A -Entre dos culturas
1- La retina se nubla intensamente
porque el mar no achica la mirada.
El mar, siempre el mar, el agua,
la vida que viene y que navega
en cualquier resquicio del pasado.
El mar, el olor a salitre de la infancia,
del primer amor, de la penúltima
mirada desde el barco que se aleja.
El malecón que se defiende de las olas
parapetándose de su espuma blanca
en los diques de moluscos esparcidos
antiguos que resbalan por el agua.
Ese olor de salitre y de humedad
que embebía mi ropa y mi mirada
como un sorbo adolescente y misterioso
donde comienzan mis primeros sinsabores
y mi último amor apasionado.
¿Por qué el mar, el salitre y el recuerdo,
por qué el malecón de mi infancia transcurrida
se pegan ahora a mi cuerpo cuarteado?
2- Si acaso renaciera de mis cenizas infantiles
que me busquen en el tétrico cafetín
con humos de “hachis” de aquel barrio moruno.
Buscadme todavía, -quizá me encontréis-,
en el aire nostálgico y puro de aquel antro
donde mi inocencia jugaba con la vida
para ser o creerme más adulto.
En las noches de escapadas compartidas,
de poetas en ciernes, de escrutadores de noticias,
sorbíamos el peligro y la nostalgia
de estar vivos en lo más profundo del misterio.
Allí íbamos aspirando sin tapujos
el olor almizcleño de la grifa
y el color cetrino de los rostros
duros del campo berebere.
Allí las caras enfrentadas, las disputas
terribles de la ira agazapada,
bombeaban nuestra sangre observadora
-a punto, siempre dispuesta y a punto-
y nos llevaban a otras claras latitudes.
(¡A mí la legión!, gritaba
un hombre duro, aguerrido y furibundo...
¡Alá, ilá, Alá, Mohamed rasund Alá!,
respondían las voces de la historia resentida
de todo el norte de África profundo...)
Y nosotros, abiertos el corazón y los ojos,
apuntábamos en nuestra atónita mirada
el chocar, duro, tierno, incomprensible,
casi siempre insoluble y metafísico,
violento en cualquier caso de ambos mundos.
3- Me miraba con los ojos negros
de la rifeña ancestral y satisfecha.
Me decía “javivi” y resbalaban
las sílabas entre sus labios tatuados
con la vergüenza innata del cariño
hacia un proyecto de macho diferente.
Siempre la Fatma, mi África profunda,
el amor-madre-tierra-tata-admiración
de esa mujer que proviene de los tiempos
donde la hembra es pura vida primigenia,
donde la raíz de todo lo que nace y lo que crece
es hembra clara y primitiva,
hembra capaz, hormona pura y sostenida,
sentimientos claros de tierra y tradición oculta.
Mi Fatma, aquel niño que miraba
los tatuajes increíbles de tu cuerpo huesudo;
aquel joven que te hacía bajar los ojos
cuando jugaba malévolo con el “jalufo”;
aquel adolescente que cuando le llamabas Bibi
erguía su cuerpo y protestaba iracundo...
es hoy una lágrima en tu recuerdo,
una sonrisa en tu historia
y seguro, Fatma Mimoun Mohatar,
uno de los sentimientos más claros y profundos.
4- Nuestro mundo era de mar
un mar que se esparcía en nuestras vidas
a caballo entre la tierra insatisfecha.
El mar y la arena blanca,
las olas, el olor de puerto y de salitre,
el sabor salado de los días,
el juego entre el poniente y el levante.
Nuestro mundo era el fondo claro
de la playa y el fondo oscuro,
inconfundiblemente nuevo y violento,
de las primeras caricias tras las rocas,
de las “primas” que venían de improviso
dejándote el alma incontrolada
y un vacío solitario en las entrañas.
Aquel mundo de pausas eternas,
de digestiones, de partidos en la arena,
de achuchones en las matas
so pretexto de ser el más intrépido
de la panda, el que más se acercaba
al punto prohibido del deseo.
El mundo refinado y elitista
del Club Marítimo y de sus chicas
vestidas permanentemente de domingo.
El de las algas, las medusas y las lapas,
y de todo aquel ejército escondido
tras el fondo de las aguas.
Y también, ¡qué dolor, cuanta tristeza!,
aquel mundo terrible de la búsqueda
de cuerpos hinchados por el agua
cuando, con un golpe seco, se enredaban
en tus piernas y emergían destrozados
con los ojos deformados y saltones
como un enorme pez abotargado.
El mar, la playa,
el viento de levante y de poniente
dejando en nuestras almas alevinas
todo un dejo de sueños y cantares.
5 - Sucedió imperceptiblemente...
Se me vinieron unas trenzas y unos ojos
a posar en mis sueños diminutos.
Se me agolparon de pronto mil cosquillas
en el trasfondo de mi estómago pequeño.
Se me enredaron doscientos cascabeles
en mi estrenada condición de adulto.
Surgió imperceptiblemente y con asombro.
La vida cambió de golpe y sin descanso
y se hizo de flores y de sueños,
de preguntas y respuestas complicadas,
de sensaciones escondidas y emergentes,
de risas, de lágrimas, de lágrimas terribles,
de toda una cascada violenta de ilusiones
enroscadas a contrapelo de mi alma.
Y fui a la vez ángel y diablo,
gnomo del bosque y furioso leñador,
poeta y jardinero imprudente,
borracho, asesino acechante
de miles de suspiros y miradas,
controlador de emociones contrapuestas,
observador de ojos chispeantes...
Toqué las estrellas y bajé
por debajo del plano ignoto de la tierra.
Como una pavesa iluminada
recorrí los aires del planeta
posándome, agua a agua, tierra a tierra,
en todos los campos mal labrados
y en todos los mares violentos.
Sucedió imperceptiblemente...
y me convirtió de golpe en hombre adulto
preparándome para la vida insatisfecha.
LUIS E. PRIETO