Hola, Jesús: te
estoy escribiendo desde esta cárcel de cristal extraña y confundida donde me
encuentro desde hace ya más de dos años.
Perdóname que
cuando te llame y te nombre, en realidad esté llamándome a mí mismo, al Jesús
que a veces recuerdo fui antes de empezar a desmoronarme como una flor en otoño,
o como esas fichas de dominó puestas en hileras perfectas que una mano
revoltosa empuja para tumbarlas en cadena.
Así, Jesús, así:
se me han ido tumbando en cadena los recuerdos, y ya no sé, más que en contadísimas
y cortísimas ocasiones, ni quién soy, ni dónde estoy...
Y es
desesperante, mi viejo amigo, porque apenas puedo decidir qué hacer con el
resto de la vida que me sigue quedando, (suponiendo que a esta situación
nebulosa se la pueda llamar ni siquiera vida), porque la verdad es que más
valdría llamarla “temporada inconsciente”, o “tiempo difuso”, o
cualquier otra estupidez por el estilo.
¿Recuerdas
cuando hace unos tres años los hijos empezaron a quejarse de que repetía con
frecuencia las mismas cosas y de que solo hablaba de viejos recuerdos perdidos
en el tiempo? Nos reímos de lo lindo porque intuíamos que eran los hijos los
que se estaban volviendo bastante raritos por eso, quizá, de los stress
laborales y coyunturales. Después, cuando empecé a notar que se me escapaba la
orina de vez en cuando y que no me salían las palabras, sinceramente me quedé
algo sorprendido. No digo preocupado, no, porque siempre pensé que se trataría
de algo transitorio producido por mi excesiva afición al tabaco de siempre...
Ahora entiendo
que las primeras fichas de dominó habían comenzado a tumbarse sin apenas
percibirlo, y que, como una ola imparable, seguirían progresando hasta llevarme
a donde hoy me encuentro...
Pero lo que más
me aterra es no saber si alguien se da cuenta de mi confusión: si los que me
rodean, los que me llevan y me traen como un fardo, los que me limpian y me
secan, perciben mi enorme bochorno e impotencia. Hago titánicos esfuerzos para
decirles, para comunicarme con ellos por gestos, pero no me entienden, Jesús.
Me miran con caras enigmáticas o sonrientes, sorprendidas o incómodas, y pasan
absolutamente de intentar comprender lo que intento comunicarles...
¿Sabes?, estoy
empezando a cansarme de estar meado, de que se me escapen las cacas
continuamente haciéndome sentir sucio y asqueroso, rebozado en mis propios
excrementos.
Y eso sí que
no, Jesús, eso sí que no quiero aguantarlo mucho más, ni por mí, ni por
ellos, a los que veo reprimir los ascos y las náuseas, y hacer de tripas corazón
cada vez con más, no disimulada, impaciencia.
Creo que van a
traer a una señora experta para que me cuide y me vigile. ¿Experta en qué? ¿En
fichas de dominó que se van derrumbando sin solución alguna..?
He pensado, Jesús,
en quitarme de en medio, pero no sé cómo...
Apenas puedo
mantenerme yo solo de pié, y desde el carrito donde me sientan todas las mañanas
después de limpiarme, asearme y hacerme tragar unas papillas inmundas con sabor
a fresa, no creo que pueda ya ni impulsarme para dejarme caer por las escaleras
de la terraza. Ayer lo intenté, pero mis manos deformes y caídas no
respondieron a los impulsos potentes que intentaba mandarles desde mi jorobado
cerebro.
¿Qué puedo
hacer, entonces, mi viejo amigo?
Desgraciadamente
solo espero que el “lobulillo” me falle antes de que las úlceras, que
empiezan a aparecer en mis glúteos de tanto estar sentado en la silla de
ruedas, me lleguen hasta el hueso y aumenten mi ya maltrecha indignidad.
¡Quién me ha
visto y quién me ve, Jesusito!
En fin, si
puedes echarme una mano, -mejor al cuello-, espero que por nuestra antigua y
vieja amistad de siempre no dudes en hacerlo. Y no tengas miedo aunque ahora con
estas ayudas se está poniendo el personal muy plasta y muy científico y las
bautizan con nombres rimbombantes como eutanasia...
Yo solo quiero
salir de esta jaula de cristal extraña y confusa, Jesús, que me tiene aturdido
y profundamente desesperado.
Porque ni yo
mismo me reconozco...
Jesús.
Luis
E. Prieto
12-1-2001