Mareas vivas
se refugian en los acantilados ocres de la montaña que resbala hasta las olas,
dejando arenas solitarias para el solaz de los cangrejos.
va
desafiando blancos
en la
trasparencia impoluta
del
verde.
Noroeste
de brisas
atlánticas
acarician
los helechos submarinos
que se
agitan en las corrientes calladas.
Ahora el
agua se hace camino de meigas y soledades fantasmas, de labradores sin tierra y
de santos con iglesias trasformadas en cárceles antiguas.
Cañones sin
obuses se agazapan entre el granito aburrido por el viento, y los eucaliptos
van esclavizando las laderas que ascienden hasta Sta.
Catalina, que mira a la ría y al Atlántico.
donde la
selva se hace monte
de vincas y laureles,
senderos
que
serpentean entre regatos
hacia el
levante
donde las
cascadas
despejan
sus laberintos en O Baño,
al pie de
los mariscos.
Las espaldas de las marisqueras se doblan en la marea baja entre almejas y vieiras a la espera de la noche.
Y nada
perturba la solitaria paz del monte, que se cimbrea entre dos ensenadas
mágicas...
Luis E.
Prieto
Mugardos Agosto-07