En aquella ocasión decidimos hacer un viaje en autobús y en grupo por Grecia y Turquía dado que, por entonces, regía los destinos de Turquía una dictadura militar y no estaba el horno para los bollos de un viaje de aventuras.
La primera en
la frente sucedió en el intento de traslado desde Grecia a Turquía. La
tradicional enemistad entre los dos países hizo que el autobús del grupo, que
tenía que ser embarcado en un transbordador desde el puerto en la frontera
griega hasta Kusadasi en Turquía, fuera durante tres días retenido y puteado
so pretesto de mal tiempo en el estrecho. Era gracioso ver como el mar se
encontraba en calma y los estoicos griegos del sur, muy serios y circunspectos,
comentaban con nuestra guía las dificultades insalvables del cruce del
estrecho. Había que poner cara de “lila” en estado metafísico y asentir
educadamente a los carabineros. Cuando ya consideraron que nos habían
incordiado lo suficiente, y curiosamente una mañana que se había levantado con
aire y el mar encrespado, decidieron, (maravillas del conocimiento marítimo),
que era el día adecuado para permitir el paso. Y es que nunca volverás de un
viaje sin aprender algo nuevo...
La segunda en
la frente acaeció en un hotel de carretera en el trayecto entre Kusadasi y
Ankara donde tuvimos que hacer noche impensada debido a los trastornos en el
itinerario que nuestros amigos los carabineros griegos tuvieron a bien
inflingirnos. El grupo andaba un poco desmadrado y pelín mosqueado, y tomó
aquel hotel como campo propiciatorio de revancha y protesta. Pudo ser debido a
esto, y con la evidente injusticia de pagar con los que eran inocentes, por lo
que algunos de nosotros (incluyendo al que esto dicta) decidimos arramplar con
unas toallas de baño de las habitaciones y meterlas, como al descuido, en las
maletas. Cuando salíamos del hotel el director apareció desaforado en la
puerta reclamando a gritos las susodichas toallas. Evidentemente todos pusimos
cara de llamarnos andana y la guía le despidió con un “hasta la vista”
dicho en el más puro y sobrio acento turco. Íbamos comentando en el autobús
el incidente cuando nos sorprendió el sonido estridente y agudo de unas sirenas
que nos perseguían y que, al poco, nos obligaron a detener el vehículo en la
cuneta. No se trataba de una broma, ni mucho menos: un coche de la policía
militar donde se encontraba, de nuevo, el director del hotel, y una furgoneta
llena de soldados armados hasta los dientes, nos detenían en mitad de la ruta.
Estábamos en un país con régimen de dictadura militar y todos,
indefectiblemente, nos trasladamos con el pensamiento a otras épocas vividas y
sufridas por nosotros. El director, ahora acompañado por un militar con cara de
pocos amigos, volvió a vociferar algo que intuimos se trataba de nuevo de las
toallas, y la guía, de nuevo, con un aplomo y una flema que nunca alabaríamos
suficiente el grupo, se mantuvo inflexible explicando en perfecto inglés y
turco que ella se hacía responsable absoluta del grupo y que se negaba, en
redondo, a que se registrasen las maletas so amenaza de una queja diplomática y
do no volver a traer a ningún grupo español por Turquía. Se hizo un denso
silencio. Yo, personalmente, me temía lo peor, pero, por algo que no llegamos a
explicarnos con exactitud, el director dejó de vociferar, parlamentó unos
minutos con los soldados, y se retiraron dejándonos tranquilos y boquiabiertos.
Los secretos de las dictaduras, o como el turismo y sus beneficios económicos
pueden tener influencias insoslayadas hasta en las mentes más obtusas...
