RISAS EN TOKIO
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Parece
que va a llover hoy
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Hoy
no puede llover, señor, ayer terminó la temporada de lluvias, contestó
tranquilamente Yoko.
Esa fue mi primera frase recién llegado a Japón por vez primera, y esa fue la contestación, plúmbea y tajante, de Yoko, la guía que nos había tocado en suerte, y en la que se encerraba una filosofía y una certidumbre del modo de ser y estar del pueblo nipón.
A las guías japonesas cuando quieren castigarlas por algún error u omisión en el desarrollo de su trabajo las trasladan con un grupo de españoles en el convencimiento de que la penitencia con dichos grupos es suficiente castigo ejemplarizante. Y debe ser así porque si hay dos maneras de ser y entender la vida diferentes, dos formas opuestas de comportamiento ante los hechos cotidianos y los profundos, dos distintas sensibilidades de expresar emociones, alegrías y tristezas, esas corresponden, sin duda, al pueblo japonés y al español. En las antípodas no solo de latitud geográfica, sino, sobre todo, en las antípodas de latitud emocional, nuestros dos pueblos son tan irreconciliablemente distantes que puede ocurrir que surjan innumerables situaciones de desentendimiento y que, ante la seriedad metafísica del pueblo nipón, el chance final para nuestras mentes jolgóricas y lúdicas sea inevitablemente la risa. Merche, mi mujer, grauchiana de pro, tuvo que reconocer al final de nuestro periplo por Japón que aquel viaje no fue solamente cultural y exótico sino, sobre todo, humorístico (dicho esto con el mayor respeto al pueblo japonés y a sus tradiciones seculares y modernas).
Estábamos alojados en Tokio en uno de los hoteles más impresionantes de Oriente, el New Otani, un hotel de más de mil habitaciones de lujo y con un precioso y extenso jardín japonés en su interior lleno de laguitos con carpas arco-iris, puentes y casitas de té. El funcionamiento del hotel era impecable: todo marchaba al más puro estilo japonés, o sea, con una exactitud y pulcritud envidiable. Pero, eso sí, que a nadie se le ocurriese transformar, en lo más mínimo, dicha maquinaria bien lubrificada porque entonces surgían problemas de insoluble solución. Por poner dos ejemplos mínimos y bien característicos os relato dos incidentes habituales: El desayuno en el gran buffet del hotel era inmaculado y bien servido, pero una mañana pretendí que el crujiente croissant que me servían con diligencia, simplemente me lo pusieran abierto por la mitad y con mantequilla. ¡Tremenda petición!. No, no se trataba de que no entendieran el pedido, ni mucho menos, es más siempre había un encargado que hablaba bastante bien el castellano, lo tremendo, lo insólito, era tener que hacer algo que de algún modo “no estaba programado”. Mil genuflexiones, mil disculpas, mil sonrisas al señor, pero el señor debería entender que la petición estaba, excesivamente, fuera de lugar y fuera de programa. Otro día, noche más bien, un grupo de amigos decidimos enjaretarnos los kimonos que, a modo de cortesía elegante, teníamos en nuestras habitaciones y salir al pasillo a hacernos unas fotografías. En esas estábamos cuando un huésped nipón pasó a nuestra vera y luego de sonreír y gesticular genuflexiones durante unos minutos debió avisar a la recepción del hotel para contar tan insólita escena ( para ellos). Al poco fuimos visitados, sucesivamente en orden creciente, por todo el staff del establecimiento, que primero comprobaba la veracidad de las hechos y luego traspasaba el tema al inmediato superior, siempre por riguroso orden de antigüedad. Al fin el subdirector, que estaba de director en funciones (ya que el titular se encontraba en un congreso en Kioto), subió hasta donde, ingenuamente, realizábamos las fotos y en un correcto castellano nos comentó que el problema era que no sabía qué decirnos, pues por un lado no estaba taxativamente prohibido hacerse fotos a lo “kimon boys”, pero por otro tampoco estaba permitido, y sobre todo, sobre todo, no estaba contemplado y era la primera vez que se le presentaba tal situación. ¡Madre mía!. Estábamos creando, sin proponérnoslo, casi un conflicto de orden turístico-diplomático en la filosofía japonesa, y todo por una simples fotos de un grupo de españoles que solo pretendían retratarse ataviados con el kimono tradicional de la tierra. Recuerdo que ante tal situación me aceleré en tranquilizar al señor subdirector asegurándole, no fuese a sufrir un ataque de ansiedad, que rápidamente el grupo heterodoxo se disgregaría y que nos iríamos cada mochuelo a nuestro olivo ( o sea, habitación). ¡Qué respiro!.
