EN LA CARCEL DE TIMISOARA

 

 

Con el R-5 revisado y a punto, con más moral que el alcoyano y con la ingenuidad propia de los pocos años, habíamos decidido darnos una vueltecita larga hasta la teórica patria del Conde Drácula en Rumania.

 Por aquella época era una empresa más bien delicada, máxime teniendo que atravesar países de la órbita comunista como Yugoeslavia y Rumania con los que no teníamos, por entonces, ninguna clase de relaciones diplomáticas. Por otro lado era el primer viaje en serio y en largo que mi mujer y yo realizábamos y habíamos intentado prepararlo a conciencia. Quisimos realizar un viaje con estancias mixtas en camping y en hoteles, y decidimos, como más idóneo, reservar las acampadas para la Europa libre, y los hoteles para la llamada Europa de detrás del telón de acero. En la Federación Campista de España conseguimos, al fin, los lugares previstos para Francia e Italia, y los hoteles para Rumania, tanto los del interior como los de la costa. Incluso habíamos dejado la posibilidad abierta, en última escala, de dar una vuelta por la URSS, a pesar de las previsibles dificultades y de las posibles consecuencias políticas que a nuestro regreso a la España “nacional-católica” de la época nos íbamos a encontrar.

El viaje fue transcurriendo con normalidad y con pequeñas anécdotas propias de la bisoñez y de la inexperiencia de los viajantes.

 En un camping a las afueras de Paris que constituyó la primera etapa fuera de la protección de nuestra tierra, y donde hicimos la primera acampada, nos acordamos estupefactos que era la primera vez que íbamos a montar una tienda de campaña tan complicada como la que nos habían prestado, una gigantesca tienda con porche, cocina y dos dormitorios. Parecía una empresa fácil pero resultó mucho más complicado de lo que presuponíamos. Eran las doce de la noche y allí nos ven los lectores a mi mujer y a mi desplegando un sinfín de clavos, cuerdas y lonas y sin pajolera idea de qué hacer con tanto material. Para más inri lloviznaba. De las risas iniciales, sotto voce, pasamos en poco tiempo a los enfados, a menos sotto voce, lo que originó que los vecinos, que a esas horas ya intentaban dormir, manifestaran airados sus protestas. Menos mal que tuvimos la suerte de caer en medio de un grupo de campistas españoles e italianos que, luego de las primeras protestas, nos montaron amablemente en un voleo la aparatosa tienda.

En Italia, en un camping de montaña de la ciudad de Perugia, por el afán de contribuir al cuidado del vehículo y, a pesar de que nunca me interesó ni entendí lo más mínimo de mecánica, me metí a redentor y me desapareció por una ladera un “chiclé de baja” y de rebote me cargué “il motorino di avianco” (motor de arranque). Tendrían que verme los lectores buscando por todo Perugia un motorino di avianco y un chiclé di basso para poder continuar el camino. Menos mal que los transalpinos siempre fueron unos cachondos mentales y el entendimiento entre pueblos latinos se hace fluido y amable. Y por supuesto me apañaron algo, no sé de donde ni por donde, que sirvió para el resto del viaje.

 

Atravesamos la antigua Yugoeslavia entrando por Trieste y recorriendo las espantosas carreteras yugoeslavas y sus temerarios conductores desde Zagreb hasta Belgrado, soportando estoicamente las grandes colas en las fronteras con Italia y Rumania. Los carabineros se sorprendían altamente al ver un coche y unos pasaportes españoles y, de continuo, nos hacían bromas, para ellos por lo visto muy simpáticas, sobre el Real Madrid y olé, olé. Las dos únicas expresiones en castellano que fuimos capaces de escuchar por los Balcanes.

