PERSEGUIDOS EN
LUSITANIA
Sabíamos que conducir por Portugal era en sí mismo una aventura particular, pero nunca hubiéramos imaginado que tendríamos que pasar unos días huyendo literalmente de accidentes de circulación y perseguidos por un grupo de energúmenos exaltados inmersos en automóviles deportivos y bien pintarrajeados que, evidentemente sin proponérselo, nos pisaban los talones.
La entrada al país
vecino por el Alentejo fue gloriosa. Al poco de cruzar la frontera nos topamos
con una carrera ciclista, imagino que de aficionados, que marchaban con poca
escolta. No sé por qué tuve el presentimiento de que algo iba a pasar con los
ciclistas. Nos desviamos por una de esas carreteras que salen de la principal
para ir a visitar una playa, una de esas carreteras, frecuentes en todo
Portugal, a las que se accede y de las que se sale con un cambio de rasante sin
visibilidad, y cuando volvimos a la carretera principal nos sorprendió un ruido
de sirenas de ambulancias. El espectáculo era bastante desagradable: un par de
turismos habían barrido literalmente a los ciclistas, varios de los cuales se
encontraban aún sangrando por los suelos y un sin número de bicicletas
retorcidas en los bordes de la calzada. Estaban llegando nuevas ambulancias y
daba la impresión de que se habían producido varios muertos y abundantes
heridos. En cualquier caso no era extraordinario, desgraciadamente, el
acontecimiento. Nuestros vecinos se han hecho tristemente famosos en el mundo
entero por su demencial forma de conducir. Da la impresión de que los lusitanos
han tomado sus, no especialmente extraordinarias vías de comunicación
terrestre, como circuitos particulares de raillies deportivos donde cada cual
hace lo que le viene en gana en materia de normas de circulación: desde salir
sin mirar desde un cambio de rasante hacia una carretera principal, hasta
adelantar (a veces pienso que con los ojos cerrados) aunque de frente circule
otro vehículo. La siniestrabilidad es tan alta, a pesar de la indudable pericia
de sus conductores forjada en mil hazañas, en que hubo un tiempo que las
aseguradoras españolas te ponían limitaciones cuando sacabas la carta verde
para viajar por Portugal.
Después del
incidente ciclista, y con el estómago encogido, nos dispusimos a realizar un
periplo de sur a norte por nuestro vecino país. Hay un sentimiento que se
percibe habitualmente en Portugal en relación con España y los españoles. Es
una mezcla, difícil de definir a menudo, de amor y odio, admiración y rechazo,
sumisión y altanería. En muchas ocasiones da la impresión de que se estuviese
rememorando la historia remota de ambos pueblos y de que, aún hoy, la batalla
de Aljubarrota y las Cortes Manuelinas estuvieran especialmente presentes en la
memoria de muchos portugueses. Y si además de español tus signos externos
aparentemente son confortables, quiero decir, si portas
un lujoso automóvil y te alojas en hoteles de lujo, esta sensación se
convierte en una especie de respuesta anticolonial que, desde luego, en lo que a
nosotros respecta, estaba fuera de lugar y bastante trasnochada. Es curioso pero
esta respuesta no se realiza, evidentemente, respecto a otros turistas en
Portugal, especialmente con los alemanes que de alguna forma sí que han
colonizado, de verdad y sin embajes, fundamentalmente el sur de Portugal. Esta
sensación real y machacona te hace sentirte a veces a la defensiva y te resta
espontaneidad en el comportamiento obligándote a elegir palabras y hechos,
incluso trasformándote tu peculiar manera de relacionarte con el entorno y con
las gentes de la tierra.
Desde el
Alentejo subimos hasta la costa de Lisboa donde la herencia española de la época
de D. Juan en el Hotel Palacio de Estoril con el glamour algo demodé de las
monarquías no reinantes de Europa, como en su momento la española y la de
Saboya, hacían menos evidente la sensación anti-española o, mejor dicho, la
sensación anti-colonialista de España. Pernoctamos en “la cajita de
almendras” que es como se conoce en la zona al Hotel Albatroz de Cascais con
sus habitaciones colgadas del mar Atlántico y protegidas por el famoso Faro de
la Guía que mandó construir (como casi todo en la zona) el simpar D. Manuel I.
Antes de salir para Sintra, la ciudad más bonita de Portugal como es de público
consenso, tuvimos nuestro primer encuentro con el famoso raillie de Portugal,
circo puntuable para el campeonato mundial de raillies y considerado por propios
y extraños de los más peligrosos, por sus incidencias en sustos y tragedias
varias, del mundo. Y bien pudimos comprobar en nuestras carnes la certeza de
este aserto.
