(Un Crucero por los mares del Norte)
1-
Me
estoy quedando viejo. Definitivamente.
No
habría podido imaginarme nunca que en el vuelo compartido SAS-Spanair de Madrid a Copenhague las “aeromozas” vendieran
lotería rasca-rasca como si de una feria de pueblo se tratara. Ya solo faltaba
un Bingo para amenizar las tres horas de
vuelo, por otro lado bastante divertido en un mercadeo incesante de bebidas,
perfumes y hasta tabacos. Parece claro que las Compañías Aéreas necesitan
perentoriamente sufragar las pérdidas teóricas de las subidas del petróleo con
“nuevas iniciativas de mercado”. Cosas.
Primavera
fresquita nos recibe en un Copenhague vacío de coches y escaso de bicicletas y
tumultos.
Paseo
por los canales, té verde en el Royal Garden Café, caminata
por los comercios de la Stroget Amagertorv
y visita al Tívoli, con su encanto de comienzos de
siglo salpicado de novedades postmodernas para solaz de niños y mayores.
Un
fin de día en el Icebar del Twentyseven,
nuestro hotel, a 5 grados bajo cero y disfrazados de esquimales para el vozka, supuso el colofón imprescindible para reponer el
sueño escaso precedente antes de subir al barco: atractivo bar de hielo en el
que solo no se congelan las sonrisas...
2-
Es
ciertamente estimulante comprobar cómo centenas de homínidos
de la tercera edad (¿o debería decir “cuarta edad”?) se atreven a desafiar el
tiempo y las posibles adversidades, y se apuntan a un Crucero para no perderse
el mundo.
Parece
bastante claro que tanto el dinero como el tiempo son dos factores inversamente
proporcionales en el discurso de la vida.
Por
otro lado la primera singladura del Marco Polo ha sido relajante: buena y
cómoda cabina con todos los detalles precisos, adecuado condumio, excelente
atención del personal de a bordo (mayoritariamente filipino), y -¡cómo no!-
búsqueda perversa de zonas donde los viciosos fumadores (en pura teoría
personal en extinción) podamos solazarnos con la droga maligna y altamente
contagiosa.
Nota
al margen: el jocoso “pedo” de mi yerno Roberto por
la mezcla de un diazepán, una biodramina,
un iboprufeno y un par de whiskys.
Nada, desde luego, que no se pudiera solucionar con una oportuna ducha y una
relajante y arrulladora dormida nocturna.
3-
Ver
amanecer entre las olas supone un sueño de sirenas...
Kristiansand,
al sur de Noruega, nos saluda con una lluvia otoñal de Agosto en un domingo de
silencios y casitas de madera que me han recordado a Knut
Hamsun, el escritor noruego atormentado por la
niebla.
Partimos
en autobús bordeando el río Otra (uno de los más anchos de Noruega) hasta
alcanzar en la montaña la Estación de Grovene, desde
la que hacemos un encantador recorrido en tren de vapor –de 1893- hasta Langäen Brisde y vuelta: unos 16
kilómetros de añoranzas y paisajes de ensueños y verdes.
La
Cena del Capitán, de estupenda catadura, la enmarcamos en un ataque de risa
incontenible que dejó aún más ensimismados los ojos del fotógrafo filipino que
se empeñaba en retratar lo imposible.
Y
antes de ir a dormir, con un balanceo de mar bravo camino de los fiordos del
Norte, tentaciones de ruleta francesa en el Casino, e intuición de trucaje de
un crupier de Mindanao que sacó tres ceros consecutivos en las últimas jugadas.
4-
Bergen
–Patrimonio de la Humanidad, puerta de los fiordos noruegos- está tan bonita
como siempre, aunque con muchos más turistas y mucho más castellano sonando por
las calles y por los mercadillos del puerto con caviar noruego y salmón salvaje
ahumado al vacío (imposible no caer en la tentación de ambos manjares...).
Las
casas de madera del siglo XIV, en inestable equilibrio asimétrico, son cuidadas
y mantenidas con esmero, y el tiempo se va deteniendo en las callejuelas medievales
con olor a mar y a vikingos transpuestos por tanques de cerveza.
