B - A caballo por dos tierras

 

1 -   De otras gentes

de otras soledades juntas

en aquel impersonal caserón neo-clásico

con olor a revolución contenida y a disgusto.

 

Casi todo acechaba: el amor nuevo,

los conceptos adultos, la libertad,

la revolución de la palabra y la

revolución de la política. Las ideas

que van tornándose rojas

como letras que van cayendo imperceptibles

de los libros de texto y los apuntes.

 

Fuera, en la calle, en el campus,

en el bar y en los jardines elitistas

de una juventud bien mimada desde siempre

y sin embargo confusa, rebelde y acechante,

porque el mundo no es tan rosa como en casa

bullen los silencios sin palabras, los signos

compartidos al otro lado de las aulas,

las reuniones clandestinas, los panfletos

de justicia para gentes que intuimos, que no vemos

cotidianamente en nuestro mundo, que no comparten

nuestros cómodos sillones de niños-ricos.

 

Y la libertad, más que nada la libertad

como una diosa mágica y omnipresente.

El estreno de un concepto revolucionario y cuerdo

que apenas podemos deglutir

entre los libros de texto y las clases magistrales

de un personaje displicente y viejo

cansado ya de tanta nueva esperanza,

de tanto viejo concepto,

de tanta revolución a punto y siempre ausente,

de tanto grito solapado, de tanta sola soledad.

 

La Universidad de dentro y sobre todo

la Universidad del bar, la clandestina,

la Universidad abierta de las clases en el “museo”

y de las horas muertas ante la “vietnamita”.

 

La libertad, sobre todo la libertad...

agazapando entre apuntes y libros

entre necesidades y deseos

todo un mundo de rosas y de lodos.

 

 

2 -   Carencias de humedades y de pájaros

en este gran bazar irreverente

donde nadie es nadie para nadie,

donde todos son parte irrepetible

de un gran mecanismo incontrolado.

 

Carencias de susurros, de saludos afables,

de ser reconocido y criticado

por aquellos que saben o que se inventan

más allá de tu propia biografía.

 

El sequío se me hacía insoportable

pero aspiraba ampliamente el aire novedoso

del incógnito resuelto y bullanguero

en cualquier calle de esta urbe

con vocación de ciudad cosmopolita

que se viste de pueblo barrio a barrio.

 

Me hundía, frecuentemente, en sus cines

y en sus barrios, en sus calles

con olor a gasolina y a establo

para sentirme aun vivo entre sus gentes.

Sorbía acuciante sus promesas

de nuevas leyendas culturales

para no creerme más un provinciano

advenedizo en esta tierra de prestado.

 

Pero más allá de sus múltiples milagros,

por encima de promesas y de riesgos,

al otro lado del incógnito y la masa,

iba solo hociqueando el aire seco

de esta ciudad que se encontraba

llena de dos millones de cadáveres

como algún día dijo el poeta.

 

Ciudad de dos millones de cadáveres,

de cien millones de coches,

de ruidos sin nostalgias,

de silencios sin promesas...

Ciudad que me tuvo prisionera

al otro lado del Rif y de la infancia.

 

 

3 -   Queríamos cambiar un mundo

que no nos gustaba en absoluto

con el estómago completo

y vestidos de domingo.

Manejábamos conceptos

como libertad y justicia

que habíamos aprendido

fuera de los libros de texto.

Nos dolían nuestras vidas

confortables y distintas

en un entorno de silencios

y de hambres y de duelos.

 

Como un huracán incontenible

porque los silencios nunca sirven para el alma,

porque la justicia tenía que resultar

mucho más que una palabra,

bebíamos dulcemente del licor doloroso

que nos hacía más humanos.

Nos equivocamos tantas veces,

corrimos tantas veces tras de un sueño,

sentimos tan duramente el fracaso

que salimos con el alma amordazada

y oliendo a mentiras por los poros.

 

Vimos la verdad que resulta inviolable

y sobre todo las mentiras:

los negociantes de ilusiones, los tahúres

del dolor y de la ira

con su permanente cambalache

de promesas por justicia.

