D -De vuelta, Y caminando

 

1 -   Ahora que las luces incendiarias

surcan el cielo de la noche

en aquella ciudad triste y lejana

mientras la televisión ofrece el espectáculo

cual una gala de aquelarre se tratase.

 

Ahora que la muerte sirve de inventario

para una votación en el senado

del sheriff de turno y que los niños

y el hambre y la miseria no sirven al cobarde

más que para proteger su falta de vergüenza,

su desprecio absoluto por la vida

y su cargamento de sangre miserable...

pido la paz y la palabra.

 

Pido la palabra y el diálogo

aunque ya no hablen más que los ilusos

y los mansos y los tiernos. Pido

la comunicación desde dentro para fuera,

desde los confines del recelo hasta

los límites ignotos del buen entendimiento.

Pido la palabra y el diálogo

como arma novedosa, como único

sistema de paz entre los hombres.

 

La palabra que todo lo puede

y que todo lo mancha y asesina;

la palabra con su carga de amor involuntaria

y sus recelos ignorados; la palabra

con su fuego y sus promesas

de mil esperanzas cotidianas

escondidas detrás de cada letra.

 

¿Por qué será tan complicado,

tan retorcido y obtuso,

tan absolutamente parco,

tan violento, tan hiriente,

el bello juego del diálogo?.

 

He escrito las palabras en el viento

y el viento ha volado hacia el mañana

con su carga de ideas y promesas,

con su material bien repleto de diálogos

que nadie utiliza para nada.

 

Aun así,

ahora que los muertos

se cuentan por millares,

que las risas se apagaron

muy pronto al hilo de las llamas

de los grandes bombarderos

y de los misiles silbadores de la noche...

sigo pidiendo la paz y la palabra.

 

 

2 -   A veces miro hacia adelante      

y contemplo mis arrugas en el espejo

de esos hombres que caminan por las calles

arrastrando su edad y sus recuerdos.

 

A veces la cólera y la impotencia

hacen presa en mis entrañas

mientras las piernas y los pulmones,

el corazón, el hígado y la mirada

se me deshinchan lentamente.

 

Voy caminando, imperceptiblemente, hacia la muerte.

 

Y no sé dónde aprender la tarea

de ir quitándome y poniéndome fechas

en el calendario de la vida. No sé

dónde guardar los años pasados

y qué hacer con los que vienen al encuentro

desde la vejez que se aproxima silenciosa.

 

Me aterra la vejez...

                                   No tengo tiempo

de aspirar su posible carga sosegada,

sus anunciadas sensaciones y misterios.

No quiero

la ayuda necesaria de los nietos

ni la compasión caritativa y cauta

de los que tienen el salario por montera

y la devoción por sentimiento.

 

No quiero, no, ser viejo.

 

Pero tengo que serlo y respirar

lo más alegre que me dejen las sonrisas

todo el aire nuevo de la vida

que se renueva eternamente

con el calendario trucado de los días

pegado a mi cuerpo displicente.

 

Habré de aprender a mirar

en los espejos de los nuevos alevines

mis canas blanquecinas

y mis arrugas del alma. Reír

con la incógnita del mañana y jugar

al difícil equilibrio de la esperanza

que no ha de necesitar de nadie

porque la dignidad no soportará más

el dolor, la invalidez y la cama.

 

No quiero, no, sentirme viejo...

(¡Ayúdame, compañero!)

 

 

3 -   Quiero recordarla y sonreírla sonreírla

mucho antes que se perdiese entre tinieblas

de la enfermedad sin retorno

que olvidaba la memoria.

 

Cuando la alegría desbordaba su sonrisa

        y las flores engalanaban sus manos

siempre a punto y preparadas

para todas las caricias. Cuando

nos cantaba cancioncillas deliciosas

para quebrar nuestras estúpidas tendencias

de machos solitarios y distantes.

Cuando con su “Corazón” por lanzadera

en las tardes de inviernos y de fiebres

alumbraba nuestras lágrimas con sus cuentos

sentimentales y profundos.