Llevábamos en
aquella ocasión, en nuestro periplo por Portugal, un Porsche 924 que era el
coche personal en aquel tiempo del que esto suscribe. Al pasar desde Cascais
hasta Sintra estaban realizando una prueba del raillie en circuito de tierra
cuando uno de los organizadores se empeñó en que nuestro coche
obligatoriamente debía ser uno de los participantes y nos desvió, con toda
amabilidad cortando el tráfico y haciéndonos acompañar por una escolta
motorizada, hacia el circuito. Cuando me percaté de dónde me estaba metiendo,
lo que había sido reconocimiento por el detallazo se convirtió en pánico y
tuve que hacer acopio de todos mis recursos y mi dialéctica para salir del
entuerto. ¿Os imagináis a mi mujer y a mí convertidos de pronto, sin comerlo
ni beberlo, en uno más de los participantes del raillie de Portugal?. ¡Portentoso!.
A partir de ahí nuestros encuentros y desencuentros con el famoso raillie serían
frecuentes y en una ocasión hasta casi trágicos.
Llegamos a
Sintra y dormimos una noche en el Hotel Palacio de Seteais, un bellísimo
palacio del siglo XVIII a los pies de la Sierra de Montserrate y que perteneció
a la familia del Marqués de Marialva, literaria y artística familia lisboeta
de la que cuenta la historia el glamour de sus jornadas poéticas entre los
muros maravillosos y apacibles del palacio. Quizá el nombre, Seteais, que podría
traducirse al castellano como Siete Ayes, puedan ser los siete quejidos de
alguna dama noble de la corte ante las baladas amorosas de cualquier bate de la
época. Sintra, como comentaba anteriormente, es la ciudad más bonita de
Portugal y un conjunto inigualable con sus quintas umbrías en la subida
serpenteante hasta la Sierra de Montserrate: quintas como la de la Penha Longa y
su monasterio benedictino, como la de Montserrate con sus parques entre
riachuelos y música de pájaros, castillos impresionantes como el Castillo da
Penha, altivas y románticas casa de la burguesía lisboeta que buscaba la
soledad y el sosiego en esta sobria y apacible sierra. El día que abandonamos
el hotel y antes de salir, cambié en la caja de la recepción un billete de
cinco mil pesetas pues se nos iban agotando los escudos y, aunque habitualmente
utilizábamos el dinero plástico, para las compras menudas era aconsejable
llevar moneda local. Según me entregó el cambio la señorita encargada, y sin
mirarlo (lo prometo), me lo guardé en la cartera y nos despedimos en dirección
a otro hotel con encanto que nos habían aconsejado cerca de Coimbra. Recuerdo
que estábamos contemplando uno de los innumerables parques de la zona alta de
Sintra cuando divisamos a dos personas, hombre y mujer, que con cara de sofoco y
angustia se dirigían corriendo hacia nosotros. Al llegar a nuestra altura el
caballero me inquirió: ¿Señor Prieto, es usted?. Le contesté afirmativamente
y más relajado continuó: Soy el director del Hotel Seteais. Usted ha cambiado
moneda al salir de nuestro hotel y la señorita encargada (y señaló a su joven
acompañante) ha tenido en desagradable error de hacerle mal el cambio y le ha
dado el equivalente a cincuenta mil pesetas en vez de cinco mil. Si me hace el
favor de comprobarlo... Juro que no había visto el cambio y que lo había
guardado directamente en la cartera donde aún se encontraba y al sacarlo
comprobamos que, efectivamente, el director llevaba razón. Sin ningún problema
volvimos a descambiar lo cambiado y a desfacer el entuerto con la evidente
satisfacción del director y de la encargada de la caja que respiraron
tranquilamente. Lo curioso, quizá lo extraordinario, es que llevasen buscándonos
por toda la Sierra de Montserrate más de dos horas pues, aunque la diferencia
económica era clara, al menos para nosotros, no parecía lo suficientemente
importante para esa persecución en busca y captura con la participación
incluida del Sr. director de un hotel Gran Lujo. Está claro que, en relación
al dinero y a las responsabilidades, cada país tiene sus normas y sus
particularidades, por muy vecinos y próximos en cultura que se encuentren.
Después de
recorrer minuciosamente Sintra pusimos proa a Coimbra pues habíamos reservado
noche en el Hotel Palacio do Bussaco. En el camino fue atardeciendo mientras íbamos
parando en todos los lugares que nos resultaban curiosos o agradables. Ya próximos
a destino paramos en un pueblecito donde vimos, en la misma carretera, una
tienda de antigüedades atractiva. Ni cortos ni perezosos aparcamos el coche al
pie de la tienda en un lugar no demasiado reglamentario, debo reconocer, puesto
que se encontraba inmediatamente después de una curva y en la misma carretera.
