NAVEGANDO A CIEGAS POR EL ÍNDICO
Desde el cielo parecía una cagadita de mosca en medio del inmenso océano. Resultaba casi mágico que un 737-400 pudiera aterrizar en ese minúsculo trozo de tierra rebosante de vegetación que flotaba en el mar.
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Igual
aterriza en el agua, comentó Sigi con su peculiar gracejo medio alemán y medio
andaluz.
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No
digas tonterías, Sigi, le espetó Rafa mirando, como casi siempre, al lado
contrario al que se dirigía.
Rafa y Sigi eran nuestros vecinos en Madrid y realmente una pareja algo sui géneris. A Rafa le llamábamos el “extraterrestre” porque, cuando le sacabas de su mundo muy particular y exclusivo relacionado con los negocios de cibernéutica y robótica, era como un ser ingenuo y angelical, raspando en lo infantil. Sigi, por su parte, a la que llamábamos la alemana en atención a su origen, era una mujer dulce y encantadora que había dejado un conjunto de baile moderno para casarse en Inglaterra con Rafa.
Habíamos decidido tomarnos un respiro invernal en las Seychelles y era nuestro primer viaje compartido. Rafa y mi mujer en cuanto a despistes hacían juego. Nada más llegar a la terminal de Barajas en un taxi, se dejaron olvidadas un par de maletas en el mismo asfalto, y solo cuando fuimos a ponerlas en la cinta transportadora durante la facturación, nos dimos cuenta que dos de las cuatro maletas no estaban. Menos mal que en aquella ocasión los hados de la suerte nos acompañaron y cuando fuimos a buscarlas, luego de unos quince minutos, allí seguían muertas de risa e intocadas. Luego se sucederían los despistes al “a limón” habitualmente con la suerte de cara, es justo reconocerlo, como si de un concurso de disparates se tratara.
Un día se nos ocurrió alquilar un coche para dar una vueltecita por la isla y, dado que Rafa había vivido largo tiempo en Inglaterra y que allí también se conducía por la izquierda, delegamos en él las gestiones. Al poco nos avisó que ya estaba todo arreglado y que podíamos salir cuando quisiéramos. ¿Cómo nos podíamos fiar de Rafa? En efecto, cuando llevábamos ya una media hora circulando por las sinuosas carreteras de la isla, Rafa, con esa expresión entre ingenua y alucinada que tanta exasperaba a Sigi, nos comentó que no llevaba carnet de conducir, que creía que el coche, -un boogy muy tropical- , no tenía frenos, y que no sabía poner la marcha atrás o que quizá estuviera también rota. Nos quedamos estupefactos y sin saber si reírnos o degollar simplemente a nuestro amigo. Y como las desgracias nunca vienen solas, al poco comenzó a llover como solo llueve en las tierras tropicales. Parecía que alguien desde el cielo estuviera descargando grandes baldes de agua sobre nosotros. Íbamos calados como verdaderas esponjas y Sigi empezó a gritar a Rafa que parara y que pusiera la capota, a lo que Rafa, con esa sonrisa desesperante, le contestó que no podía parar y que además no creía que el coche tuviera capota. En esas andábamos cuando de pronto, como por ensalmo, apareció en la carretera una visión alucinante. Se trataba de un aborigen literalmente disfrazado como Michael Jakcson en su videoclip Triller que nos saludaba efusivo y jocoso con una sonrisa de oreja a oreja. Nos quedamos atónitos y pensamos que podría tratarse de algún desfile de carnaval, pero ni era época de carnaval ni había desfile alguno. La aparición desapareció tranquilamente por la espesura de la selva y nosotros continuamos caminando sin frenos y expectantes mojándonos a borbotones. Fuera por esto o porque con el susto el pensamiento deductivo-inductivo de Rafa se puso a funcionar, nuestro amigo decidió que había llegado la hora de intentar frenar aquel bólido imparable aprovechando un restaurante que se divisaba en una colina. Gracias al repecho y a la colaboración de los tres acompañantes, por fin pudimos aparcar, dar marcha atrás (por supuesto a mano), y secarnos tomando un ágape en un lugar cerrado. La vuelta fue más de lo mismo, pero al menos aprendimos de los indígenas que era posible resguardarse del aguacero protegidos, -cual si de una capota vegetal se tratara- , debajo de dos inmensas hojas de un árbol gigantesco y que configuraban con el boogy un extraño y curiosísimo vehículo camuflado y todo-terreno.
