C -Sentado en el quicio de mi puerta

 

1 -  Era inevitable

como inevitable es el tiempo que se mece

entre dos puntos perdidos del planeta,

como la ola que revierte

insistentemente sobre la misma arena de la playa.

 

En las noches en que uno mismo

explora las verdades intocables

porque tiene pánico del día, de la luz,

de sentirse desnudo en el espejo,

el desamor se te presenta

con toda su carga violenta de silencios,

de palabras que no dices aunque piensas,

de sentimientos que no quieres tocar siquiera

porque tienes miedo del fracaso

que arrastras como un cadáver putrefacto.

 

El desamor, ese profundo navajazo

en el costado de la vida.

Los reproches que son inevitablemente ciertos

y sin embargo imprescindibles.

Los amores escondidos tras del aire

para que el viento no airee sus promesas.

El desamor, la despasión,

la fuga del alma compartida, la escapada

del cariño, del respeto y del sosiego.

 

Es ahora inevitable la ruptura

más allá de los límites precisos y educados

del respeto, mucho más lejos

del sosegado desencuentro,

con el dolor como lanza lacerante

que aguijonea el espacio del silencio

para romperlo en mil pedazos

sin posible camino de retorno.

 

El dolor y la miseria

achicando y bombeando soledades

sin propósito de enmienda,

golpeando machaconamente entre las gentes

que como en un guiñol de monigotes

participan revolcándose en la mierda.

 

Eran inevitables:

el dolor y el desencuentro

formando un triste maridaje

con un sentimiento áspero, rencoroso y solapado,

que te hacía sentir culpable.

 

 

2 -   Como un eco que aguardaba

mi voz necesitada desde siempre

se acunó en las hondas cavidades

de mi amor necesitado

el murmullo de la risa y las promesas,

el suave cantar dulce de los besos

que esperaban al otro lado del camino.

 

¡Cuánto amor necesitado y esperando

tus risas mañaneras de milagro;

cuántas palabras claras dibujando

tus alegrías nuevas y tus cantos!.

 

Porque todo tiene un complemento

en el aire, en la tierra y en el fuego

que camina a sotavento del mañana

dulce, pacientemente,

te ahijé intensamente desde antes

de saber que eras mi respuesta de futuro

desde los confines del otro firmamento.

 

Del firmamento de los sueños

que esperaban a tus ojos embrujados,

a tu risa, amplia, dulce, regalada,

a tu corazón de madre-niña

de madre primigenia y profunda,

desembarcaron limpiamente tus promesas

que me hicieron más ecuánime

entre mi nostalgia silenciosa y la triste

trascendencia que me alberga.

 

Y se te cayeron tres perlas,

tres difíciles y estupendas florecillas

que recogí con tu ayuda inestimable

y me hicieron aprender de la belleza

de ser padre novedoso. Otra perla

que nunca hubiera estremecido mis anhelos

vino a completar este rosario

de amor y de eternos padeceres.

 

A tu amor, que aun perdura,

a tu risa que no cesa,

a tu clara defensa de la vida y sus bellezas

me siento prendido para siempre

como el soporte imprescindible que me empuja.

A tu eterna primavera de sonrisas,

a tu sentido positivo de la vida

me cuelgo diariamente como un niño

que amamantases fiel con tus caricias.

 

A tu amor cotidiano y sin tropiezos.

A tu amor simple, grande, inmaculado...

 

 

3 -  Desengañémonos:

no he vivido con Hipócrates

más que lo meramente imprescindible

porque la historia me exigía como siempre

decisiones en un tiempo bien confuso

de una vida en incógnita perpetua.

 

No he sentido, casi nunca,

el deseo enciclopédico de la ciencia

que ortodoxa o metafísica

intenta responderse a ella misma.

No he querido, casi nunca,

el reconocimiento heroico o prometeico

del galeno sentado sobre el trono

impartiendo soluciones a destajo.

 

La paloma supo ser ave migratoria

y el deseo insatisfecho, el instinto

que no pudo la vida concederme

me puso entre las manos, sin quererlo,

todo un mundo de promesas entreabiertas.

 

Se me vino entre los brazos

la hembra total, desmantelada

en fragmentos descompuestos y difíciles

que había que componer obligatorio

como en un gran rompecabezas saludable.

Siempre la hembra, por delante

y en los costados de mi vida permanente,

en el placer y en el dolor continuo,

por encima y por detrás de mis deseos.