La
mañana se salpica de lluvia meona cuando tomamos el
funicular hacia el monte Floien (7 minutos de
pendiente salvaje) desde donde la ciudad –la antigua y portuaria, y la nueva y
residencial abrazando al fiordo- parece un nacimiento escandinavo de verdes y
azules.
No
conseguimos encontrar el lago en la montaña, pero nos tropezamos con “trholes” de madera y viento.
Y
antes de la recogida en el paquebote, una visita a Mariakirken
(Iglesia de Santa María) donde las tumbas centenarias son maceteros de
“no-me-olvides” amarillos y azules.
(El
señor Ibsen, desde lo lejos, contempla absorto el
devenir trashumante de turistas variopintos vomitados por los cruceros de lujo)
se traga un mar
preñado de rocas azules:
fiordo de Bergen
adormecido en la tarde gris de un agosto
que se desploma en las olas.
Estelas de sueños libres
en la soledad de las maderas,
cantos
de gaviotas rasantes
al compás de la tarde blanca
y del silencio de las islas...
Triunfo de la noche
en la magia de los abismos
surcados por vientos
solitarios...
La salida del fiordo de Bergen ha sido como una pócima de cariñosas despedidas: solo un Nureyev estático sigue, con sus brazos abiertos, esperando el concilio de la noche al borde de la piscina
5-
Aún
más al Norte está Flam: lengua de océano calmo entre
montañas.
Gargantillas
de espuma engarzadas en las rocas verdes: cientos de cascadas blancas caen en
vertical desde los altos cerros al fiordo de Aurland,
brazo del Sognefjord, el mayor fiordo de Noruega.
Mientras
que el tren de trayecto regular –el de mayor inclinación del mundo en línea
regular- asciende desde Flam hasta la estación de Myrdal (866 metros), a 20 kilómetros, los ojos se llenan de
los paisajes más grandiosos y salvajes de la región montañosa de Noruega. La
gran cascada de Kjosfossen -con sus valkirias
escondidas en la espuma- es solo el postre necesario para tanta maravilla
natural.
De
vuelta al barco recorremos el fiordo de Aurland hasta
Gudvagen, pasando entre angostos y abruptos pasos de
agua donde la mole de acero parece difuminarse entre las cascadas que bajan de
los altos montes.
Una
parada en Gudvagen, para recoger excursionistas, con
el sol radiante -¡por fin el sol! la aprovechamos para zambullirnos en los jacuzzis
calientes de la última cubierta, con unas cervezas y abrumados por tamaña
explosión de belleza y placer que nos rodea.
Maravillosa
sorpresa la de Flam, que no conocía, y a la que
volveré algún día con más calma, si la edad lo permite...
6-
Mar.
Solo
mar...
No
hay dos olas iguales en el balanceante océano.
(Navegando entre Noruega y Escocia)
7-
Invergordon, en las altas tierras de Escocia, nos
recibe entre nieblas y frío, a pesar de estar en Agosto.
Verdes:
agudos, rabiosos, silentes, arrebatados, dulces, misteriosos... Toda una
sinfonía de verdes en el trayecto desde el puerto a Inverness,
donde las flores –impresionante amor por las flores en estos parajes del norte
de Europa- se apoderan de las calles y de las casas a lo Mary
Poppins.
Inevitable
y placentero crucero por el Lago Ness hasta el
Castillo de Urqhart, donde más de 4.000 años se mecen
entre sus verdes colinas con el lago al fondo.
Es
claro que no pudimos ver a Nessi, pero según nuestro
taxista solo es posible divisarlo en domingo y si se va cargadito de “wacky locky” (mariguana), o, en
su defecto, de scoth wisky,
bien destilado en las Higlands de Escocia.
De
la comida, mejor no hablar: los pelirrojos de la faldita y la gaita no tuvieron
tiempo, sin duda, de pararse en la cocina entre tantos levantamientos jacobitas
y batallas de los Mac Donalds,
señores de las islas (y, parece ser, de las hamburguesas con sabor a aceite
rancio).
