Mis Escritos en Prosa

Cuaderno de Viajes

 

CHEQUIA BAJO CERO

 

         Para Marga y Adolfo, amigos de siempre, que han compartido con Merche y conmigo

         cinco días de frío y misterios.

 

No ha nevado en Praga –y me hubiera gustado- aunque las temperaturas medias del viaje no han subido nunca de los –3 grados, y la sensación térmica reinante –debido, sobre todo, al viento gélido del nordeste- ha oscilado entre los 5 y los 10 grados Celsius bajo cero.

Frío, verdadero frío helador en esta espectacular ciudad  que fue ombligo de casi toda la historia europea desde el XIV al XX, y que vio nacer a personajes tan importantes y sugerentes como Kafka, Freud, Smetana o Dvorak, por contar tan solo los más conocidos a nivel socio-cultural.

 

Sorpresivo Año Nuevo en una ciudad volcada en la calle, plagada de turistas –mayoritariamente rusos e italianos- y que se aferra a sus tradiciones entre ateas (impuestas por la dictadura soviética) y católicas, y a sus costumbres de pueblo eslavo, culto y serio, silencioso y conversador, bebedor de vino caliente en las terrazas heladas, y comedores de salchichas y de gulach sabroso.

No es, precisamente, la simpatía de sus gentes el rasgo más importante de sus características (sino bien al contrario), pero sí quizás su tesón y su gran capacidad de ir modificando la Historia  a golpe de sacrificios y de adaptación a un medio político-social tremendamente cambiante.

 

                                          

 

Entre la rivera derecha del Moldava (mirando al Puente de Carlos) y la plaza Wenceslao se aglomera la mayor parte de la Ciudad Monumental e histórica de Praga en un sinfín de calles sinuosas –mayoritariamente peatonales- cuyo epicentro es, sin duda, la Plaza de la Ciudad Vieja, exquisito recinto medieval donde se encuentra el famoso Reloj Astronómico (de 1410), el mercado antiguo, la Iglesia de Nuestra Señora de Tyn y las casas palaciegas renacentistas y neoclásicas: conjunto todo de una singular belleza estética al que ni el helador ambiente térmico le hace perder un ápice de encanto, e incluso, invita a tomarse un capuchino praguense –bien condimentado con abundante nata tibia- en las terrazas concurridas al aire gélido de la tarde-noche, con sus estufas adosadas y sus mantas de lana para el resguardo de los clientes.

 

                                        

 

Imposible no caer en la tentación de un precioso concierto de la Sinfónica de Praga en el romántico Teatro Municipal, donde los dos compositores locales –Smetana y Dvorak- nos deleitan con el Poema Sinfónico al Moldava y la Sinfonía del Nuevo Mundo, algo que, sin duda, absorbes de una manera especial después de haber dado una vuelta en barco por las aguas del Moldava con las gaviotas y los cisnes acariciando la singladura.

E imposible, también, resistirse a una elegante y opípara cena en el Restaurante del Teatro, diochocesco y lujoso desde lo estético, y más que dignamente elaborado y presentado desde lo culinario.

 

La excursión a Karlovi Vary, a 140 kilómetros al noreste de Praga, nos depara un contacto directo con la nieve y unas temperaturas siberianas: la Ciudad Balneario de Chequia, una bombonera regada por los ríos frío y caliente, y las termas naturales entre 30 y 80 grados centígrados, es un refugio de peregrinos sanatoriales de todo el mundo, y un remanso de cultura y sosiego en las montañas del norte. Espectaculares palacetes y variados sanatorios salpican sus colinas solo rotas, violentamente, por un edificio de la época soviética –el Hotel Termal- que es como una agresión permanente a la belleza y al buen gusto de la zona.

 

                                   

 

Mención especial, y hasta bastante sorpresiva en lo favorable, ha supuesto la restauración de este pueblo eslavo, con alimentos autóctonos e importados muy bien condimentados y a precios más que razonables en bonitos restaurantes, entre los que quiero destacar, además del ya mencionado Restaurante del Teatro, el encantador Matylda, en un precioso barco varado en la orilla del Moldava y rodeado de cisnes, y el exquisito O Saupe, en la Ciudad Vieja, amenizado por un cuarteto de cuerda (contrabajo, guitarra, violín y violín solista) que nos regaló preciosas szardas húngaras virtuosamente interpretadas por el concertino del cuarteto mientras degustábamos una cena de alta cocina checa.

 

No quiero olvidarme, desde luego, en ambas orillas izquierda y derecha del Moldava, de dos zonas monumentales bien distintas y a la vez absolutamente representativas de Praga: a la izquierda del Puente de Carlos  -arteria vertebral de la ciudad por encima de las aguas del río madre- y sobre una colina que domina a la Ciudad Vieja, el complejo monumental del Castillo de Praga y la gran Catedral de San Vito, impresionante conjunto que destaca por las magnitudes del castillo y por la elegancia sobria e inmensa de la iglesia; y a la derecha , con calles convertidas hoy en exclusivas tiendas de firmas internacionales, el Barrio Judío de Praga que llegó a ser, durante la ocupación nazy, el mayor guetto de Europa, y donde aún se conservan antiguas sinagogas, como la Sinagoga Española, de marcado acento sefardí y arquitectura mozárabe, junto con sinagogas askenasís por donde pasearon sus primeros sueños Freud o Kafka, ambos absolutamente ignorados por sus coetáneos y que hoy son realzados por la progresía literaria o médica de todo el mundo: necesario oler el aroma de la escultura hueca de Kafka en el lateral derecho de la Sinagoga Española.

 

                                                 

 

Ciudad, en fin, donde los monumentos hablan de historia pasada y futura, de gentes educadas pero hoscas y poco amables, y en donde atavismos de recientes dictaduras soviéticas sin superar hacen posible anécdotas tan increíbles como quedarse sin postre cuatro comensales en el restaurante del hotel porque, a pesar de haber reservado la cena con normas protocolarias a las 21 horas –y por excesiva lentitud funcionarial- sobrepasamos sin saberlo las 23 horas, momento del cierre automático y sin aviso de la cocina, sin posible apelación a la lógica más elemental y democrática de que a ningún comensal puede cercenársele el final de su manduca: bastante tienen que aprender aún los checos de normas de simpatía y trato si desean convertir su país en algo más que un modelo visitante para rusos sin reciclar o húngaros y servios en horas altas.

Pero, de regreso, el Poema Sinfónico de Smetana me hacía cerrar los ojos y recordar:

 

Guijarros de agua

en la niebla fina del Moldava

sobre el corazón que sueña

músicas de viento

y noche.

               Cisnes

que alborotan en blanco

el gris oculto de S. Vito,

huecos sin futuro

en la barriga de un Kafka rojo

que lucha por liberar

violines de Bohemia:

                                   frío,

calor,

         historia en molto vivacce...

                                    

                                                

 

 

Luis E. Prieto

Vuelo 7889 Praga-Madrid

5-1-2008