-
Mañana
probablemente iremos a la Romana.
-
Pues
me parece muy bien, mi amigo.
-
Pues
no lo entiendo...
-
¿Qué
es lo que “tu” no entiendes, mi hermano?
Habíamos
pedido un taxi público desde el Sheraton Sto. Domingo para hacer una excursión
de un día completo a las playas de Bocachica y Juan Dolio, las más cercanas a
la capital. Sabíamos que estas carreras las cobraban los taxistas al doble e
incluso al triple de lo habitual cuando se trataba de llevar a turistas.
Mientras el “carro” enfilaba la autopista del sur (bonito eufemismo
dominicano) intentaba entablar una conversación con el “secretario”
(taxista) tirándole un poco de la lengua para ir enterándome de la
idiosincracia de los isleños.
-
Perdone,
mi amigo, ¿pero este carro es suyo?
-
Sí,
cómo no.
-
Pues
sigo sin entenderlo.
-
Pues
usted me pregunte...
-
No,
es que yo esperaba que usted dijera que a qué hora venía a buscarnos para
llevarnos...
-
Bueno,
si yo estoy les llevaré con mucho gusto, y si no estoy, otro compañero les
llevará, también con mucho gusto... Es que mañana habría que jugar unas
manitas a cartas con los compadres y hacer una gallera, allá en La Altagracia.
Y el “roncito”...
-
Pero
hombre, si usted trabajara más tendría más dinero, sería más rico y viviría
mucho mejor...
El secretario
cambió por un momento su sonrisa perpetua, apartó temerosamente la vista de la
carretera, y esbozó una mueca irónica y sabia.
-
¡Ah,
no señor! De momento tendría más dinero, pero no sería más rico ni viviría
mejor, mi hermano. No señor, mi amigo. Como tendría más dinero me compraría
una casa más grande, pediría un préstamo al banco y mi mujer se compraría
muchos vestidos... Pero no, mi hermano, no sería más rico, sino que debería más
dinero al banco. Y no viviría mejor, porque no podría jugar a cartas con los
compadres ni tomarme el roncito con los amigos antes de la gallera... Ah, no señor,
no señor.
En un pis-pas
el taxista dominicano había demolido de un plumazo toda la filosofía
consumista y de la economía de mercado. “Chapeau”. El mundo del Caribe
hecho pragmatismo filosófico y vivencial mientras caminábamos hacia la playa
de Bocachica. Era uno de los primeros contactos con esta tierra y me había
dejado boquiabierto. Luego comprendería que
no se trataba, ni mucho menos, de una excepción, sino de todo un mundo de
sentimientos vivenciales y reales que se podían aplicar, casi universalmente,
al pueblo dominicano.
La República
Dominicana es un trozo de isla, compartida con Haití, que navega plácidamente
por el mar Caribe. Puedo decir, no sin tristeza, que es uno de los pocos países
que no he visto prosperar, al menos a sus gentes de diario, al pueblo llano y
cotidiano, en las sucesivas visitas a esta tierra. Muy al contrario,
progresivamente he visto como, a pesar de ir mejorando las infraestructuras
hosteleras y turísticas de la isla, los comercios, los pequeños negocios, las
escuetas tierras del “cibao” y de la caña, se han quedado congeladas en una
tristeza económica y de progreso de hace veinte años. Pero eso sí, tienen su
placidez y sobre todo su merengue. Vaya lo uno por lo otro, probablemente.
Su especial
idiosincracia y su manera de
entender la vida la trasladan a todos los marcos económicos, sociales y
laborales de la actividad cotidiana.
Cuando
llegamos por tercera vez a esta tierra con un grupo de amigos a los que habíamos
convencido para pasar una vacaciones relajadas, y a pesar de que mi mujer y yo
nos habíamos afanado en explicarles las peculiaridades de los dominicanos, nos
sucedieron algunas anécdotas que son el reflejo del choque, nunca violento pero
sí exasperado, de dos mundos.
Recuerdo
a mi amigo Augusto, director de una agencia de publicidad en Madrid y claro
exponente del “yupismo” combativo, desesperarse literalmente con los
empleados del hotel. Intentaba llamar a España por conferencia
y cada vez que levantaba el teléfono desde su habitación aparecía al
otro lado de la línea un sonsonete musical y caribeño que le decía: BUENOS DÍAS,
USTED ME MANDA, SIEMPRE A SU SERVICIO: LAS PEQUEÑAS COSAS CONSIGUEN GRANDES
COSAS... Augusto, mordiéndose la lengua, le indicaba al parlanchín telefonista
que solo quería llamar a Madrid, y el de la línea le contestaba flemático:
USTED ME MANDA, SIEMPRE A SU SERVICIO. DÉJEME, SEÑOR, QUE VAMOS A CHEQUEAR SU
LLAMADA... A la tercera o cuarta intentona sin éxito (evidentemente estaban
chequeando la llamada) y cuando al descolgar el teléfono Augusto escuchó la
cantinela de siempre perdió los nervios y, con todo el mal genio acumulado
durante treinta minutos de espera, le espetó al telefonista: ¡DÉJESE DE
MARICONADAS Y PÓNGAME CON MADRID!. Mano de santo. La llamada debió
autochequearse inmediatamente y en unos segundos tenía comunicación con
Madrid. Y es que no hay nada como un bocinazo a tiempo para que las “pequeñas
cosas” se conviertan en “grandes cosas” de verdad.
