RECUERDOS
GASTRONÓMICOS
Las
diferentes formas de entender el hecho alimenticio de los distintos pueblos del
mundo es, sin duda, uno de los parámetros (además de otros varios factores
evidentes como recursos específicos y tabues religiosos o culturales) que más
te ayudan a comprender la ideosincracia y el modo de pensar de dichos pueblos.
Esto es tan importante, tan definitorio, que, al margen de las anécdotas que
inevitablemente han de surgir ante las diferencias gastronómicas y las rarezas
culinarias, creo es uno de los puntos de aprendizaje cultural más importante
que se puede realizar en el transcurso de los viajes por los distintos pueblos
de la tierra. Siempre fui especialmente crítico con el modo de actuar de una
mayoría de turistas españoles que, amparados en la extraordinaria y riquísima
comida hispánica, han ido rechazando habitualmente cualquier condimento que no
estuviese próximo a los gustos y hábitos de su tierra, cuando no criticando
abiertamente, so pretesto casi siempre de considerarse el ombligo gastronómico
del planeta, alimentos o sustancias para ellos exóticos, sin acordarse de que
en nuestra piel de toro se consumen, asiduamente, alimentos tan “especiales”
como los callos, gallinejas, sangre, riñones, sesos, angulas, anguilas,
mollejas y otras muchísimas
lindezas, que a buen seguro harían palidecer el estómago de más de un gourmet
de otras latitudes.
Quizá
uno de los pueblos cuya gastronomía más se aparta de la nuestra sea
precisamente el pueblo nipón. Hace años tuve la ocasión de vivir una
experiencia gastronómica que luego, no sé si por pura coincidencia, pude, con
matices y con las exageraciones propias del medio, ver reflejada en una famosa
película de la serie de Indiana Jones. Los japoneses son conscientes de que su
lengua es difícilmente entendible para la inmensa mayoría de los turistas y
con su extraordinario sentido pragmático han decidido, en principio para hacer
más llevadero el asunto, reproducir en los restaurantes populares todos los
platos de su carta en elementos de plástico. Uno se asoma al escaparate de
cualquier restaurante y de una forma gráfica y visual puede hacerse una idea, más
o menos acertada, de lo que puede comer y degustar. Otra cosa, sin duda, es la
mecánica y la falta de improvisación. Una vez recalamos en uno de estos
restaurantes con platos “al plástico”, y recuerdo que fui encargado de
pedir la comanda para todos. Acompañado por el camarero fui pidiendo los platos
que me parecieron más sugerentes. Recuerdo que los postres se encontraban en el
estante de arriba y lo que serían los primeros platos en el de abajo, y por
comodidad fui pidiendo de arriba abajo. Os
estaréis imaginando lo que pasó: después de esperar bastante tiempo y de
algunas risitas de los camareros, ¡cómo no!, nos
sirvieron primero los postres y luego los platos fuertes. Y fue
absolutamente imposible que entendieran que había sido por una cuestión,
digamos, práctica. Imposible. Por una vez tuvimos que degustar en primer lugar
los postres y luego el resto de las viandas. Pero la cena a lo Indiana Jones a
la que me refería anteriormente superó, con mucho, todo lo imaginable. Habíamos
conocido en el hotel de Tokio a una pareja japonesa, médicos ambos en Kyoto, y
se estableció entre nosotros una buena amistad. Su estatus económico debía
ser más que desahogado por su forma de vestir y su residencia durante dos
semanas en un carísimo hotel de la capital. Un día nos dijeron que tenían el
placer y el honor de invitarnos a una cena muy especial en un restaurante muy
exclusivo de la ciudad y para la que nos rogaban, si les hacíamos el honor de
aceptar, vestimenta apropiada con traje de chaqueta y corbata para mí, y
vestido de semi-fiesta para mi mujer. Aunque extrañados, aceptamos gustosos, si
bien de entrada nos costó ir a comprar una chaqueta y una corbata para la ocasión.
La cena fue indescriptible. El restaurante era una maravilla, ubicado en un
chalet japonés precioso en medio de un bucólico jardín al más puro estilo
Zen. Nuestro comedor privado y exclusivo estaba adornado con flores de loto y
una música japonesa, suave y encantadora, se escuchaba en el recinto. La mesa
era sui géneris: se trataba de una mesa circular con un gran agujero en medio
que uno no sabía muy bien para qué serviría, aunque, desgraciadamente, no
tardamos en averiguarlo. Nuestros anfitriones pidieron la comanda tradicional.
