LOS HONGOS MÁGICOS DE BALI
Cuando
pienso en la isla de Bali, un sentimiento de tristeza me embarga y se acuna en
mi alma viajera...
Hace veinte años recalamos por vez primera en esta
maravillosa isla de Indonesia y fue como una revelación, el encuentro, sin
proponérnoslo, del paraíso perdido y deseado, la confirmación de que, casi en
las antípodas de nuestra tierra, existían mundos de películas y de
sentimientos casi vírgenes. Luego he podido constatar en sucesivas expediciones
a esta isla (que incluso fue elegida para dar nombre a la última de mis hijas),
cómo ha ido siendo manipulada y arrasada por sucesivas hordas religiosas y políticas
de un gobierno central, el de Indonesia, que no podía digerir con facilidad que
este paraíso de convivencia religiosa del budismo más suave y dulcificado
fuera el centro de casi todas las miradas turísticas del mundo.
Era imprescindible, parece ser, acabar con la alegría de sus
gentes, con el suave dulzor de tolerancia y simpatía de este pueblo pacífico;
era necesario, sin duda, romper la filosofía de sus encantadoras costumbres,
aquella tríada que componían la base de su vida y su convivencia: “un país
sin ejército, un pueblo sin cárceles y ninguna casa más alta que una
palmera”.
En
los últimos quince años una legión de funcionarios, policías y comerciantes
musulmanes de Yakarta han invadido, pacíficamente y por decreto, estas tierras
apacibles, donde solo la amistad era más amplia que la sonrisa permanente de
sus gentes, convirtiéndolas en una más de las islas paradisíacas del Mar de
Java. Desaparecieron, por real decreto, las sonrisas permanentes, se prohibieron
los hongos mágicos y las reproducciones fantásticas de colonias y de músicas,
se olvidaron aquellas ropas confeccionadas a mano, medio orientales y medio
hippies, y sobre todo se abolió, ahogadas en la mezcolanza de razas y
religiones, la tolerancia de un pueblo tranquilo que cantaba al sol y a la mañana
y que estaba en perpetua celebración con la naturaleza.
De
aquellos hongos mágicos, que ya no existen, querría yo relatar al lector mis
vivencias. Al poco de llegar al hotel en la playa de Kuta, un día, estando en
la recepción a últimas horas de la noche, nos dimos de bruces con un grupo de
la tercera edad y posible nacionalidad inglesa que llegaba muy alborotado, entre
grandes risas y algaradas. Me sorprendió la edad de los componentes y el simpático
“coloque” de todos los miembros del grupo que ya no contaban los setenta años.
Recordé entonces que antes de salir para Bali un amigo, cámara de TVE y
que había estado unos meses antes en la isla haciendo un reportaje, me comentó
que no dejara de acudir algún día a un restaurante en la playa de Kuta donde
se podían degustar unos hongos alucinógenos con efectos maravillosos. Entonces
no le hice mucho caso, pero al relacionarlo con el grupo de “guiris
jacarandosos”, rápidamente me vino a la memoria el consejo de mi amigo
Javier. Así que, (no era lógico perdernos uno de los atractivos turísticos de
la isla), mi mujer y yo confabulamos a unos cuantos compañeros del Grupo
Politur, y una tarde nos desplazamos el centro comercial y bullanguero de Kuta
con el fin de darnos un merecido homenaje de hongos.
Acordamos, por mayoría, que yo, como médico, me mantendría al margen
de probar los hongos alucinógenos como medida precautoria y de seguridad, ya
que no conocíamos sus posibles efectos. Así se hizo. Desde la playa, a la hora
de comer, un grupo de ocho personas nos adentramos por el maremagnum de tiendas,
restaurantes y bares exóticos del pueblo de Kuta. No sabíamos dónde estaba el
restaurante ya que nadie nos había proporcionado una seña concreta, pero,
nunca mejor dicho, le seguimos el rastro y lo localizamos siguiendo el murmullo
de las risas y las carcajadas que salían de uno de los restaurantes de la zona
de nombre característico: MUSRONG.
El lugar era realmente encantador: una terraza al aire libre
en donde se repartían las mesas entre acacias, redodendros y buganvillias gigantes.