Las pequeñas
cosas y el folclorismo dominicano que hace perder papeles y composturas hasta a
los camareros y maitres más remilgados de un hotel de lujo. Como cuando una
noche, cenando en el elegantísimo restaurante del Sheraton Sto. Domingo un
grupo de amigos, comenzamos a contar chistes. Al principio fue un camarero de
los que nos atendía el que se quedó escuchando los chistes y riéndose
estruendosamente con ellos. Al poco, casi sin enterarnos, estábamos rodeados
por cuatro camareros y dos maitres que se destornillaban literalmente de risa.
El resto de las mesas habían quedado desatendidas y pasaban olímpicamente de
todo lo que no fuera reírse con los chistes que, es justo reconocer, el amigo
Pepe bordaba. Llegó un momento en que llegamos a pensar que se iban a sentar
con nosotros y que al final no tendríamos más remedio que servirnos nosotros
mismos el resto de la cena. Era tan escandalosa su actitud que tuvo que
intervenir de nuevo Augusto, con su voz firme y autoritaria, para poner las
cosas en su sitio. Si por ellos hubiese sido, a buen seguro, se hubieran sentado
con nosotros para participar en el jolgorio. Y es que digo yo: ¿por qué el
mundo está tan mal organizado y tiene que haber gente que sirva y gente que es
servida y encima se divierte? (Filosofía caribeña).
De las
experiencias más duras y desagradables que he vivido en la República
Dominicana ha sido la asistencia a una pelea de gallos. Nos habían invitado
insistentemente gente de la tierra, y un día nos acercamos a la gallera La
Altagracia, quizá la más importante del país, en los alrededores de la
capital. Una gallera, para los que no lo conozcan, es como un estadio de fútbol
en miniatura, o quizá más acertadamente, como una plaza de toros en pequeñito.
Estaba abarrotada y el olor y el sudor del gentío se te metía por los poros.
Olía a ron y se palpaba una violencia desacostumbrada en el ambiente. El espectáculo,
el espectáculo desagradable y nauseabundo, no estaba en el coso sino en los
tendidos, al menos para mí. El otro tiempo flemático y pasota dominicano de
pronto se había convertido en un pasional y violento sujeto que daba gritos
salvajes entre apuestas y apuestas. Abajo, en el foso, los gallos de pelea
erizaban sus crestas y arremetían con sus espolones de acero al contrincante
hasta dejarlo exagüe o conseguir la retirada vergonzante y vergonzosa de uno de
ellos. “¡Es un manilo!”, escupió el propietario de un gallo cobarde que
había perdido su combate en retirada. “¡Manilo, manilo!”, rugieron al unísono
los violentos espectadores mientras el propietario despanzurraba al gallo, con
rabia inaudita, contra la pared. No pude resistir más y salí corriendo de la
gallera como alma que lleva el diablo. Necesitaba una piña colada y mucho
merengue para compensar el espectáculo desagradable. Nada, por supuesto, que no
tuviera a mi entera disposición al doblar la esquina en las dosis que deseara.
Milongas y merengues, algunas, pocas, algo desagradables...
Por el norte se
extiende, junto a la ciudad de Puerto Plata, una de las zonas turísticas más
emblemáticas de la República Dominicana. Aunque la climatología es más
irregular y las lluvias pueden aparecer con más asiduidad que por el sur o el
sureste de la isla, por un lado sus estupendas playas y por otro la vegetación
más agreste y tropical por las lluvias, hacen de estos parajes lugares
especialmente visitados por los turistas. Y fue en el norte, en el hotel Villas
Doradas en la mismísima y exuberante Playa Dorada, donde aconteció una de las
anécdotas paradigmáticas de esta tierra y filosofía caribeña.
Nos
habíamos alojado en una casita preciosa, muy cerca de la piscina del hotel y a
dos pasos de la playa a la que se llegaba atravesando unos exóticos manglares.
Al poco de instalarnos nos apercibimos que la habitación, espaciosa y reciente,
no tenía mando de aire acondicionado aunque sí las oportunas rejillas de
salida que funcionaban correctamente. Dado que no solemos dormir con el aire
puesto toda la noche, por lo insano y peligroso que resulta, pasamos unos
minutos buscando dichos mandos hasta que llegamos a la conclusión de que no
existían. Es más, nos dimos cuenta que
la dicha habitación espaciosa en realidad era la mitad de otra habitación que
en sus orígenes había sido el doble de grande y que, sin duda por necesidades
económicas, habían decidido acortar. Evidentemente al estilo dominicano, o
sea, tirando un tabique a la mitad y dejando parte de los servicios separados.
