Maribel

 

 

                                A mi prima, poco antes de su muerte.

 

 

Te costaba trabajo coordinar las palabras...

Te costaba trabajo

sostener el bolígrafo que te había dejado

para que me dedicases

tu último libro de cuentos...

Te costaba trabajo reír y llorar...

pero intuías que riéndote de la quimioterapia

y de los miserables bultos

que emergían por todo tu cuerpo enfermo

estabas jugando al escondite con la muerte

que te acechaba desde hacía meses

sin atreverse a dar una patada a tu puerta.

 

Has sido una niña grande

con el pelo entrecano y la mirada maliciosa

jugando siempre con las nubes

de esos cielos tan entrañablemente tuyos

que no era fácil y apenas elegante

entremezclarse con ellos.

 

Has sido una niña fuerte

dejándote llevar como en pañales

por ese par de almas maternas y sensibles

que acariciaban cada día tus deseos,

pero luchando cada hora con la vida

que no te ofreció demasiados placeres exquisitos

para sorber de ella y de su rabia

hasta la última gota de su esencia.

 

Has sido, -aun eres-, una niña distinta,

de paraísos infantiles y de mundos desquiciados,

de continuos coqueteos con la mente

oficial, ortodoxa y bienpensante

que dejó toda la farmacopea reciente

en la punta de tus dedos del alma.

 

Ahora, un poco cansada de tanta lucha,

de tanta diferencia, de tanta suerte perversa,

de tanta quimio y farmacia,

de tantas y tan distintas batallas,

te has abandonado a la suerte negra

que te acompaña como una sombra nefasta,

has esbozado una sonrisa tierna

y cruzando las manos en tu regazo blanco

te has contado, a ti misma, aquel cuento

de la princesa, el sapo, la flauta y el tambor.

 

Te ha costado trabajo coordinar el pensamiento

mientras me decías a lo bajo:

“hasta luego, primo, hasta la próxima,

ojala sea un poco más fácil la vida

en el otro rincón del sufrimiento...

 

 

 

LUIS E. PRIETO