8-
Monumental
y majestuosa Edimburgo (Edimbarrá en el slag escocés), preñado de parques y de edificios
singulares, coronada por el Castillo al que se asciende por una Royal Mile abarrotada de decenas de saltimbanquis y gentes diversas de la farándula que
anuncian distintos espectáculos del Festival de Verano 2007. Colorido encuentro
de los más distintos personajes del free theater:
desde cruzados con armaduras hasta chinos malabaristas, pasando por japoneses
concertinos, guerreros musicales con tambores, bombos y gaitas en atronador
concierto celta, y blancos escoceses desnudos que invitan a un espectáculo de
orgasmos infinitos.
Un pandemonium de lo más atractivo en una ciudad volcada en la calle y en la que nadie puede sentirse extranjero, aunque sí turista.
Edimburgo
late historia y presente, aunque sigue sin conocer la más elemental gastronomía
o el más mínimo confort en la restauración para latinos vividores y fumadores.
A
resaltar, sin embargo, la exquisita amabilidad
de dos trabajadores portuarios
escoceses de Rosyth (donde atracó el Marco
Polo) que ante la ausencia de taxis para trasladarnos a la Estación, a más de 5
kilómetros vista, se ofrecieron amablemente a llevarnos en sus coches privados
sin aceptar un solo penique en correspondencia: chapeau
por los escoceses, siempre rudos pero bien simpáticos...
9-
El
hotel flotante nos regala un excelente día de navegación entre Edimburgo y Amsterdam: sol radiante, brisa fresca del nordeste y un mar
rizado que apenas hace vibrar el barco.
Un
olor picante sube hasta la tercera cubierta desde la barbacoa de la piscina,
donde las viejas glorias de Australia y EEUU devoran –en fila reglamentaria-
todo lo que se ponga por delante de sus ojos, no sea que les sorprenda la parca
en ayunas...
El
duo musical se arranca con melodías de ensueño
acompañando el suave ondular del agua, para que la magia de las mareas
profundas sirva de contrapunto al sol furioso: dulce “far
niente” para compensar la locura edimburguesa,
y la soberana y real paliza turística de los dos días precedentes.
en medio de lo negro:
guiños de sirenas
atrapadas en el petróleo
o en el gas
de sus entrañas.
Nadie conoce el silencio
de estos petroleros varados
destripando los bajamares
con la soledad a cuestas.
Plataformas petrolíferas del Mar del Norte:
gaviotas neonatas de vuelo roto.
10-
Ámsterdam
sigue mereciendo un retorno.
Cierto
es que ya no es la ciudad de mis años jóvenes, que el Paradiso
–Iglesia reconvertida en centro de la contracultura y la mariguana-
desapareció en el recuerdo de los más mayores, que la Plaza del Dam ya no es el asentadero de
miles de muchachos que cantan a Bob Dylan, leen a Camus y votan
anarquismo, pero aún queda la magia
liberal de los coffe shop,
donde te entregan la carta de las diversas variedades de hachis
o hierba, la belleza semi sucia de sus canales, el
“red light district”
(barrio rojo) con trabajadoras del sexo cada vez más esbeltas y exuberantes
detrás de los ventanales ofreciendo su mercancía con sonrisas a los viandantes.
Y
un tufo elegante de bellezas rubias y espigadas que se entremezclan cómodamente
con turistas latinos ávidos de porros y sexo consentido.
La
vuelta al Marco Polo fue apoteósica: monumental coloque mariguanil
de mi yerno Roberto y de este cronista que escribe que llenó de carcajadas sin sentido y estruendosas toda la cubierta
de la piscina en las labores de desatraco del barco, ante la mirada hierática y
censuradora de la mayoría de los hijos de Oceanía y de yankilandia,
algo que, desde luego, no hizo más que aumentar nuestro pedo
risueño.
Luego
el balanceo del barco, en un mar algo bravo, hizo de bálsamo y somnífero,
pero...que nos quiten lo bailao...
11-
Brujas
sigue siendo una bombonera: bombonera de monumentos y rincones paradisíacos, y
bombonera de deliciosos chocolates belgas, para mi gusto los mejores del mundo.
Darse
una vuelta en calesa a primeras horas de
la mañana por la ciudad medieval -antes
de que los turistas invadan las calles empedradas- es un placer que te hace
recordar las épocas de los Tercios de Flandes, aquellos que cantaba Marquina en “En Flandes se ha puesto el sol”:
“Capitán
de los Tercios de Flandes, señor capitán,
el
de la torcida espada,
la
capa colorada
y
el gran caballo alazán...”