Al poco se abrió la puerta de nuestro habitáculo y aparecieron tres camareros,
elegantemente uniformados de etiqueta, arrastrando una especie de gran cacerola
con ruedas, plateada y bien tapada, que colocaron en el centro abierto de la
mesa. Estábamos espectantes. De pronto, y después de varias reverencias
tradicionales, uno de los camareros levantó la tapa y ante nuestros atónitos
ojos apareció allí dentro un mono pequeño, vivito y coleando. No tuvimos
mucho tiempo para reaccionar pues en breves segundos, y luego de la inevitable
reverencia, otro camarero sacó un cuchillo muy afilado en forma de pequeña
hacha, y de un certero golpe abrió en canal la cabeza del mono. Sin dilación,
el tercer camarero sacó habilidosamente los sesos, calientes aún, del macaco y
con precisión los fue partiendo en pequeños trocitos que, junto con una salsa
agridulce, fue repartiendo entre los cuatro platos de los comensales. Nuestros
anfitriones nos miraban como queriendo saber nuestra opinión y, aunque una náusea
se me iba y otra se me venía, tuve que hacer (nunca mejor dicho) de tripas
corazón y engullirme el “sabroso manjar” acompañado de una sonrisa. Pero
lo peor estaba aún por llegar. Luego de muchas reverencias y de muchas
sonrisas, aparecieron de nuevo los tres enlevitados por el comedor y nos dejaron
delante de cada uno de nosotros unas preciosas bandejas de cerámica
maravillosamente decoradas y cerradas con una especie de tapaderas doradas en
forma de cúpulas donde, al abrirlas, aparecieron una legión de hormigas rojas,
bien vivitas, del tamaño de la uña pequeña de mi dedo meñique. ¡Aquello era
ya demasiado para nosotros!. Las pobres hormigas se me subían por los palillos
ante mi nerviosismo y mi evidente impericia y estaba a punto de un ataque de
nervios. Tomé una decisión heroica. Me levanté, hice las oportunas
reverencias, y dije: “Estimados señores Nakajima. Les estamos profundamente
agradecidos por este banquete, pero espero que entiendan que nuestras costumbres
gastronómicas están un poco alejadas de estos sabrosos manjares por lo que les
pedimos humildemente licencia para poner fin aquí a esta cena”. Lo
entendieron, creo, perfectamente, y nos liberaron de posibles nuevas y esotéricas
sorpresas. Ni siquiera nos atrevimos con los postres, por si acaso.
Otra
historia importante, dentro de los recuerdos gastronómicos, la podríamos
titular: la HISTORIA DEL HUEVO FRITO. Es curioso, pero el tradicional huevo
frito hispano no es difícil encontrarlo en multitud de países, dentro de lo
que se conoce como desayuno americano. El problema, mis amigos, es conseguirlo a
cualquier hora del día. Me pasé, en uno
de mis primeros viajes fuera de España hacia Rumania,
la mayoría de mi tiempo deseando comer un huevo frito, y ni de guasa.
Era como pedir hielo pilé y caviar en el desierto de Abisinia. Y mira por dónde,
ya bien avanzado el viaje y casi habiendo desistido ya de mi huevo frito, un día,
en Poiana Brasov, pedí un bistec y cuando me lo trajeron comprobé, alucinado y
enloquecido de gusto, que encima del filete había un precioso, maravilloso y
redondito huevo frito. ¡Qué cosas!. Algo parecido sucedió en Haití, donde mi
mujer se empeñó en tomar en la comida un simple huevo frito (añoranzas, sin
duda, de la tierra), y no conseguimos, ni de broma, que una legión de camareros
que según decían hablaban francés ( y a lo más que llegaban era a una extraña
mezcolanza del creole y del yoruba) nos lo sirvieran. Eso sí, con la amabilidad
que les caracteriza, nos presentaron, en sustitución y por riguroso orden de
aparición, los siguientes platos: una sopa de pescado, una langosta a la creole,
un rosbeef a las finas hierbas y hasta un buen trozo de tarta de chocolate. Ya
me contarán ustedes en qué se podía parecer idiomáticamente un huevo frito
con cualquiera de las viandas que nos presentaron. Pero lo más esotérico
relacionado con el huevo frito sucedió en Bangkok. Habíamos bajado para cenar
al restaurante del hotel donde nos alojábamos, y a mis hijas se les emperejiló
pedir huevos fritos con patatas fritas. La primera camarera que nos atendió
puso cara de “en-nortada” y, dejándonos una amplia sonrisa, se fue a buscar
a otro camarero de mayor rango. Este, después de atender atentamente nuestra
petición en inglés, sonrió también y dijo: “I am sorry, sir, is not
possible”, y se retiró también en busca del jefe supremo del local. Este,
después de escucharnos (y ya eran tres los camareros que nos rodeaban y
escuchaban sonrientes), se disculpó diciendo que la cocina estaba muy ocupada
pero que en cualquier caso haría lo que pudiera para satisfacer a los señores.
