ESTADO DE SITIO
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Shalom,
buenas tardes, -nos dijo el policía.
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Buenas
tardes, -contestamos un poco a la defensiva.
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¿Esas
maletas son suyas?.
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Sí,
por supuesto.
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Vamos
a ver, ¿desde que hicieron las maletas han permanecido todo el tiempo a su
vista?.
Al escuchar la
pregunta, lo que inicialmente había sido prevención, se tornó por mi parte en
cierto enojo, y por parte de mi mujer en sarcasmo. Curiosamente en aquella ocasión
las maletas habían permanecido muchas horas dentro del maletero del coche en el
garaje de la consulta, a 50 kmts de casa, puesto que el vuelo hacia Israel partía
por la tarde y habíamos tenido consulta por la mañana.
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Sí,
no se preocupe, hemos dormido abrazados a las maletas toda la noche, -contestó
con mala baba mi mujer.
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Perdone
señora, no es solo por nuestra seguridad, sino, sobre todo por la suya, por lo
que estamos aquí. Tenemos que estar alertas sobre posibles paquetes bomba que
en un momento pueden causar un desastre, -comentó algo hosco el policía.
Bali, mi hija pequeña, puso una cara de miedo indefinido cuando escuchó el tajante comentario del policía. Eso de la bomba, evidentemente, no le sonaba nada confortable.
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¿Llevan
algún objeto que no sea de su s pertenencias?, -volvió a inquirir el seco
funcionario.
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Llevamos
unas cartas, -respondí de nuevo a la defensiva.
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¿Unas
cartas?, -palideció ahora el policía-. ¿Están seguros de que no pueden ser
unas cartas-bomba...?
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Mire
usted, -contestó entre irónica y aburrida mi mujer-, las cartas son de nuestra
familia, mi cuñado y mi cuñada, que están destinados en la Embajada de España
en Tel Avi, y la mayoría es correspondencia de los bancos... Y no sé y en su
país, pero aquí, en España, los bancos mandan cartas-bomba pero solo desde el
punto de vista económico.
El funcionario no movió ni un músculo de su impertérrito rostro aunque era claro de que no le había sentado nada bien la respuesta, hizo un gesto con la mano en señal de espera, y se dirigió hacia el interior del control. En unos instantes volvió acompañado del que parecía el jefe de seguridad del control de embarque.
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Por
favor, señores, ¿podría ver esas cartas?.
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Están
dentro de la maleta, pero ya le he dicho a su compañero que se trata de
correspondencia comercial de mi hermano que ocupa el cargo de agregado cultural
en la Embajada de España en Israel.
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¡Ah,
siendo así, mil perdones...!, -dijo cambiando radicalmente el tono el supuesto
jefe al escuchar el cargo oficial de mi hermano-. Que tengan un buen viaje a
Israel.
Este había
sido, ya desde el aeropuerto de Madrid-Barajas, el primer contacto con la cruda
realidad de un país en estado de sitio. En el transcurso de los días que
pasamos en Israel esta primera evidencia se vería ampliamente acrecentada y la
sensación de inseguridad controlada o de seguridad vigilada se apoderaría
cotidianamente de nosotros. Hacía tiempo que mi hermano llevaba insistiendo
para que pasásemos unos días en Israel, pero realmente, para mí
especialmente, no era un destino que me subyugase: primero porque tenía el
presentimiento de que iba a encontrarme en una de las encrucijadas más
complicadas e insolubles del mapa político del mundo, y segundo porque
encontrarme de frente con la historia religiosa que nos habían impuesto desde
pequeñitos a marcha-martillo no me hacía especialmente feliz. Y aunque
parcialmente no me equivoqué, aunque pude vivir la triste realidad de las
religiones empleadas y manipuladas como armas arrojadizas y guerreras, aunque
pude sufrir y palpar las injusticias de la peces grandes y poderosos devorando
cotidianamente a los chicos y disgregados, aunque percibí que la historia no
guarda especialmente el recuerdo en la memoria de los pueblos y los mecanismos
de venganza y de revancha funcionan con maravillosa fortaleza, debo reconocer
también que aprendí enormemente
con un “cicerone” tan especialmente cualificado como mi hermano, que se
desvivió en todo momento en enseñarnos más,
mucho más, que los Lugares Sagrados, mucho más que la superficie artística
o política de esta encrucijada de conflictos permanentes que es Oriente Medio.