Entramos en Rumania desde Yugoeslavia, y la primera ciudad en que íbamos a pernoctar se llamaba Timisoara. Nunca, nunca, se me podrá olvidar el nombre de esta ciudad por lo que en ella aconteció. Habíamos reservado desde España un hotel en el centro de la ciudad y, cuando comenzamos a divisar los alrededores, se me ocurrió la idea de preguntar a algún caminante por dónde debíamos dirigirnos. Había una señorita esperando en la parada de un autobús y nos  acercamos para preguntarle. En una mezcla de italiano y rumano (por otro lado no muy diferente este del latín que habíamos estudiado en el bachillerato) nos intentó explicar algo que, aparentemente, no era demasiado fácil. Y ante nuestra sorpresa y también nuestra duda nos señaló por gestos de que deseaba introducirse en el coche con el firme propósito de acompañarnos, en vivo y en directo, hasta el hotel. Cuando nos quisimos dar cuenta la joven ya estaba aposentada en los asientos traseros de nuestro vehículo. La chica era bastante joven y agraciada y lucía una falda corta, pelín escandalosa, para un país de los llamados socialistas, aunque, bien es cierto, desconocíamos por completo las costumbres y estéticas de dichos países. Fue guiándonos correctamente hasta encontrar el hotel y, al llegar, intentó despedirse amablemente. A mí me pareció una delicadeza por su parte y, sin consultar a mi mujer, se me ocurrió que podía ser una buena y curiosa guía para que por la tarde, una vez hubiésemos tomado posesión de las habitaciones, nos enseñara la ciudad. Así se hizo y a la hora prefijada la señorita Stela (que así dijo llamarse) se presentó a la puerta de nuestro hotel. A partir de ahí se sucedieron una serie de acontecimientos que ahora, desde la distancia, me parecen de lo más curiosos. Nuestra acompañante voluntaria nos comentó, de seguida, que trabajaba como capitana de la policía vigilando la prostitución en la ciudad. Al preguntarla por su uniforme nos respondió que era una especie de policía secreta. Evidentemente desconocíamos entonces las mínimas costumbres y organización de la vida en la Rumania de Ceucescu y, aunque algo raro, nos pareció posible y hasta creíble dicha afirmación. Estuvimos dando una larga vuelta por el centro de Timisoara con nuestra joven acompañante. Cuando nos sentimos cansados volvimos al hotel y antes de retirarnos, y por pura cortesía y agradecimiento, le comenté a mi mujer que lo menos que podíamos hacer con Stela era invitarla a lo que ella quisiera. Estuvo de acuerdo pero, como ella se encontraba muy cansada y con un fuerte dolor de cabeza, me rogó que la acompañase yo y, excusándose, se retiró a la habitación. Todo dentro de los cauces más normales y correctos. Intenté invitar a nuestra acompañante en una especie de cafetería cercana al hotel pero, ante mi sorpresa, Stela me pidió que si no era de mucha molestia para mí, la acercase hasta su casa donde debía recoger unos papeles que necesitaba. Ningún inconveniente, siempre y cuando ella me orientase por una ciudad, para mí, desconocida. Llegamos a un típico barrio obrero en los alrededores de la ciudad y, excusándose por unos minutos, se bajó del coche y se dirigió a uno de los portales de los grandes bloques rectangulares. ¡Curiosa posición la mía en los extraradios de una ciudad desconocida en un país desconocido!. Mientras pensaba esto apareció por allí un policía uniformado que comenzó a mirar insistentemente mi vehículo. Era el típico policía de las películas de malos: gorro clavado hasta los ojos, uniforme verde-caqui, linterna, pistolón y cara de pocos amigos. Giraba alrededor del coche alumbrando con la linterna las placas de la matrícula y observándome detenidamente. He de confesar que no me encontraba nervioso pues creía, a pies juntillas, que mi amiga, la señorita Stela, capitana de la policía de Timisoara, en cuanto bajara disiparía cualquier duda con su subalterno colega. Y sí, sí... Bajar, bajó al poco tiempo, pero convertida en autista, y lo que había sido un control  minucioso por parte del “vopo”, se convirtió, ipso facto, en una agresión presente. En cuanto regresó la chica el policía metió la linterna en el cristal y a gritos me demandó el pasaporte. ¡Madre mía, mi pasaporte estaba en el hotel!. Intenté hablar con Stela para que le comunicara al policía que yo era un turista español y que estaba allí de paso. Pero ante mi alucinada sorpresa, mi teórica capitana salvadora, comenzó ella misma a hacerse pasar también por extranjera y a intentar chapurrear en un macarrónico ingles algo, a todas luces, ininteligible. El policía estaba cada vez más nervioso, y aunque yo gritaba, más que hablaba, “tourist, tourist, spanish people”, comenzó a amenazarme con la pistola que había desenfundado. Las cosas se ponían tan negras que, intentando sacar algo de tranquilidad de algún trasfondo del subconsciente, volví a explicar al policeman que mi pasaporte estaba en el hotel y que podría acompañarme a dicho lugar donde se lo mostraría gustoso. Para nada, el policía insistía, muy nervioso, en que fuera yo al hotel y volviera allí con el pasaporte. La proposición me pareció típicamente “grauchiana”, pero no estaban las cosas como para discutir con aquel energúmeno así que puse el coche en polvorosa y, ayudado por un transeunte que me encontré en una calle cercana, me largué de allí a toda prisa. Al llegar al hotel mi mujer me esperaba muy asustada en la recepción y yo vi el cielo abierto sintiéndome al fin seguro. Después de relatar lo sucedido, y a pesar de no dar mucho crédito a la historia, decidimos contárselo al conserje del hotel que hablaba correctamente francés e italiano y que era persona cualificada por su relación con el mundo turístico. Nos escuchó atentamente y luego, haciendo un gesto con el dedo en la sien en clara alusión al policía, sentenció: “no problem”. ¡Qué alivio, estaba salvado...! Nos fuimos a dormir tranquilamente en el convencimiento de que la historia había sido el mal sueño de una esotérica noche. Pero...sí, sí. Serían las cuatro de la madrugada cuando aporrearon la puerta de nuestra habitación. Sobresaltado me lancé a abrir temiéndome lo peor, y mis sospechas se confirmaron: dos policías de paisano pedían nuestros pasaportes. Después de revisarlos minuciosamente devolvieron el de mi mujer y se quedaron con el mío. Al cabo de unos segundos que me parecieron eternos me dijeron: “prego”, y algo más que no comprendí pero que entendí perfectamente que significaba que tenía que acompañarles. En aquella época España no tenía ningún tipo de relación diplomática ni consular con Rumania por lo que poco podía hacer. Me llevaron en un coche, (un sedán negro,  como en las películas de Humphrey Bogart), y me depositaron en una especie de cárcel no excesivamente alejada del hotel por el corto trayecto realizado. Creo que, en todo el tiempo que transcurrió desde el “prego” hasta que me instalaron en la celda, no escuché de mis guardianes más de dos palabras que ahora sería imposible recordar. Y allí me ven los lectores, detrás de unas rejas, en una dependencia aseada con cama y lavabo, sin comerlo ni beberlo, y simplemente por tratar de ser cortés con la supuesta capitana Stela. Creo que me venció el sueño y di unas cabezadas, pero lo que sí recuerdo (¡cómo no lo iba a recordar!) es que de mañana escuché unos pasos que me despertaron y, del otro lado de las rejas, un hombre de rostro amable me abría la celda y entregándome el pasaporte me decía escuetamente: “escusatti...” Y me llevaron al hotel amablemente.