En el recorrido por Japón coincidimos con una pareja brasileña de dos hermanos, muy jóvenes y con las carteras bien forradas, con los que compartimos muchos momentos jocosos, tanto más cuando, sobre todo el chico, Paulo, era realmente un pirata vacilón e iconoclasta. Un día, hartos ya de ver y convivir con ejecutivos encorbatados y duplicantes, preguntamos dónde se escondía lo que podrían ser las tribus urbanas de la gente joven de Tokio, convencidos de que en una ciudad como aquella por fuerza tenían que existir disidentes, sobre todo entre la juventud más inconformista. Nos indicaron que los domingos en un parque, -de cuyo nombre no puedo acordarme-, se reunía la créme du la créme de la juventud protestataria. Y el domingo, espectantes y curiosos, nos embarcamos para ver lo que creíamos iba a ser el nuevo Japón de la juventud inconformista. Pero, craso error, lo que allí vimos y contemplamos fue más de lo mismo solo que con uniformes más coloristas y atrevidos, y aderezado con música algo más estridente. En efecto, ante nuestra sorpresa incrédula, pudimos contemplar un enorme parque en el que, a cada trecho, bien programado y estudiado, distintos conjuntos musicales con espléndidos equipos estereofónicos daban rienda suelta a sus estridentes protestas musicales coreados por “gruppies” de unos cincuenta miembros idénticamente ataviados a los músicos y bailando todos de una forma idéntica y acompasada. Cada conjunto tenía un equivalente número de adeptos y cada adepto era idéntico y duplicante a su correligionario en la música. Todo perfectamente programado y organizado, todo perfectamente equilibrado y monocorde. ¡Vaya por Dios!. Si esta era la juventud contestataria de Tokio yo me acababa de proclamar el Buda Viviente del Desierto del Sahara... Pero detrás de la anécdota, de la sorpresa y de la incógnita, se escondía algo mucho más terrible para una sociedad incapacitada para pensar y sentir por sí misma, castrada para divertirse, vivir y llorar de forma espontánea.
Quizá la palabra “espontáneo” pueda ser en Japón una de las palabras peor entendidas de todo su léxico ideológico. Decenas de anécdotas o de chascarrillos, decenas de situaciones vividas donde la a-espontaneidad era el principio básico del comportamiento de los nipones. Recuerdo haber visto, asombrado, una tienda donde se vendía tabaco y fuera, a la puerta, una máquina expendedora de cigarrillos. Y recuerdo alucinado haber visto la tienda vacía, sin un alma, y una fila de japonesitos haciendo cola, pacientemente, ante la máquina. Máquinas de todo y para todo que proliferan por el Japón y donde por unos yenes podrá uno comprar desde una corbata hasta un preservativo, desde un refresco hasta las entradas para un concierto de la Filarmónica de Osaka. Máquinas que siempre funcionan bien y que, sobre todo y más que nada, no hablan y que por supuesto no preguntan ni intentan responder. Máquinas anti-timidez y anti-stres, como el sorprendente juego nacional del Pachingo donde cientos de ejecutivos, en silencio y como autómatas, meten y sacan bolas redondas de acero en una máquinas bien alineadas y con la voz mecánica y permanente del tic-tac-tic-tac como comparsa. Máquinas-máquinas y hombres-máquinas como aquellos trabajadores silenciosos y maravillosamente equipados que encontramos una tarde-noche cuando salíamos del hotel arreglando un enorme socavón y que ya no existía (ni siquiera los vestigios) cuando volvimos a las tres o cuatro horas después de cenar. Máquinas-hombres alineados en fila india (sería más justo decir fila japonesa) en las rayas amarillas de las estaciones del tren bala donde, sin ningún género de dudas ni de distorsión milimétrica, coincidían las puertas del tren al pararse y por donde entraban, ordenada y también milimétricamente, para tomar sus asientos en el compartimento, sentándose todos de la misma manera después de quitarse la similar chaqueta y doblarla de una similar forma y de coger el parecido portafolios ponérselo de una forma parecida encima de las piernas y sacar unos parecidos papeles para leerlos detrás de sus parecidas gafas de miopes.
Miedo, timidez, vergüenza a las relaciones interpersonales en un mundo programado donde hasta la protesta y la huelga están siempre perfectamente pensadas y ejecutadas, donde la palabra nunca debe ser especialmente alta ni especialmente baja, ni especialmente hiriente ni especialmente jocosa. Programación de sentimientos y de pasiones donde hasta “las señoritas de la noche” han sido contratadas por las grandes multinacionales al servicio de sus trabajadores más sobresalientes del trimestre, donde puedes encontrarte a la profesión más antigua del mundo tranquilamente aliada con la multinacional electrónica, que prima así, con una jornada de pasión desenfrenada y programada, a sus trabajadores más conspícuos.
