dormirme, pensaba en cada rincón del avión que conocería, en los botones para la música y para las luces, y en que pediría hablar con el Comandante (en algunas películas había visto que los Comandantes aéreos eran personas fabulosas, siempre sonrientes y seguros de sí mismos, capaces de vencer cualquier tipo de adversidad y superar obstáculos: superhéroes de carne y hueso). Además estaba segura de que, en cuanto le contara que cuando sea grande quería ser piloto como él (mamá me dijo que para esa época las mujeres también podríamos conducir aviones), y le explicara todo lo que significaba para mí estar en su preciosa nave, seguramente me dejaría visitar la cabina de mando, para apreciar desde allí una mejor perspectiva del cielo que la que podría tener desde de mi asiento.
Las doce semanas transcurrieron lentísimas, pero al fin llegó el gran día. Tías y primas n