 

Mamá, ahora que estoy de vuelta

en el camino que viene sin retorno,

ahora que las canas peinan mi cabeza

tan complicada y distante como siempre,

añoro tus cuentos delicados, tus plantas

siempre a punto en el jarrón diario

de la vida cotidiana.

 

No quiero, no, madre,

pensarte tan lejos porque te fuiste

al otro lado del círculo concéntrico

de la cordura y la memoria.

No quiero, no, dejadme,

recordarte yerma en la cama solitaria

de tubos, jeringas y drenajes,

y complicadas y absurdas máquinas.

No quiero, madre,

más que vivirte de nuevo en mi recuerdo

cuando eras niña con nosotros

y jugabas en el patio florido de la casa.

 

Desde aquella tierra de chumberas y mezquitas

donde nos llevabas de la mano por callejas

empinadas y difíciles

hasta esta tierra complicada y solitaria

donde el campo huele a maquinaria

y la vida a puro paréntesis de tiempo

han pasado muchos años de nostalgias

que ahora quizá tu  memoria

recuerde todos mis lloros, todo mi genio,

y aquella risa clara y satisfecha

con la que me llamabas “mingorrias”.

 

 

4 -   Dejadme seguir creyendo

ahora que camino hacia el principio

de las cosas, hacia las fuentes

de todo lo que es y sigue siendo

importante y trascendente:

dejadme seguir creyendo  en el hombre.

 

A pesar que la palabra

pierda cotidiana en el juego de la guerra,

aunque me han dejado solo

incomunicado en la dialéctica cercana

de que nada sirve para nadie,

a pesar de las promesas,

de que acaso he perdido el camino

irreconciliable y permanente con la vida:

dejadme creer en la esperanza.

 

Yo me sabía un sendero

amplio y vacío, rodeado de sorpresas,

que caminaba indefectiblemente hasta el principio

de la vida.

 

Allí donde todo es bello,

donde el amor y la palabra

son algo más que puros símbolos,

donde el agua sirve para el sediento

y el pan no se le niega a nadie

para no causar más sufrimientos.

 

Dejadme creer en los hombres

aunque los hombres no crean en ellos,

aunque la envidia y la infamia

se hagan dueñas de la escena

de este teatro del mundo

todo repleto de ciegos.

 

Dejadme creer,

dejadme amar,

dejadme abrir las manos,

dejadme cerrar los ojos,

dejadme soñar,

dejadme reír,

dejadme acechar suspiros,

dejadme acallar silencios,

dejadme vivir,

dejadme querer,

dejadme seguir callado,

dejadme romper sollozos...

 

5 -   Penosamente

con mis contradicciones y con mis dudas

voy caminando hacia la muerte.

 

Voy caminando

con mi hatillo de ilusiones preparado

y mis silencios de hombre bueno

pegados a la bocamanga de mi cuerpo.

 

Voy caminando

con mi macuto grande de recuerdos

y la vida sola entre mis manos

que poco a poco se va alejando.

 

A mis contradicciones yo les canto

ahora que rebobino los recuerdos

como un viejo y oscuro celuloide

de tantas horas distanciadas:

soy hijo de la mar y de la tierra,

sobrino nieto de la opulencia y la esperanza

y de la melancolía cuñado.

 

Me nacieron

y aquí estoy intentando dar la talla

antes de que el libro de la vida

concluya su último relato

de aventuras y de miedos,

de hazañas casi siempre disfrazadas

de estúpidas mentiras.

 

Aquí estoy con mis recuerdos

caminando hacia la nada:

con mis mujeres y mis versos,

con mi tierra africana, con el incierto

acomodo de mi sexo,

con mis manos y mis lágrimas,

con mi mueca de payaso solitario,

con mis carencias y mis excesos,

con mis dudas y mis certezas...

 

Aquí estoy:

uno más de la lista

y sin embargo

con vocación inequívoca

de humano.

 

Aquí estoy:

desgranando en mil poemas

mis sueños encerrados

en un rinconcito oscuro

de mi alma viajera. 

 

 

 

LUIS E. PRIETO 

 

                                                                                          

                                                           Diciembre- 1998

 

Índice