Y
degustar, luego de un solomillo a la flamenca en la terraza de una Brasserie, unos bombones rellenos de frutas o rodajas de naranja rebozadas de
chocolate negro, delicia de conquistadores bastante agotados ya de los sabores
rancios y las salchichas con sabor
indefinido de la Europa anglosajona del Norte.
Cuando
la marea turística asalta la ciudad, recogemos amarras y con un taxista daliniano nos trasladamos al barco para la siguiente
singladura, en el puerto francés de Le Havre.
12-
Desembarcamos
en Le Havre con mucha más tranquilidad que lo
hicieran las Fuerzas Aliadas en las playas de Normandía cercanas en el Día D.
Y
como no era para nosotros especialmente atractivo rememorar las gestas de
sangre y hierro de antaño, salimos huyendo del recuerdo hacia Rouen,
capital de la Normandía y banderín del gótico flamígero de la zona
(además del suplicio y mortaja de Juana de Arco y cuna de Corneille)
con su Catedral de Notre Dame (que inmortalizó Monet), el Palacio de Justicia, la Iglesia de Saint-Maclou y la Abadía de Saint-Ouen,
verdaderas joyas de arquitectura exterior, aunque con interiores excesivamente
sobrios y austeros.
Una
delicia pasear por las callejas del
centro viejo, con casas normandas de
maderas entrelazando el ladrillo de las fachadas, y un verdadero placer
degustar el patè de fois y
las crêpes de salmón de sus restaurantes y creperías.
Una
noche de luna llena y calma nos acompaña
atravesando el Canal de la Mancha hacia Pórtland, Inglaterra.
-redonda y robusta-
hace surcos de luz
sobre la popa.
La noche
es noche de valkirias
y de adioses,
de maremotos silentes
y de corales dormidos:
Marco Polo
revienta el agua
con la dulzura galopante
de los delfines...
13-
“It´s incredible”, gritaba mi
pacífica hija Elisa hecha un basilisco
en la cola del autobús que nos tenía que llevar desde Weymouth hasta el barco al comprobar cómo los
“educadísimos” ciudadanos australianos, yankis y
alemanes se colaban, con todo el descaro del mundo, sin respetar el orden de
llegada.
Bien
parece que la tan cacareada educación anglosajona solo reza para el NO SMOKIN,
y se torna inexistente cuando de no perderse una comida gratis se trata, quizás
por eso de la hipoglucemia y el no rascarse el bolsillo. Pero ni los
improperios en inglés de mi hija, ni el chupa de dómine mío en castellano
castizo, hizo mella alguna en el personal referido que se repanchingó
en los asientos del bus para no oír la sarta de epítetos que recibía: es claro
que unos llevan la fama, y otros cardan la lana...
Ciertamente
la escala en Pórtland sobraba: ciudad balneario
de ancianos reumáticos, tipo hortera Benidorm, con el agravante de un
comercio y una restauración en el peor estilo de la tradición inglesa.
Escala
evidentemente de tránsito hacia el final del Crucero en Dover.
14-
El
regreso es casi siempre algo lamentable, pero se torna insoportable si el barco
atraca en el puerto de Dover a las 5,30 horas, tienes
que desalojar el camarote antes de las 8 de la mañana, no te trasladan hacia
Londres hasta las 12,45, y tu avión no sale hacia Madrid hasta las 20 horas,
con su horita de retraso de propina incluida.
Sin
comentarios sobre un Aeropuerto donde los viciosos fumadores no pueden
solazarse en ningún mínimo rinconcito, y donde la obsesión por la seguridad
(ganada a pulso por lameculos de los yankis) hace que te desnuden casi literalmente no vayas a
llevar una bomba camuflada en tu pasta de dientes.
Y,
como guinda, un vuelo Londres-Madrid en
el que la graciosa tripulación de Su Majestad no tuvo la delicadeza de
pronunciar ni una sola palabra en castellano (ni en público ni en privado).
¿No
será que se les está acabando el chollo?

Luis
E. Prieto
31-8-2007