Tel Aví, donde
residía mi familia, era la capital administrativa del Israel moderno y no
combatiente y donde estaban alojadas la inmensa mayoría de las Embajadas
extranjeras que se negaban a trasladarse a Jerusalén por razones políticas y
diplomáticas. También era una ciudad moderna, sede del judaísmo no combativo de la intelectualidad, y del
sionismo no militante en lo religioso. Sus calles, una mezcla de influencias
orientales, occidentales y latinas, eran un mercado variopinto solo roto por los
uniformes y las metralletas que ponían sus notas discordantes, sobre todo para
el turista. En el precioso barrio
antiguo de Jaffo estuvimos comprando unos juegos de alpaca y un camello
articulado en plata (que aún guardo en casa) que los orfebres primorosos de la
zona realizaban con esmero y a un precio razonable. Recuerdo que cuando intenté
enseñarle la compra a mi hija, que se había quedado con mi sobrina dando una
vuelta por las calles de Jaffo, mi cuñada me gritó: “no lo abras, ni se te
ocurra”. No sabía si estaba de guasa o era un puro vacile, pero al observar
su gesto comprobé que iba en serio. En efecto, según nos explicó, todas las
tiendas tienen unas claves secretasen los embalajes para comprobar si alguna de
las cajas ha sido abierta o manipulada con la posible inclusión de algún
artefacto. ¡Terrorífico!. Lo malo de la historia es que, al menos, podrían
avisártelo puesto que la curiosidad latina hace muy posible que sea
tranquilamente desenvuelto el regalo lo que, parece ser, conlleva luego en el
aeropuerto penosísimos trámites y controles aduaneros. Y esto no era más que
el principio. Luego nos dimos un paseo por los bonitos jardines de Jaffo donde
nos encontramos con decenas de parejas de novios haciéndose fotos. Daba la
impresión de que se había celebrado un ceremonia colectiva y que, luego de la
ceremonia, todas las parejas habían acudido al mismo parque para las mismas
fotos. Pero no, era un viernes, y era tradición que los novios se hicieran
fotos en los jardines de Jaffo entre lagos y nenúfares. Era pintoresco observar
los atuendos nupciales, sobre todo de las novias: una curiosa mezcla entre
Oriente y Occidente, mucho más marcadas en las parejas de ascendencia sefardí
que en las askenasís, al más puro estilo americano, rimbombantes, con muchos
velos, gasas y tules. Era el Israel moderno que, por un tiempo, hacía un paréntesis
en su estado de guerra permanente: la guerra de las askenasís (judíos de
ascendencia centroeuropea) contra los sefardís (de ascendencia latino española);
la guerra de ambos grupos con los haredim, los ultraortodoxos; la guerra de los
liberales no confesionales con los sionistas del Talmud, del Sabath y del Cocher
(comida bendecida por el rabino de turno); la guerra de los israelitas con los
movimientos Ezbolá y Drusos por el norte; la guerra del Estado Hebreo contra la
OLP de Arafat y su Estado Palestino; la guerra del Dios de Judá contra el Dios
de Alá; la guerra entre sí de los cristianos maronitas con los coptos, los
abisinios, los ortodoxos o los católico romanos; la guerra de las árabes judíos
con los árabes cristianos, o los árabes musulmanes chiitas con los ortodoxos
sunitas y las sectas alauitas y drusas... Todo un mundo de guerras más o menos
declaradas y abiertas, todo un mundo de religiones, sectas y subsectas que
luchan por un puñado de tierra y de influencias económicas.
La religión llevada al mercadeo del 2x1, de las rebajas y de las
ofertas, porque mi mercancía es más auténtica, más pura, y más antigua y válida
que la suya, señor. Nauseas por encima y por debajo, por delante y por detrás
de tanta miseria, de tanta mentira en nombre de Dios. Nauseas, horror, bombas y
guerras que mutilan vidas y sentimientos, que dejan lisiados los corazones de
las buenas gentes de Oriente Medio.
Después de
pasear por las antiguas calles de Jaffo recalamos para comer en un restaurante
(por supuesto cocher) de la zona. Pedimos una mesa y nos sentamos
tranquilamente. Al poco, a nuestras espaldas, escuchamos un revuelo: una pareja
que había ido a sentarse en la mesa contigua a la nuestra se había encontrado
(¡tremendo problema en aquel país!) que la chaqueta que mi mujer se había
quitado para estar más cómoda y había dejado sobre el respaldo de la silla,
involuntariamente también había cogido la silla que contactaba con ella a sus
espaldas. ¡Al Hamdulilá (alabado sea Dios), qué problema!. Mi hermano le decía
a mi mujer que en qué lío se había metido, y mi mujer no sabía si reírse,
que era lo que le pedía el cuerpo, o ponerse a llorar de pena, que era lo que
exigían las circustancias. Intentó explicar mi hermano en perfecto neohebreo
el asunto, pero la pareja no se fiaba de que aquello tan simple y tan elemental
y comprensible no fuese alguna maniobra que escondiese una bomba de algún grupo
radical palestino, y llamó a la policía.
Estábamos perplejos y además inmóviles porque, a partir de aquel
momento y hasta que llegó la policía (en muy pocos minutos, por cierto), no
pudimos hacer el más mínimo movimiento que pudiera suponer la posible activación
de la posible bomba que posiblemente pudiera esconderse en la chaqueta de mi
mujer. Al fin se deshizo el entuerto y mi mujer volvió a colocar, luego de ser
revisada concienzudamente por la policía y recibir explicaciones de mi hermano,
la chaqueta en el respaldo, “solo”, de su silla. Así estaban las cosas...