Todo tenía un aire mágico y exótico: desde el hombrecillo
verde que hacía de camarero, un enanito cabezón con pinta de gnomo y una
sonrisa perpetua, hasta la música que envolvía la terraza con aires de ragas
hindues. La carta era bien escueta y clara: sopa de hongos de primero, y
tortilla o pizza de hongos de plato fuerte. El grupo, al unísono, se decidió
por no perderse ninguno de los manjares y pidió de todo. Solo el que suscribe
se mantuvo, según lo acordado, al margen de tan sugestivos manjares, y se pidió
uno huevos fritos sin hongos pero que parecían sacados de debajo de la tierra
porque, puedo jurar, que las yemas también eran verdes como el camarero.
Las
reacciones al banquete sucedieron por correlativo orden de edad y peso, como en
los mejores tratados de fisiología y farmacología. La primera en “caer”
fue Rita, una jovencita de risa fácil y veinte añitos, nada baqueteada en los
avatares de los estimulantes. Estaba con la pizza de hongos mágicos cuando
exclamó risueña: “Esto es una tontería, yo no siento nada... bueno, quizá,
me está picando un poco la cabeza...”, y mientras esto decía comenzó a
rascarse la dicha cabeza pero a cincuenta centímetros por encima del real cuero
cabelludo. La cosa funcionaba. Estaba claro que a Rita, sin enterarse, se le había
prolongado la cabeza en todas las direcciones, y las sensaciones se
entrecruzaban por efecto de los hongos alucinógenos. El resto de los comensales
fueron sintiendo, progresivamente y casi por orden, el efecto de los hongos mágicos.
La última fue mi mujer que no podía ocultar cierto mosqueo mientras nos dirigíamos
de vuelta a la playa de Kuta después del banquete.
Iban todos riendo y yo observando que ninguno del grupo se
desmadrara más de la cuenta, incluida mi mujer, bastante enojada porque, por más
que deseaba, no sentía ninguna extraña sensación. Cuando llegamos a la playa
unas balinesas la ofrecieron uno de los característicos masajes con aceite de
palma y de coco debajo de una palmera. Aceptó, y ahí se produjo la eclosión.
Por lo visto, cuando la masajista le pidió que se diera la vuelta, en una
primera intentona no lo consiguió, y luego toda la playa, las palmeras y el
cielo, como en una pirueta mágica en el espacio, se dieron la vuelta con ella.
Estaba encantada. A partir de ahí los efectos aparecieron uno
tras otro y, cuando terminó el masaje, vio nítidamente cómo Jesucristo salía
del agua, cómo una flota vikinga surcaba los mares próximos a la playa y cómo
los aviones, en vez de aterrizar, eran tragados por las olas. (En el fondo todo
tenía una fácil explicación: el llamado Jesucristo en realidad era un guiri
rubio y macizo, sin ninguna ropa, que salía de la playa; la flota vikinga no
era más que unos barcos de pesca balineses cuyas embarcaciones rústicas en
algo se parecían a las del norte de Europa; y los aviones engullidos por las
aguas, solamente la distorsión
alucinada de los aviones aterrizando en el aeropuerto de la isla, próximo a la
playa, en una pista ganada al mar...)
La
vuelta al hotel fue una cabalgata de risas y alegrías. Solo dos amigos
sevillanos del grupo se desmadraron discretamente, y no por el efecto real de
los hongos, que no era malo, sino por una angustia de tipo sicológico que se
apoderó de ellos. Recuerdo que me seguían a todas partes, ya en el hotel, y me
acosaban diciéndome: “médico, esto me lo tienes que quitar como sea...” y,
“esto”, realmente, era una situación muy agradable y nada molesta que, vaya
usted a saber por qué, a los amigos sevillanos les acongojaba. Como veía que
estaban dispuestos a perseguirme hasta el catre, al final decidí buscar en mi
maleta y endilgarles a cada uno un Citrovit efervescente asegurándoles que era
el remedio ideal para sus problemas. E hizo efecto: nada hay
como el poder taumatúrgico de los fármacos y de la medicina, sobre todo si uno
se encuentra en la isla de Bali.