 

La gran dicotomía necesaria:

la profesión y el dolor. El gozo

de ser emisario satisfecho

o inevitable paje de esperanzas...

 

(Y nunca supe cómo ponerme la coraza

para sentirme protegido de las lágrimas.)

 

Ese impúdico sentimiento miserable

de la muerte que te acecha;

ese tener que engañar  al alma

para hacerte mago del presente;

ese voltear el pensamiento en la certeza

de una vida que se acaba;

ese apurar la sonrisa del payaso

tras de una mueca lamentable.

 

No he de aprender de la vida

porque el dolor no sirve de maestro.

 

Para nada.

 

 

   4 -  Me axfisiaba el color gris pesado

de las calles que saben a metal

y a gasolina rancia.

 

Me faltaban los pájaros y las ardillas,

las flores maternas y el aire

inmaculado de los valles.

 

Tenía una deuda con la tierra

para que la tierra pagara mi silencio

que ya no soportaba los gemidos

y los pasos perdidos de las gentes.

 

Esa ciudad descabalada, bronca, irreverente,

me empujaba hacia el abismo

a codazos cotidianos y perversos

como a un extraño camarada

que se quiere arrojar del universo.

 

(Los hombres son tierra de la tierra

y tierra precisan para ser hombres:

tierra amplia, largos horizontes

donde perder los pasos y la mirada

en los días que la nostalgia

se hace compañera del alma.)

 

Dejé de correr, de empujar por las calles

de esa ciudad que no pregunta

para qué sirven los árboles

si no para acoger la orina de los perros bien cuidados,

para qué sirven las flores y los pájaros,

para qué el viento del poniente y del levante,

por qué entre las calles solitarias y cubiertas

no existe ni el levante ni el poniente,

solo el aire, el aire sucio y solitario

entre millones de calles,

el rumor pestilente y violento

entre millones de seres con el alma

amortajada por las prisas de la calle.

 

Dejé la ciudad sin ira

para sentarme a la puerta de la tierra,

del pueblo, de las gentes

que aun creen en la paz y la palabra.

 

Y no he vuelto todavía... 

 

 

5 -  De otras gentes, de otras latitudes,

      de otras culturas y sentidos,

de otras piedras y riveras,

de otras, distintas aventuras.

 

En el pájaro de acero he surcado

todos los mares del planeta

llevando en mi mochila observadora

todo un mundo de noticias aprendidas.

 

He cantado con los orillac de Bahía

y bailado con los tuareg del desierto.

Me he sumergido apasionado

en las aguas del Índico caliente

mientras Buda reía en las orillas,

y he buceado en el mar Muerto

apostando mi rifle cargado de mentiras.

 

De Oriente a Occidente he aprendido

a amar al sol y a las estrellas,

a la aurora boreal desde Laponia,

y a los atardeceres mágicos de Indonesia

mientras el sol se reflejaba dando saltos

en los dorados tejados de sus templos.

 

De Occidente hasta Oriente he comulgado

con los sabores más íntimos del mundo

y con los olores más diversos: el olor empalagoso

de la India y olor aséptico de Suecia,

el olor del trópico, de ron y caña de azúcar,

el sabor de la serpiente China y el amargo dulzor

de los monos cocidos en salsa agridulce.

 

Desde los bazares misteriosos del Bósforo

hasta el África profunda de Nairobi,

abierto a todas las lenguas, entregado

a todas las diferentes culturas,

he tomado el té con jazmines negros

en los altiplanos suaves de Kandy

y el té de coca estimulante en las abruptas

cimas del Cuzco milenario.

Me he hecho pájaro en Costa Rica

entre los manglares y la selva húmeda

y navegante del futuro tecnológico

en la estable y coqueta Suiza.

 

Con todos he bebido y con todos he soñado:

con los meos, con los mandingas,

con los boriquas musiqueros, con los

serios ticos, con los siks de cabellos

tan largos como sus templos,

con los kurdos perseguidos y los admirados

masais de larga lanza y gesto altivo.

Y he llorado con la hambruna miserable

de la amazonía profunda y con

los funerales quejumbrosos de Egipto.

 

Con todos he intentado hermanarme en sus leyendas.

Espero que todos los pueblos de “mi tierra”

me pinten la esperanza de un futuro

más diverso, más sincero, más amable,

           y más respetuosamente justo.

 

 

 

              LUIS E. PRIETO

 

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