Con mi hermano
como guía permanente realizamos múltiples excursiones por todo el nuevo
territorio de Israel: por Haifa en la costa norte y cerca del Líbano, donde
admiramos los Jardines Persas y el Santuario de la secta Bahai, bien cubiertas
sus espaldas por millones de dólares de sus escasos y poderosos fieles; por los
Altos del Golán y Monte Líbano feudo de esa especial secta guerrera de los
Drusos, derivación islámica abigarrada y especial que intenta hacer una síntesis
entre el Corán, la Biblia, ideas platónicas, el Induismo y viejas creencias
egipcias; por las Fortalezas semidestruidas de Acre y sus antiguos cruzados; por
las Fuentes del Jordán; por el Monte Tavor (que Merche llamaba “Pavor” por
el caminito tortuoso y complicado hasta el Monasterio; por Galilea y el lago
Tiberíades; por los castillos de la secta de los “hachichinos”, que dió
nombre a la palabra asesino; por el mar Muerto y Eilat; por Jerusalén...
Jerusalén, una
de las ciudades mágicas del mundo y una de las ciudades más terribles del
planeta. Ciudad Santa para los judíos, los musulmanes y los cristianos, donde
se palpa el odio y el negocio: el odio de dos pueblos con historia
irreconciliable y el negocio de las confesiones que compiten en sus posesiones y
en sus ideas. En Jerusalén, ciudad a la que muchos países deseaban convertir
en una especie de ciudad internacional protegida y auspiciada por la ONU con la
oposición radical de palestinos y judíos, fuimos cómplices, sin saberlo, de
una reunión secreta que mi hermano había programado desde hacía tiempo.
Habíamos comido en el coquetuelo restaurante del Hotel King David, y
después de comer pasamos, por indicación de mi hermano, a tomar el café en
una especie de habitación reservada que me sorprendió. A mis requerimientos me
respondió, simplemente, que esperaba a unos amigos. Al poco fueron apareciendo,
uno tras otro, distintos personajes de la vida política en la sombra de la zona
palestina que en aquellos momentos se encontraban, la mayoría, en búsqueda y
captura por Israel. Recuerdo haber saludado por unos segundos a Abu Nidal y a
Yaser Arafat, a Nayet Hawatme del FDLP (frente democrático de liberación
palestina), al “mufti” (máxima autoridad religiosa musulmana) de Jerusalén
Saadín Alami y a cinco o seis personajes de los que no recuerdo sus nombres y
su importancia, pero que estoy bien seguro eran personas representativas de lo
que se llamaba el FLP (frente de liberación palestina) que en aquellos momentos
se encontraba en el punto álgido de la Intifada.
Y a propósito
de la Intifada no podría olvidar y dejar de relatar aquí aquel día que, en
coche diplomático y con la bandera española en el morro, nos adentramos por la
Franja de Gaza. Yo iba muy confiado por la aparente protección que el coche
daba a nuestra excursión por una zona en permanente ebullición. En un momento
dado, mientras cruzábamos una aldea que parecía deshabitada, mi hermano gritó:
“al suelo, al suelo” con voz imperiosa. Tirarnos al suelo del coche y
empezar a caer decenas de piedras encima de la carrocería fue todo uno. En
aquel momento recuerdo que mi hermano conectó uno de los altavoces externos del
vehículo y, sin parar, empezó a recitar por megafonía: ”Márjaba safir España,
márjaba safir España...(Hola, embajador de España). Al oír el mensaje cesó
el aluvión de proyectiles y pudimos reincorporarnos. Y recuerdo haber visto a
un chiquillo de no más de 5 ó 6 años con un pedrusco inmenso que apenas podía
soportar entre sus frágiles manos y con los ojos llenos de una rabia que nunca
olvidaré.
(Parece ser que
en aquel momento la Intifada no respetaba los coches con bandera diplomática teóricamente
amigos porque desde hacía meses el Mosad empleaba la táctica de entrar en sus
territorios camuflados tras insignias de otros países.)
En fin, triste
destino de unos pueblos en guerra permanente y continua en nombre de Dios.
Tristes gentes
en estado de sitio, en el corazón y en la vida cotidiana.
Horas antes de
partir de regreso para España, y sin despegarnos un ápice durante toda la
noche de nuestro equipaje y con los regalos bien envueltos sin romperlos ni
mancharlos (como mandan los cánones), escuchamos por última vez la emisión en
sefardita de Radio Israel que decía: “Los volos para la Espania se están
desfaciendo con sosiego...” (Los vuelos para España están saliendo con
retraso).
¡Inch ´Alá!
(Si Dios quiere).