Por supuesto no pregunté entonces, ni nunca, qué era realmente lo que había sucedido, quién era la llamada Stela, y por qué me habían detenido. Lo que si recuerdo es que la primera etapa de un viaje de diez días por Rumania, quedó indefectiblemente marcada con el hierro de la insensatez y que a partir de entonces mi mujer no me dejó entablar la más mínima conversación con ningún lugareño. Por si las moscas...

El viaje por Rumania tenía que continuar según lo previsto aunque estuvimos barajando la alternativa de largarnos de inmediato, cosa que desestimamos ya que los policías nos habían preguntado por todo el itinerario dentro del país y nos daba cierto temor a las consecuencias. Al pasar los días y después de visitar los Cárpatos, el Delta del Danubio y Brasov, recalamos en las playas del Mar Caspio donde pensábamos pasar unos días de relax. Como no había sucedido ningún contratiempo desde Timisora, parece que mi mujer relajó un poco la guardia y me permitió y se permitió relacionarse algo más con los coetáneos que se relajaban en la playa. Un día  entablamos conversación con unos vecinos de hotel y de sombrilla.Eran unas parejas jóvenes, rumanos,  de aspecto y conversación muy agradable y que hablaban muy bien el francés. Al poco nos comentó uno de ellos que su padre trabajaba para el gobierno como director de un centro en la frontera con la URSS, y que tenía el gusto de invitarnos a una típica comida de confraternización. La invitación era muy sugestiva por el modo y también por la localización, cerca de un país que era uno de los propósitos primitivos de nuestro viaje. Después de sopesar los pros y los contras de la oferta, al fin aceptamos y a la mañana siguiente nos dirigimos, con nuestros amigos rumanos, hacia el norte. Y como cuando las cosas vienen retorcidas desde el principio no terminan de retorcerse hasta el final, el dicho centro en la frontera con Rusia que dirigía el padre de nuestro amigo no era otra cosa que un inmenso Centro Penitenciario, fundamentalmente para disidentes políticos al régimen de Ceucescu. ¡Horror, otra vez en la boca del lobo!. No era cosa, sin embargo, de arredrarse y había que mantener el tipo hispánico con toda la galanura y fortaleza que se pudiese. Recuerdo que en la comida de bienvenida estaban todos los jerifaltes político-militares del penal, enmedallados hasta los dientes, y nosotros, acongojados y espectantes, casi sin poder digerir los sabrosos alimentos de la mesa. En un momento, y a los postres, uno de los enmedallados se puso rígidamente en pié y, dando unos golpecitos en una copa para reclamar la atención de la concurrencia, bramó como un trueno: “Traiasca partidul socialista rumano”. Y todos, menos nosotros que nos quedamos planchados y atónitos en nuestros asientos, al unísono y puestos en pié gritaron: “Traiasca, traiasca, traiasca”. Nos conjuramos en voz baja mi mujer y yo que si acontecía algún que otro brindis, por lo que pudiera pasar, nos levantaríamos como una sola persona y “traiascaríamos” como unos malditos. Y en efecto, a los pocos minutos otro uniformado-enmedallado se levantó estatuario y a voz en grito y alzando una copa exclamó: “Traiasca partidul comunista rumano”. Pegamos un salto y nos levantamos, marciales, para decir: “¡Traiasca, traiasca, traiasca!”, y, ¡tráganos tierra!, solo “traiascaron” en esta ocasión dos o tres contertulios más ya que, por lo que más tarde nos enteramos, en Rumania era imprescindible ser socialista pero no necesariamente comunista. (Disquisiciones metafísicas de los países del Este).

Por lo demás, y fuera del fiasco brindador, todo transcurrió en el penal dentro de los cauces más estrictos de solemnidad y cortesía aunque, por si las moscas, tampoco quisimos realizar ninguna indagación que pudiera haberse considerado fuera de los límites turísticos.

Y es que con la experiencia carcelaria de Timisoara y el corte del brindis aguerrido en el Penal, creo que habíamos tenido más que suficiente para aquel viaje...