Te escribo desde la desesperación de intuir, de saber probablemente, que esta carta cuando te llegue te parezca, casi con seguridad, un trozo de escritura decadente escrito por un no menos decrépito personaje.
Pero
a pesar de todo déjame que lo intente. Déjame decirte, (no la rompas todavía,
por favor), que he intentado estudiarte y, sobre todo, entenderte, que he hecho
esfuerzos titánicos para comprender qué ideas o ideales bullen permanentemente
en tu cabeza, qué motivos pueden ser tan intensos, tan desgarradoramente
potentes, que son capaces de permitirte coger una pistola y apretar un gatillo
impunemente sin que se te desguace el alma.
Me
gustaría saber, además, si luego duermes tranquilamente, si después de haber
visto la sangre derramada, la vida inerte, el latir de un corazón que se para
por tu voluntad irrefrenable, eres capaz de irte a un bar, tomarte unos pinchos,
y, más tarde, dormir a pierna suelta.
Porque
si es así, apenas tengo nada que decirte. Si es así, creo que pertenecemos a
una especie tan distinta y tan distante que lo mejor que puedes hacer es romper
esta carta ahora mismo.
Si
por el contrario te tiembla el pulso y se te revuelven en tu mente ideas
contrapuestas, si acaso el estómago se te cierra y se te viene alguna arcada de
asco y de fatalismo, si las piernas te pesan como losas a pesar de los mandatos,
de las órdenes y de los odios, entonces, creo, que incluso podríamos
entendernos.
Mira:
nada justifica la pérdida de una vida, nada puede justificar la violencia.
Sí,
ya sé que estás a punto de saltar, que las consignas acumuladas en tu cerebro
se están revolucionando, y que tienes ganas de gritarme que tu también sabes
de violencias ejercidas desde años contra los que piensan como tu.
A
lo mejor tienes razón, a lo mejor los tranquilos y bienpensantes ciudadanos que
por suerte no hemos pertenecido a las minorías acosadas de ningún tipo, no nos
damos cuenta de vuestros sufrimientos antiguos.
Pero
insisto: nada, pero nada, puede justificar una muerte. Ni la libertad, ni las
ideas, ni la decencia, ni la justicia... ¡Nada!
Probablemente
pensarás que soy un romántico y un visionario, y que el mundo, el que te ha
tocado a vivir y el que te han enseñado, es otra cosa.
No
lo pongo en duda. El mundo, al fin, es lo que entre todos queramos que sea y lo
que entre todos, los tuyos y los míos, seamos capaces de hacer.
Te
podría y te querría decir muchas más cosas, pero no te quiero aburrir
demasiado.
Solo
quiero pedirte un favor muy especial: la próxima vez, cuando estés agazapado y
tembloroso esperando a tu víctima, no pienses en el daño que te ha podido
hacer, o en el que te podrá ocasionar, solo piensa en que nada, NADA, justifica
una muerte y un asesinato, aunque tu lo llames ajusticiamiento.
Deja
la pistola enfundada, abre una alcantarilla cercana y tírala por la cloaca.
Y
vete, tranquilamente con tu rabia, a tomar unos chiquitos y unos pinchos.
Seguro
que dormirás mejor.
Luis E. Prieto
26/6/2000