Ipso facto acudimos a la dirección y expusimos nuestro problema. “No problem,
siempre a su servicio, caballero.” El director nos proponía que puesto que
los ocupantes de la otra mitad de la villa eran también españoles por las
noches les diésemos unos golpecitos en la pared divisoria para que apagaran el
aire. ¡Alucinante!. Intentamos explicarle que nosotros no teníamos por qué
avisar a nadie de ninguna manera por muy compatriota que fuese y que, en
cualquier caso, queríamos poder poner y quitar el aire cuando nos diese la real
gana. “Por supuesto, caballeros, en este caso ningún problema”, volvió a
sonreir el conspicuo director. “En un tiempecito mandaré a alguien para
arreglarlo.” Nos retiramos perplejos meditando qué arreglo esotérico
prepararía nuestro amigo. Al poco dos propios con inmaculados monos blancos (os
tendría que contar el amor de estos países caribeños por los uniformes...)
llamaron a nuestra puerta. Venían a remediar el entuerto. Y ni cortos ni
perezosos, con toda la parsimonia de la zona, se pusieron a tapar las rejillas
del aire con papeles de periódicos bien rematados con cinta aislante. Estábamos
perplejos. La sabia decisión del director consistía en eliminar el aire
acondicionado poniendo papeles en las salidas y dejar a nuestra libérrima
voluntad quitar o poner dichos papeles. ¡El colmo!. La segunda visita al
director fue más seria, pero el sudodicho, además de extrañarse de que no
hubiera sido de nuestro agrado su ingeniosa solución, no se achicó ni por un
momento y nos propuso cambiarnos a otra habitación sin dicho problema. (¿No
podía haber empezado por ahí el mameluco...?)
A los pocos días
del traslado teníamos una cena de compromiso con un antiguo compañero
anestesista que, harto de los problemas con su exmujer, se había trasladado a
Santiago de los Caballeros y había montado un restaurante en la ciudad. Por
aquella época los apagones eran frecuentes, y decían las malas lenguas que se
trataban de sabotajes contra el extinto Balaguer, aunque más probablemente
fueran caídas de tensión por una deficiente red eléctrica y un aumento de
demanda por las exigencias hoteleras de la zona. Estaba a punto mi mujer de
comenzar con su toilette habitual para el acontecimiento cuando de pronto
desapareció la luz y con ella el agua. ¡Maldición, en qué momento!. Todo se
había quedado a oscuras menos la piscina que estaba bellamente iluminada.
Llamamos por teléfono y nos contestaron que estaban chequeando la avería. Al
cabo de media hora la cosa seguía igual y el tiempo se nos echaba encima. Volví
a llamar a recepción y les amenacé con que, o venía la luz y el agua, o nos
bajábamos directamente a la piscina a emperifollarnos en el agua de la ducha.
“¡No, eso no, por favor, caballero!”, gritó, más que otra cosa, el
recepcionista, y como medida disuasoria, apagó las luces de la piscina. A la
hora estábamos ya preocupados pues temíamos que tendríamos que acudir al
convite con el salitre pegado al cuerpo. Nueva llamada y ahora explicación
prolija de la situación y del acontecimiento. Y respuesta dominicana: “los señores
no se preocupen que ahorita mismo les mandamos para solucionar el problema”.
Expectación e intriga ante lo que pudiera ocurrírsele al buen dominicano. En
efecto, a los pocos minutos aparecieron en la habitación dos graciosas y
juveniles féminas aprietadas portando cada una de ellas una jofaina preciosa de
porcelana antigua con el firme propósito de lavarnos allí mismo al más puro
estilo “señorita Escarlata”. Nos quedamos de piedra pero, a pesar de que la
situación era jocosa y folclórica, no nos atrevimos a hacer uso de tan
primitivo y bello sistema lavatorio. Y no por falta de ganas. Menos mal que al
poco se reestableció el suministro y pudimos asearnos comme il faut. Lo que
resultó bien claro para nosotros es que cortarse, lo que se dice cortarse, los
buenos dominicanos ni un pelo...
Otra cosa es lo
de trabajar. Aquí el tema se pone muchísimo más duro y muchísimo más
peripatético. Fuera del merengue, el ron y el parloteo, la vida del dominicano
medio no tiene ninguna importancia. El merengue como rey y señor de todas las
actividades de la isla: el merengue en el campo, en el trabajo, en el comercio,
en las potentísimas motos de la policía, en las manifestaciones, en los
restaurantes y en las iglesias. El merengue como eje y como vida. El merengue
sensual y sabrosón que hace mover los cuerpos y las caderas como solo pueden
moverlos los caribeños. El merengue que te acompaña y que te agobia, que te
alivia y que te cuece a lo largo y a lo ancho de toda la República Dominicana.
Y últimamente la bachata y el merengue en una mixtura imprescindible que se
extiende por todos los bohíos y las “efe emes” de la tierra: el “bacharengue”.
“Mira, mi
hermano, mi amol, vámonos para el cibao, así, despacito, bacharangueando...”
Lo dicho: milongas y merengues.