Hola Abraham: muy probablemente esta carta, más que a ti,
se la tendría que haber escrito, hace ya mucho tiempo, a las lumbreras
pensantes de Inglaterra y de Norteamérica que se les ocurrió, con un desprecio
absoluto a la Historia y a la lógica
más elemental, organizaros un Estado en medio de unos pueblos que
tradicionalmente fueron, por decirlo de una forma elegante, poco propicios a
vuestra religión y a vuestra idiosincrasia. Hubiera sido mucho más coherente
que aquellas cabezas pensantes y magnánimas hubieran acotado un trozo de tierra
en el Condado de Lancaster o en el Estado de Virginia, por poner dos ejemplos
diversos. Mucho más lógico y mucho menos sangrante para todos...
Pero bueno, lo que es, es, y lo que me gustaría decirte
en esta carta, que es más que nada una súplica, no es otra cosa que intentes,
de una vez por todas, parar la violencia de vuestra tierra: tu que estuviste en
Auschwitz y en Treblinka, tu que sufriste en carne propia y familiar las
injusticias de raza y de religión, tu que soportaste la muerte, el dolor, el
olor de la carne quemada y maltratada, no puedes estar impasible ahora viendo
como se reproducen los Auschwitzs en Shatila, como son expulsados los
palestinos de sus tierras y como es perseguida y masacrada su religión y su
cultura, como el dolor, la muerte y la venganza se hacen los amos de esta
tierra donde vives.
Me dirás que os sentís acorralados, que habéis intentado
una convivencia pacífica con los pueblos que os rodean como una gran amenaza
subterránea, que también tenéis derecho a vuestras sagradas tierras y a
vuestras no menos sagradas tradiciones. Sí, me dirás esto y muchas cosas más,
pero no es cierto Abraham, no es cierto en absoluto. Expulsasteis de sus
tierras seculares a los palestinos y os apropiasteis, con la fuerza del dinero
y de la inteligencia (no voy a negarlo), de sus símbolos religiosos, de sus
tierras y de sus casas. Habéis convertido las tierras del Jordán en un enorme
campo de batalla que tiñe de sangre nueva y violenta las aguas que debieron ser
de paz y de esperanza.
Y mira, ya es grave que las tres religiones monoteístas
importantes del planeta anden enzarzadas, con la sangre puesta, por un quítame
allá ese símbolo, esa mezquita, esa sinagoga o esa iglesia. Es grave y
absolutamente esquizofrénico, Abraham. Pero más grave es que os halláis dejado
llevar por los halcones revanchistas de tu tierra que han impuesto su fanatismo
ético-nacionalista en las últimas elecciones que tuvisteis. Los halcones solo
entienden la sangre, amigo, los halcones, -los de tu tierra y los de
Norteamérica que los sustentas y jalean-, solo entienden de guerras y de
muertos, de revanchas y amenazas, de bombardeos y de lágrimas.
Porque tu sabes, tan bien como yo, que el pueblo
palestino no va a ceder, que seguirá tirando piedras a vuestros tanques, que
seguirá inmolándose cotidianamente en un aquelarre imposible de dolor, lágrimas
y revanchas. Y que conforme aumentan
los muertos inmolados, los héroes de Alá, más y más jóvenes sentirán que han
sido llamados para hacer de kamikaces humanos volando por los aires junto a
muchos de los tuyos. Fíjate qué enorme desesperación y fanatismo tiene que anidar en las mentes de esos jóvenes: son
terroristas sin futuro, bombas humanas en la enorme frustración de morir
matando.
Tu sabes que la Ley del Talión no sirve, pero aun sirve
mucho menos la modificación trágica y algebraica que de esta ley vuestros
halcones están utilizando: por cada judío muerto han de desaparecer diez
palestinos. Esta espiral macabra, Abraham, solo conduce al odio permanente y
sin promesas. De alguna forma tendréis que ceder a la lógica y a la convivencia
imprescindible. De alguna forma, y cuanto antes, para que cese el río de
muertes absurdas, tendréis que impulsar el Movimiento Paz Ahora y aprender a
convivir, en respeto y tolerancia, los distintos pueblos y las distintas
religiones del entorno. De alguna forma, amigo, tendréis que admitir que
Jerusalén pueda ser una ciudad internacional auspiciada por la ONU, o por la
UNESCO, o por quienes puñetas se decida, y donde las religiones y las culturas
seculares puedan convivir amablemente. De alguna forma tenéis que conseguir
para la sangre...
Afectuosamente.
Luis E. Prieto
4-6-2001