Estuvimos poco tiempo cotilleando las antigüedades y cuando salimos, ya de
noche, y comencé a hacer la maniobra de marcha atrás para volver a la ruta,
alguien comenzó a dar gritos impresionantes mientras decía a grandes voces:
“Favor, no, no, pare”. Los gritos debían ser fortísimos porque tengo la
mala costumbre de llevar siempre la música puesta en el coche y a pesar de esto
pude oírlos. Y menos mal. Miré por el espejo retrovisor y vi a un joven de
unos veinte años que haciendo grandes aspavientos con los brazos y con cara de
terror me gritaba desde el otro lado de la carretera. Frené la maniobra
segundos antes de que tres bólidos, a 180 ó a 200 kmts/hora y sin ningún
acompañamiento, peinasen la trasera de mi coche que se había quedado parado al
comienzo de la carretera. Puedo decir que volvimos a nacer gracias a un anónimo
joven que milagrosamente estaba allí en el momento oportuno y que se percató
de lo que podía pasar. No recuerdo ni la cara del joven ni creo que, con el
susto, pudiera al menos darle las gracias, pero si recuerdo a los tres bólidos
pintarrejeados del raillie de Portugal que resoplaron a escasos centímetros de
mi coche, sin ninguna protección o aviso de las autoridades pertinentes, por la
noche y en una carretera importante del país. Si el ángel de la guarda existe,
aquel joven vociferante y anónimo fue, sin duda, nuestro ángel de la guarda
particular. Era nuestro segundo encuentro con el famoso raillie y estábamos
empezando a sentirnos perseguidos por los bólidos desenfrenados del circo.
Pero aún hubo
un tercer encuentro, por eso de que a la tercera va la vencida. Dormimos aquella
noche en el Hotel Palacio do Bussaco que había sido pabellón de caza de la
monarquía portuguesa de entre siglos, ubicado en medio de una profusión botánica
exuberante y rodeado de una naturaleza desbordante con finca de viñedos
propios. Las habitaciones dejaban mucho que desear pues, probablemente, no habían
tenido tiempo aún de adecuarlas a las necesidades y confort del turismo
moderno, pero el entorno y las estancias comunes eran las propias del lujo
manuelino y de un palacio predilecto para la nobleza portuguesa. Volvimos de
nuevo a Lisboa durante tres días para patear sin prisas la ciudad antigua y
perdernos en sus cafetines históricos y literarios, para recorrer sus mercados
y saborear sus buenos pescados del Atlántico. Decidimos salir hacia Salamanca
recorriendo la Sierra de la Estrella. Lo que ignorábamos era que las tortuosas
carreteras de dicha sierra estaban todas en obras y que por allí, ¡también
por allí!, transcurría otra etapa del maldito raillie de Portugal. ¡Si
nuestra alma lo sabe...!. De nuevo una confusión y de nuevo un montón de
desaforados espectadores que nos jaleaban y nos animaban a que diésemos caña
al motor de nuestro Porsche turístico para que no perdiésemos comba en la
prueba. Intenté, a pesar de la oposición de mi mujer que le parecía una
provocación, confeccionarme un gran letrero donde pensaba poner: ESTE COCHE NI
PARTICIPA, NI DESEA PARTICIPAR, EN EL RAILLIE DE PORTUGAL, pero no encontré lo
necesario y debí quedarme con las ganas...
Desde luego
volvimos a España con la sensación de haber sido perseguidos en Lusitania,
tanto más cuando, a los pocos días de estar en casa, recibí una carta del
director de un famoso hotel de una famosa cadena hotelera americana desde
Lisboa, donde habíamos estado alojados tres días en una preciosa suite del
establecimiento (no os cuento el monto económico de la cuenta porque os lo podréis
imaginar), que escuetamente nos reclamaba el equivalente a DOSCIENTAS CINCUENTA
PESETAS en concepto de una coca cola del minibar que no había sido facturada en
la cuenta. Me quedé perplejo. A los pocos días, con toda la rabia del mundo,
mandé un paquete postal al hotel conteniendo las doscientas cincuenta pesetas
en monedas de peseta y con una nota que, más o menos, decía así: Ahí tiene el dinero requerido después de una estancia
de tres días en la suite de su hotel. Evidentemente la delicadeza en el trato
con los huéspedes no es lo fuerte de este hotel ni de esta cadena hotelera, por
lo que a partir de hoy este cliente no pisará nunca más ningún
establecimiento de dicha cadena. Muchas gracias.
Y que conste
que, hasta la fecha, lo he cumplido a rajatabla...
(Pero no quiero
olvidar, en relación con el país vecino, aquel día de hace veinticinco años
en que amanecimos gratamente emocionados escuchando la canción que cantaba José
Afonso y que fue el comienzo de la Revolución de los Claveles. Aquella canción,
-Grándola vila morena, terra de fraternidade...-, aún hoy me sigue poniendo el
corazón y los pelos de punta.)