Pero
aquellos tiempos de los hongos y las sonrisas nunca volvieron. Aquellos tiempos
donde todo transcurría como un mágico mundo de ilusiones placenteras se fueron
con los vientos de la renovación, de la política y quizá, ¡cómo no!, con el
auge turístico de la isla. Ahora
sería impensable que anécdotas como las que nos sucedieron la primera vez que
visitamos Bali se repitieran. Pero el recuerdo de aquel carácter, de aquella
forma increíble de la vida y de entender los sentimientos, no podré
olvidarlos.
Un día decidimos tomar un autobús para dar una vueltecita
por la capital Dempasar. En el primero que pasó cerca del hotel nos montamos,
luego de haber preguntado al conductor, más por señas que otra cosa, si se
dirigía a la capital. El autobús iba lleno de balineses, sobre todo señoras
con sus cestos de la compra y sus bellísimas ofrendas que son una de las
actividades más frecuentes y lúdicas de la isla. Al poco tiempo nos dio la
impresión de que el autobús no se dirigía a Dempasar sino que, más bien, iba
en dirección contraria. Me levanté y volví preguntar al conductor. Con la
sonrisa permanente, y parando en medio de la carretera el vehículo, me contestó
que evidentemente venía de Dempasar y se dirigía a Kintamani. ¡Qué
contrariedad y qué equivocación!. El conductor percibió mi enfado y, después
de pensárselo unos segundos, me dijo: “no problem, sir”.
Aparcó el coche en la cuneta e hizo bajar, amablemente, a todos los
ocupantes balineses del mismo dejándonos solos a mi mujer y a mí en el autobús.
El conductor parloteó unos instantes con los que se bajaron, y, (debéis
creerlo porque es absolutamente cierto), volvió al autobús, dio media vuelta y
nos llevó a nosotros dos solitos y coleando, como dos reyes, hasta la capital.
Y puedo asegurar que los de la cuneta se quedaron sonriendo, sin un ápice de
enfado, y saludándonos cariñosamente a nosotros dos que, cortados como monos y
no entendiendo tan cortes comportamiento, nos sentíamos totalmente agasajados.
Y es más, cuando llegamos, ni siquiera aceptó el conductor cobrarnos el
trayecto...
¡Cosas
del carácter balines!. Cosas que se han ido difuminando en el trajinar económico
de la isla.
Aun recuerdo aquel día en que intentando realizar una excursión por la isla contratamos a un taxista para el día siguiente a primeras horas de la mañana. A la hora en punto allí estaba nuestro amigo, paciente y sonriente, delante del hotel. Pero ya sabéis como somos los españoles. Si la cita era para las ocho de la mañana, a las nueve y media aún esperábamos que alguno de los de la excursión desayunase, plácida y lentamente, en el restaurante. De vez en cuando me acercaba hasta la puerta y, por gestos, le decía a nuestro taxista que esperase un momento. Ningún problema, una amplia sonrisa y toda la paciencia del mundo entre sus manos. Mientras tanto, un amigo del grupo apareció por el restaurante comunicándonos que otro taxista, que estaba también en la puerta del hotel, nos llevaba a la misma excursión por mucho menos dinero. ¿Qué hacer? Yo no estaba a favor dar calabazas al taxista del día anterior que llevaba ya de plantón cerca de dos horas, pero el personal argumentaba que la pela era la pela y que no estaban dispuestos a dar una rupia más solo porque estuviera contratado de antemano. En última instancia se aplicaba la ley de la oferta y la demanda al más puro estilo occidental. Tuve que ceder. Con cierta resistencia y prevención me dirigí hacia el taxista pensando que en cuanto le comunicara el cambio de planes, lógicamente, pondría el grito en el cielo. Pero, quiá, ni se inmutó. Una sonrisa llana dibujó su cara y un “no problem” característico y típico salió entre sus dientes blancos. ¡Ave María Purísima qué corte..!
Y es que solo en aquel Bali de aquellos años, en aquella isla
mágica y apacible de apacibles hongos mágicos, en aquel paraíso perdido de
gentes sanas, pacientes y simpáticas, en aquel pueblo sin ejército, ni cárceles
y con casas más bajas que las palmeras, solo allí, entonces, era posible
acercarse a una vida idílica sin traumas convivenciales donde todo, sobre todo
el placer natural, era posible...