A un amigo

 

Te vi inclinado, oblicuo,

con el pensamiento perdido

detrás de tantos sufrimientos antiguos

que tu dolor reciente

eran pavesas del pasado.

 

Te vi triste, ocultando tu mirada

que sigue viendo en lo oscuro

debajo de la sonrisa que siempre llevas

en tu saco de recuerdos

con la voz que no podía engañar al alma.

 

Te vi asustado, agazapado

en aquella cama trasparente

donde todas las miserias

son expuestas en el mercadeo del dolor

cotidiano y no exclusivo.

 

Le dije a Mami Resti:

No estáis solos, mujer, estamos todos...

 

Y todos se conmovieron y movilizaron

desde la lejanía de las ondas

para poner sus manos en tus manos,

sus labios en tus ojos, sus corazones

y sus deseos en tus esperanzas.

 

Fue un aluvión, un QTC

de demandas desde mas allá

del egoísmo y la soberbia,

desde el otro lado abierto y emergente

donde lo humano se convierte en hálito,

en deseos puros, en ayudas afables.

 

Te vi inclinado y oblicuo

Y de pronto sentí que algo dulce

se me llegaba hasta los ojos

sin saber por qué ni para qué...

Solo sentí que eras tan importante,

tan fuerte, tan especial y tan distinto

que no podía permitir de ningún modo

que se te quebrase la sonrisa

sin al menos poder susurrarte al oído:

“A ver, ese desayuno, mi amigo,

el del Mesón Lago de Sanabria...”

 

Y escuché desde dentro,

desde donde todo es distinto y trasparente

una voz antigua y tierna como el mar,

como el eco profundo de la tierra, que decía:

“Pues claro, mi amigo, como de habitud...”

 

 

LUIS E. PRIETO