La tercera,
cuarta y sucesivas anécdotas en la frente, sucedieron en Estambul. Estambul es
una ciudad mágica e insospechada, con varios mundos superpuestos, varias
ciudades escondidas detrás de la ciudad monumental e histórica que prevalece
en un universo de turistas asombrados y voraces. Y Turquía es un país que, no
sé por qué extraña razón, se empeña en presumir desde hace tiempo de un
europeismo añejo y bien consolidado cuando, en la más pura y dura realidad
cotidiana, demuestra que está firmemente apegado a las más rancias tradiciones
islámicas y a las más diversas costumbres de la filosofía medio-oriental de
sultanes y serrallos. Y esto tuvimos ocasión de comprobarlo un día en Estambul
donde, a pesar del flujo incesante de turistas de todo el mundo, los hombrecitos
turcos aun no han metabolizado las costumbres que ellos dicen representar y se
lanzan voraces contra cualquier extranjera, independiente casi de su
indumentaria y de su edad, mientras sus mujeres, hijas, cuñadas y demás
componentes femeninas del harén familiar velan armas y esperan al guerrero
ligador dulcemente encerradas en sus casas y tras sus velos. En efecto, propuse
como elemental apuesta que las tres féminas del grupo de tres parejas que
intentábamos pasear por la ciudad se desmarcasen de sus componentes masculinos
y se adelantasen unos metros cual si fueran solas paseando. Lo que acaeció fue
lo predecible: los automóviles al divisarlas en lontananza daban un volantazo
en medio de la calle y, jugándose el tipo, se acercaban al trío paseador para
ofrecerlas no sé qué paraísos inimaginables en los jardines de Alá. Tanto así,
que al cabo de quince minutos (y juro que no exagero al lector), las tres
paseadoras tenían detrás de sí una caravana, bien organizada y disciplinada,
de al menos diez coches que por riguroso turno acosaban a nuestras parejas. ¡Espíritu
combativo!, pienso yo. El mismo, sin duda, con que nos agasajó el dueño-director
de una impresionante joyería en el Mercado Oriental del Bósforo a mi mujer y a
mí. Habíamos entrado a comprar recuerdos y, en un momento que me despisté de
mi mujer, el dueño, hombre de unos cincuenta años y pulcramente vestido y
perfumado, le estaba ofreciendo a la sudodicha una placentera noche de las mil y
una leyendas. Al acercarme y comprobar, mientras mi mujer no podía disimular un
ataque de risa, la situación, intenté darme a conocer como el legítimo de la
dama, a lo que el señor director, sin inmutarse y haciendo gala de una alta
escuela en estos menesteres, se volvió al que esto escribe para, galantemente,
pedirme permiso para invitar a mi mujer a pasar la noche con él. No tuve más
remedio, reprimiendo mi lógica indignación, que explicar a este latin lover
del turquistán que no era oro todo lo que relucía, y que en nuestro país no
era muy frecuente que una mujer casada se fuera con el primer invitador sexual
que apareciese, con o sin el consentimiento de su partener. Y tuve que morderme
la lengua para no hacerle una contraoferta malévola con su escondida esposa y,
que a buen seguro, hubiera puesto al correcto turco en un estado de irritación
supina.
Al día
siguiente me tocó un episodio de lucha dialéctica y casi física con los
aguerridos militares que custodiaban el extraordinario museo del Topkapi.
Llevaba yo por aquel entonces un equipo de filmación algo especial que era una
cámara semiprofesional de cine en formato de 16mm y, aunque ponía bien claro
en la puerta del museo que estaban prohibidas las cámaras de video, como lo que
yo portaba no lo era, me presenté muy serio en la entrada con mi equipo.
Enseguida me dieron el alto y me indicaron, no muy amablemente por cierto, que
debía dejar la cámara de video en consigna. Me negué al tiempo que intentaba
explicarles, con poco éxito, de que no se trataba de ningún video. Imposible.
Cada vez me rodeaban más agentes fuertemente armados y fuertemente mosqueados
con este intrépido turista. Un mandamasillo intentó arrancarme por las malas
el equipo y otro intentaba abrirme la cámara y velarme toda la cinta de 16mm.
La cosa se ponía negra y yo no estaba dispuesto a ceder en lo que creía mis
derechos y mi razón. Menos mal que apareció, ante el escándalo, el capitán
de la tropa y menos mal que era una persona educada y que, además, chapurreaba
el español y el inglés, porque me veía arrojado a una sucia mazmorra inhóspita
y solitaria de los bajos fondos de Estambul. Al final pudimos entendernos e
incluso conseguir, acompañado siempre por un sicario con cara de póker, poder
filmar escenas interesantes del museo. Y ya le dije al capitán que deberían
cambiar el cartel de la puerta por otro donde incluyeran, además de los videos,
las cámaras de cine.
Os contaba al
comienzo que Estambul es una ciudad enigmática y misteriosa por debajo de los
oropeles y las galas de Santa Sofía y del Tockapi, al otro lado del Gran Bazar
y los paseos por el Bósforo: una de las ciudades más hermosas y subyugantes
que jamás he conocido. Pues bien, no podíamos irnos de Estambul sin intentar
experimentar uno de los famosos “baños turcos” de la zona. Pero
evidentemente no se trataba de ir a unos baños de los llamados “para
turistas”, sino de mezclarnos con el pueblo, experimentar sus vivencias y
conocer sus tradiciones más íntimas. Dicho y hecho, después de buscar
información confidencial sobre el tema, las tres parejas más atrevidas (o más
insensatas) del grupo nos dirigimos, entre callejas que olían a orines y a
especias, a vejez y a humedad antigua, a los famosos baños turcos. Lo que allí
aconteció fue un glosario de disparates, de miedos, de risas, de atracos económicos
al turista y de alucinadas anécdotas que, por separado (eran impensables los baños
mixtos en aquella Turquía), vivimos las tres parejas. Solo os contaré que
cuando salimos, al cabo de una hora larga de peripecias, al que esto suscribe
además de haberle sacado más de cien dólares por los servicios prestados o más
bien prometidos, le habían sacado también toda la morenez, afanosamente
conseguida en la playa, como si de pelar un lenguado se tratase.
Y es que, de
vez en vez, no es tan malo ir haciendo de guiris, aunque sea por Turquía...