Abandonamos nuestras cárceles doradas

porque creíamos en las calles solidarias

y aprendimos entre rejas, carreras y suspiros,

que los gritos solo sirven para el cambio

de las cárceles doradas por las cárceles humanas.

 

Nos engañaron y engañamos al futuro

con promesas tan inciertas,

tan preñadas de imágenes valientes

que no servían apenas para nada

más que para seguir cotidianamente

viendo correr el tiempo entre los sueños.

 

Quisimos cambiar el mundo

embarazándolo de imaginación y de justicia

olvidándonos de quién éramos y en qué lugar

de la historia nacían nuestras consignas.

Quisimos cambiar el mundo

y él nos cambió el amor por la verdad,

la justicia por el derecho

y el sueño de ser libres por la realidad

inconfundiblemente seca y desgajada

de que nada sirve para el hombre

porque el hombre no sirve para nada.

 

Nos quedamos terriblemente insatisfechos...

 

       

4 -   Hay un tiempo que transcurre

sin dejar demasiadas huellas

porque estás a caballo de la historia

y apenas tienes pálpito del aire.

 

Hay un tiempo que transcurre

equivocado, persistente y nebuloso,

y donde el amor se confunde

y hace guiños a un presente

que poco importa en el futuro.

 

Pero el tiempo pasa y la niebla

luego te embadurna con un traje

nunca hecho a la medida

de un grotesco monigote equivocado

que ya no sabe qué hacer con sus ideas.

 

Arrastras tus fracasos,

emparientas con esos confusos sentimientos

que ya no te pertenecen

como si nunca hubieran estado cerca

de tus más íntimos proyectos

y te rindes a ese clamor imperceptible,

a esa marea de la sociedad bienpensante

que te arrastra como una ola arrolladora.

 

Y te conviertes en bufón de ti mismo

y en tu risa triste te haces daño

y no puedes olvidar que sin quererlo,

sin pensarlo, sin sentirlo, solo porque sí,

por un golpe quizá de pura hormona

has arrastrado en la tristeza compartida

a esa compañera posiblemente inocente

que algún día creyó en ti.

 

La historia de un fracaso, de cientos,

de miles de fracasos hormonales, de millones

de esperanzas rotas desde el comienzo

y  que nunca debieron comenzar siquiera.

 

La historia vulgar pero terrible

de una cobardía y un fracaso

demasiado importantes para guardar silencio

ahora que la madurez y las canas

te desnudan el alma a trompicones.

           

 

5 -   Porque todo era demasiado hiriente,

porque nuestros vestidos

calentaban en exceso y no valían

más que para nosotros mismos. Porque

el alimento se nos caía de las manos

en aquellas inmensas papeleras

que reciclaban en los suburbios.

 

Porque nos sobraban los amores y las risas,

porque no sabíamos qué hacer

con tantos juguetes nuevos, con tantas

viejas monedas y antiguos placeres

que abarrotaban inmundas nuestras despensas.

 

Porque en algún momento sentimos vergüenza

de nuestro egoísmo, de ser tan opulentos

en un mundo de miserias, levantamos

tímidos los puños que se cierran

sin apenas ver siquiera un resquicio

que se abra a la vida sin respuestas.

 

Y nos embarcamos en ese viaje

sin retorno

que lesiona todos los músculos del alma

porque ya nada significa exactamente

lo que tiempo antes de vivir

en los arrabales pudibundos de los niños

que se mueren sin decir una palabra.

 

Hicimos la guerra a la guerra

del corazón que no acepta el sentimiento

porque es necesario no ver, no entender,

no compartir ni transigir

ya que siempre ha de haber una respuesta

para el hombre,

porque desde el principio del mundo

siempre hubo y habrá pobres y ricos,

señores opulentos y parias y vagos

y todo un enjambre descastado de mediocres

que caminan a contrapelo de la historia.

 

(¿En tiendes, mi querido iluso...?)

 

 LUIS E. PRIETO

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