(a Salvador Salido, que sigue soñando verdes y rojos)
Regatos de espuma
van jugando con el sol
que se infiltra entre los bosques:
el agua
caracolea –hora mansa, hora en rizos-
por entre los salmones
con cantos de paz y ritos de magia.

Peregrinos en silencio recorren las sendas hasta el Monasterio de Cabeiro, dormido
de piedra y musgo en el monte vertical de pizarra.
Los puentes colgantes bailan con la vista perdida en los eucaliptos que rezan
plegarias dormidas de invierno-primavera.
Estás escoitando
el rumor de los siglos pasados,
el abrazo soberbio
del agua que nutre
la virgen barriga de los dioses celtas,
el agreste
contubernio del aire y la tierra fecunda.

Más allá, donde la ría penetra sus mixturas de Cantábrico y Atlántico hacia
ensenadas de O Baño, antes de remontar el aire sulfúrico del metano, antes aún de
hacerse cemento y acero, puerto y astillero dormido, Santa Catalina –mitad cuartel,
mitad monasterio, mitad cárcel de recuerdos- llora patios de piedra a punto de la
venganza.
Y más cerca de la mar abierta, la ignominia del monte horadado por bunkers para
la guerra: granitos soterrados para los cañones, ejércitos enmohecidos para la nada,
paisajes rotos por la prepontencia de invisibles armas.

Puntos de mira oxidados
en la risa complaciente y trémula
del monte marino,
de las gaviotas,
de los pulpeiros...
del corazón anticoagulado y tenaz
de los luchadores de la justicia olvidada.

Luis E. Prieto
Febrero-07