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7-
No lo piensas:
detrás de la máscara y
el olor
que baja desde los
focos inmensos,
desde tu altura
omnipotente
embozada en miedos
disfrazados
de ciencia y de
respeto inalcanzable,
solo escuchas el
ronroneo de la sangre.
Debajo, detrás de tus
manos enfundadas
que se mueven a
impulsos definidos y estudiados,
está la vida
con toda su carga de
promesas
que se extiende ante
tus ojos escondidos
en un silencio que es
falso
porque el corazón está
a punto de reventar
en el hueco de tu
tórax.
Ahora la sangre que es
solo una llamada
para la vida que está
quieta
transitoriamente
suspendida de tus manos
y de tus ojos, de tu
cerebro,
que solo piensa en
ligar el vaso que se escapa
y que deshecha
aturdido
recabar de los ojos
que te apoyan
más que el aliento
preciso para la marcha
sin preguntarse nunca,
ahí quieto,
por el nombre o el
futuro
del que duerme entre
tus manos.
El sudor te envuelve
porque sabes
que no eres más que un
mensajero:
un técnico asustado
que manosea
entre las tripas
enfermas
olvidando voluntario
que en este instante
eres un dios
omnipotente,
pero un dios asustado
y vulnerable,
un dios de pobre
barro.
Luego, cuando el sudor
se ha quedado frío
entre tus carnes
y una sonrisa asoma
entre tus labios
porque todo
aparentemente ha concluido
y las sangres han
vuelto a sus rodajes,
cuando has sentido que
el ritmo
de la persona inerme
se revierte,
cuando le dices: “ya
está todo,
saca la lengua...”, y
la vida suspendida
retorna al movimiento
acompasado,
entonces,
te deshaces de la
máscara de mago
y sientes que todo ha
sido imprescindible.
Pero no lo piensas:
es mejor no saber que
eres de barro
y que tienes la vida por montera...
LUIS E. PRIETO |