Paulo y Merche no habían parado de reírse desde que entramos en Japón y el corresponsal de nuestra agencia de viajes, un niponito encorbatado y entrajeado con cara de niño, les dijo muy serio, al comentarle un evidente error de programación, que “ellos no se equivocaban nunca”. Y habían seguido riéndose en una elegantísima ceremonia de boda celebrada en los jardines de nuestro hotel donde los dos se introdujeron, horriblemente ataviados y a base de genuflexiones y de sonrisas, y ante la timidez invalidante de todos, fueron saludando a los invitados y hasta llegaron a marcarse un baile especial con los novios. Y no habían parado de reír con aquel taxista al que Merche estuvo a punto, sin la más mínima protesta por su parte, de asfixiar si no llega a ser porque yo me encontraba al quite y pude frenar a tiempo las risas. En efecto: los taxistas de Tokio, pulcramente uniformados con pajarita, gorra de plato y guantes inmaculadamente blancos, utilizan siempre el cinturón de seguridad en sus desplazamientos por la ciudad, pero, cosa curiosa, este cinturón da la vuelta por detrás del asiento del conductor. En uno de esos desplazamientos en taxi, largos y complicados por una ciudad especialmente atascada, Merche se aburría y en un momento determinado, jaleada por Paulo que junto con su hermana ocupaban el asiento trasero, comenzó a decir que ella era un jinete y que aquel cinturón eran las riendas del caballo mientras tiraba de ellas. Yo iba sentado al lado del conductor y me percaté cómo el taxista comenzaba a ser zarandeado por el cinturón que cada vez le apretaba más alrededor del cuello. El taxista comenzaba a ponerse azul y violeta pero no decía nada, y aunque yo gritaba “Merche, por favor”, mi mujer pensaba que le estaba recriminando la juerga y persistía sin enterarse. Pensé que nos quedábamos sin taxista, brutalmente cercenado por las riendas-cinturón que desde atrás manejaba Merche con insistencia. Al fin mi mujer se percató de la situación y nuestro taxista pudo recuperar la color al borde mismo de la asfixia. Lo más alucinante fue que durante los dos o tres minutos que duró la escena el señor taxista no realizó ni una sola protesta, y cuando nos apeamos del coche no hizo ni el más mínimo comentario. Hubiera fenecido en aras de la timidez y la vergüenza, os lo aseguro... Y también se hartaron de reír con aquel dependiente, anormalmente alto y grande, de una tienda de calzado deportivo donde entramos para comprar unas zapatillas a nuestras hijas. Como la mayoría de los números eran muy pequeños mi mujer se dirigió al dependiente y, a lo indio, le requirió deportivas más grandes. Evidentemente no se enteraba de nada, pero Merche insistía. Le decía “here small, you big”, y le señalaba sus piés especialmente grandes. El dependiente seguía sin enterarse y cada vez más nervioso y azorado. Merche insistía señalándole sus pies “big, big, like you”. En un momento el pobre japonesito se encontró tan nervioso y acorralado con la insistencia de mi mujer que se quitó sus zapatillas deportivas y se las dio a Merche. No podíamos aguantar las carcajadas viendo al mocetón japonés con cara de susto y descalzo en mitad de la tienda. Y, ¿qué hubiera pasado si mi mujer, tranquilamente, se hubiera llevado las deportivas del dependiente...?. Me temo que nada.
Pero quizá la experiencia más dura vivida en Japón se le ocurrió, ¡cómo no!, al bueno de Paulo un día paseando por todo el cogollito comercial de Tokio. Era impresionante constatar como, a pesar de que había un intenso tráfico de coches y las aceras estaban atestadas de gente que caminaban casi siempre en perfecto orden y dirección de marcha, apenas se oían murmullos o voces altisonantes. Todo, claro es, contemplado desde la altura de nuestra peculiar visión de latinos jacarandosos. En un momento comprobamos como, en un cruce donde confluían varias calles, los japoneses en perfecto orden esperaban a que de los semáforos saliese una especie de sonido característico para que, automáticamente, todos se pusiesen en movimiento y cruzaran la calle. Paulo pensó que era posible imitar el sonido del semáforo y crear un caos instantáneo en el mecanismo automático de cinco mil nipones. Conocido el proyecto me dispuse con mi cámara de video a filmar el experimento y puedo asegurar que nuestro amigo estuvo a punto de originar una masacre cuando, semioculto detrás de un semáforo, imitó el sonido de avance para los peatones y la inmensa mayoría se lanzó, sin pensar y sin mirar, hacia el centro de la calle donde los automovilistas asombrados intentaban sortear a los impertérritos viandantes que, sorprendidos, miraban una y otra vez al semáforo buscando, sin duda, una explicación convincente. Y os puedo prometer, queridos lectores, que, aún hoy, si no fuera porque conservo en mi poder la cinta de video donde quedó reflejado tal acontecimiento, me costaría enorme esfuerzo aceptar, por lo insólito y antiespontáneo, estos comportamientos en gentes que, aunque a muchos kilómetros de distancia de nuestro país, conservan aún muchos más kilómetros de distancia y de sentimientos con nuestras convicciones y sistemas sociales.
Tristes risas en Tokio...