CARTA A MAYTE (que nunca envié)
Los Coros de Nabuco elevaban el concierto hacia una libertad exenta de sorpresas. Me decías que la verdad tenía tantas aristas y caretas que era casi imposible descubrirla. Yo te escuchaba sabiendo que te defendías del dolor llorando hacia adentro, buscando enigmas donde sólo existían certidumbres, olvidando los golpes del amor castrante que te adornaban el cuerpo.
Tú no querías saber de trampas porque habías sido educada
y alimentada con ellas. No te gustaban los desgarros, pero te desgarrabas cada
día. Aborrecías del miedo, pero te dormías con el temor cada noche. Combatías
las mentiras piadosas, y te abrazabas a ellas para justificar esperanzas.
Una vergüenza íntima, descastada y solemne, atenazaba tus
silencios después de los moratones del alma, y nada era capaz de convertirte en
mariposa, nada podía hacerte des-naufragar en el socavón de las promesas, aún
sabiendo, luego de tantas cicatrices, que las promesas eras vientos confusos
teñidos de miserias, ráfagas desbocadas para confiscar la poca dignidad que te
iba quedando, y para amortizar los deseos de felicidad atrapada a retazos.
No sé si estabas esperando la sangre como liberación,
pero tenías la certeza de que, antes o después, llegaría, que se abriría paso a
golpes de impotencia esperando todos los complejos de inferioridad posesivos.
Nunca me lo dijiste con palabras, pero te lo leí en los
ojos, y nunca supe si habías saltado al vacío con tu desesperación a cuestas, o
si arrojaron lo poco digno que te quedaba a la basura del silencio perpetuo: la
trampa, en cualquier caso, habí cerrado su círculo de mentiras a muerte.
Ahora, cuando escucho los Coros de Nabuco, que tan
cómplices nos hicieron en nuestros diálogos imposibles, siento un aguijonazo
hondo en mi sexo de macho avergonzado, y una lágrima inútil, de torpeza
infinita, se me columpia por los ojos sin atreverse a brotar hacia lo eterno.
Y siento que soy culpable por omisión de rabias
ocultadas...
Luis E. Prieto
27-11-2003