CARTA A UN “SIN PAPELES”

Hola Mimoun: no sé si llegará esta carta a tu Tetuán originario, o si, como me dijo tu hermana Malika, estarás ya recorriendo los caminos del norte para zambullirte con tus primos, Mohamed y Missian, en los senderos del agua, la esperanza y el desconcierto, que surcan el Estrecho.

 

Mimoun, me gustaría, si aún el agobio y el desespero no han podido contigo, que no vinieras, que te quedaras a luchar, junto con tus amigos de  Zeluán, de Agadir, y de Marrakech y Tánger, por tu tierra, por tu cultura y por tus creencias. Aquí, mi amigo, está todo muy difícil para vosotros. Aquí, mi hermano, hace frío y no hay té, y las calles están tan llenas de coches que apenas se escucha el silencio.

 

Ya sé que tu cuñado Mustafá, desde el Maresme, te mandó hace un año una carta en la que te decía que estaba ganando muchos “dirjans”, y que hasta se había comprado un coche. Lo sé, Mimoun, pero no es del todo cierto, y, además, de un año a esta parte las cosas se han puesto, -¿cómo te lo diría yo?-, algo más tensas, algo más revueltas y duras.

 

¿Sabes cuántos de tus hermanos y paisanos mueren cada año intentando cruzar las aguas del Estrecho? ¿Sabes cuánta sangre, cuántos sufrimientos y promesas truncadas son devueltas todos los meses de nuevo para sus casa en Marruecos? ¿Y de soledades: sabes cuántas soledades caminan como fantasmas asustadizas por los pueblos de mi patria? ¿Y sabes qué cantidad de frustración y de silencio acompañan a muchos de tus hermanos a diario?

 

Créeme, no te estoy engañando: simplemente intento cumplir una acción moral y solidaria. Estoy intentando decirte que esa fuerza juvenil y renovadora que os lleva a las pateras y a los dobles fondos de los camiones de gran tonelaje, la empleéis en luchar por vuestro pueblo, por exigir a vuestros gobernantes, a vuestros “cadíes”, a vuestros “imanes”, a todas las fuerzas duras y retrógradas de tu patria, que os dejen crecer en libertad, y que desempolven sus tesoros escondidos en Ginebra o en París, y los redistribuyan entre tus gentes.

 

Y dile a ese negrero, a ese negociante del dolor que un día se acercó por tu kabila para proponerte el traslado a Occidente, que se vaya a traficar con las esperanzas de otros futuros, que sea lo suficientemente decente para intentarse ganar el pan de una forma honrada y no engañando y jugando con las vidas de gentes desesperadas como tu. Porque al final, Mimoun, no te quepa duda que alguien se lo estará reservando para pedirle cuentas.

 

¡Vamos, Mimoun, no te pongas triste!

Estoy seguro que dentro de no mucho tiempo estarás orgulloso de tu patria y de tus gobernantes, y sobre todo, mi amigo, no habréis tenido que pasar por el triste rosario de las soledades y de la desculturización obligatoria.

 

SALAM ALI CUM...