Solo a nosotros se nos podía ocurrir pasar olímpicamente de las recomendaciones del hotel y alquilarnos por nuestra cuenta (y riesgo) una lancha rápida para navegar a la vecina isla de Praslin. Efectivamente, contactamos con dos piratas de origen tailandés que se nos brindaron para transportarnos, en una excursión inolvidable, a la isla de los “cocos de mar”. Y desde luego fue inolvidable. La ida fue apacible, aunque nos sorprendió unas cruces instaladas en medio del mar que señalaban accidentes y zozobras de otros barcos y que nos pareció pintoresco y algo macabro, así como la facilidad con que me invitaban a conducir la potente lancha rápida y como se divertían, jocosos, con los saltos de la barca en un mar que aun era apacible. Pero lo realmente emocionante y, diría yo angustioso, fue la vuelta. En Praslin nos habíamos entretenido, quizá más de la cuenta, en el Botánico admirando esa semilla gigantesca y única en el mundo en forma de vulva femenina que caracteriza la isla, habíamos degustado tranquila y lentamente la comida del archipiélago (una mezcla de condimentos y manjares africanos y orientales agradablemente sazonados), y tranquilamente habíamos dado una vuelta relajada por la isla en la confianza de que nuestros conductores nos esperarían con la paciencia habitual de los isleños. Y claro que nos estaban esperando, claro, pero con una media lagartijera, tajada, moñiga o como los lectores deseen llamar a los efectos de dos botellones de dos litros de una especie de vino blanco australiano, entre afrutado y espumoso, que, imagino de puro aburrimiento, habían ido a parar a sus estómagos y a sus cerebros. Nos quedamos de piedra, pero no era cosa de arredrarnos y, confiando en la pericia de los dos piratas “thais” decidimos, a pesar de los pesares, regresar al hotel en la isla de Mahé.
Durante la primera media hora de travesía la cosa funcionó más o menos adecuadamente, pero, no sé si por el efecto del movimiento de la barca o porque los vapores etílicos comenzaron a concentrarse en cantidades adecuadas, a partir de ese momento los dos piratas iniciaron un repertorio clásico y habitual de risas, parloteos vocingleros y total pasotismo. La cosa se ponía cruda. Los cuatro nos mirábamos con ojos de angustia y desasosiego. Ante el cariz que tomaban los acontecimientos, y previo parlamento con los compañeros de infortunio, no tuve más remedio que tomar los mandos de la lancha y encomendarme a la “santa maimona” (una santa muy milagrera de mi tierra africana) para que me iluminara y nos condujese sanos y salvos, a los cuatro angustiados y a los dos beodos, de vuelta al hotel. A todo esto el mar, como ocurre habitualmente en esas latitudes al caer la tarde, había comenzado a rizarse y la lancha, no muy pericialmente comandada por el que esto escribe, daba tales saltos con las olas que no quedó otro remedio que sujetar a Sigi y a mi mujer en el fondo de la barca para que en uno de los golpes de mar no salieran disparadas por la borda y tuviéramos que poner alguna cruz más adornando los mares del Índico. Los borrachos se lo estaban pasando de miedo, y Rafa y yo también, aunque evidentemente era un miedo bien diferente. Rafa, en el puesto de contramaestre de vez en vez me preguntaba: “¿ya se ve tierra?”, y yo, simplemente muerto de miedo, le contestaba de vez en vez: “me parece que a lo lejos veo luces, Rafa”. Era de noche cerrada y yo no veía luces por ningún lado. El miedo iba in crescendo y las posibilidades de llegar sanos y salvos al hotel in descenso, mientras la lancha daba saltos y piruetas cada vez de mayor tamaño. Pero, -Dios sea loado y alabado- ,en un momento y detrás, -o debajo- , de la cresta de una ola que se estampanó contra la barriga de la barca, de pronto divisamos en lontananza unas luces que nos hacían guiños prometedores. Giré el timón de la lancha y puse proa hacia aquellas luces, que aunque no os lo podáis creer (seguro que la santa maimona intercedió por nosotros) no eran otras que las luces de nuestro hotel.
Cuando llegamos a la playa, en la bahía de Beau Vallon, saltamos a la arena y, abandonando a la suerte y a su tajada a los dos piratas tailandeses, besamos las nocturnas y húmedas arenas al más puro estilo pontificio. ¡Lo que hace el miedo!
Y es que la vocación de turista, como dijo algún día el filósofo, es altamente peligrosa...