¡Estábamos creando un conflicto diplomático-culinario sin enterarnos!. Al
cabo de unos tres cuartos de hora divisamos en lontananza una comitiva que
encabezaba el maitre encargado seguido por un cocinero ataviado con su gorro
característico y detrás los dos camareros que, risueña y triunfalmente, se
acercaban hacia nuestra mesa. El cocinero puso delante de nosotros un enorme
recipiente cerrado, y al destaparlo contemplamos con asombro, que estaba lleno
de un mogollón de patatas fritas algo raras. El maitre insistía, sonriente, en
que las probásemos. Merche tomó una de las extrañas patatas y comprobó ipso
facto de que se trataban de patatas fritas, luego rebozadas en huevo y vueltas a
freír. ¡Acabáramos!. Por eso era un plato de tanto tiempo y trabajo: unos
simples huevos fritos con patatas fritas se habían convertido, en el manierismo
oriental, en patatas fritas con huevos y vueltas a freír una a una. ¡Naturaca...!
Historias,
anécdotas e impresiones culinarias varias, hubo prácticamente en todos los
viajes y en todas las tierras. Desde las estupendísimas ranas chinas a la
plancha que mi mujer degustó en el mercado de Cantón, pasando por aquel
restaurante de malabaristas tailandeses en las afueras de Ayuthaya donde comí
unos buenísimos muslos de pollo, que en realidad eran muslos de sapo, y donde
con increíble pericia oriental se habían montado un espectáculo muy curioso
consistente en que el cocinero mandaba las viandas, por los aires, a un camarero
subido cerca de un árbol que las recogía en una sartén y las bajaba a los
comensales en todo un ejercicio de malabarismo y de destreza; o la sopa de mono
de Yakarta que mi mujer se empeñó en degustar a pesar de su aspecto
nauseabundo y su olor semejante a las cloacas de aquella ciudad indonésica; o
las pirañas del Amazonas que este escribiente pescaba obsesivamente siguiendo
las instrucciones de los “cabocos” y que por las noches, en aquel lodge
medio perdido en la selva, Merche se papeaba a la plancha acompañadas de
ensalada de tomate y rodeada de mosquitos como elefantes; o las viandas bien
sazonadas de la India que te subían la adrenalina hasta las coronilla cuando
probabas los distintos “currys” de la zona, eso sí, al gusto occidental,
como decían sonrientes los camareros indios, sabiendo que al poco de probarlos
los ojos empezarían a hacer chiribitas por el picante, escuso decirte, cuando a
alguno más insensato se le ocurría pedirlo al gusto indio, entonces el
comensal hacía de dragón turístico y comenzaba a echar fuego por todos los
orificios de la cara ante el regocijo de los camareros; o de aquellos suculentos
desayunos de Costa Rica camino del Tortuguero, los “gallos”, con aquellas
bandejas de frutas sabrosísimas, café puro, y los panqueques de habichuelas
negras altamente calóricos; o el “moro”, plato tradicional de la cocina
dominicana a base de judías pintas y arroz blanco, curiosamente muy similar al
que en España, sobre todo en Andalucía, se conoce como moros y cristianos,
evidentemente por el contraste de color de los dos ingredientes típicos; o las
comidas en Egipto, con 40 grados a la sombra y la cerveza calentorra a la que no
tenían ningún empacho en colocártela en vaso lleno de hielo para enfriarla, y
el karkadé, este bien fresquito, que te servían con aquel precioso adminículo
colgante por El Cairo y por Estambul; o aquel vocabulario de urgencia aprendido
en Grecia para exigir agua bien fría en cualquier establecimiento, aquel HERÓ
CRIÓ PARAKALÓ que llevábamos por bandera para no derretirnos en los tórridos
días helénicos; e incluso, para dar un toque español y olé, aquella tortilla
de patatas que Merche pudo hacer en aquel hotel de lujo de isla Mauricio y que
degustaron, chupándose los dedos, un grupo de turistas sudafricanos que estaban
en un congreso...
Todo
un mundo de sabores, de olores y de presentaciones culinarias que se agolpan
ahora íntimamente a mis recuerdos y que conforman un modo de pensar y de ser,
una tolerancia y un saboir fair en eso que se ha dado en llamar la cultura
gastronómica de los pueblos.
Pero
no sería justo si no terminara este relato haciendo un homenaje a la gastronomía
de nuestro país, a la riqueza gastronómica y a la variedad culinaria de este
pueblo latino y fenicio, árabe y mediterráneo, europeo y africano, que es España.
De entre los múltiple periplos gastronómicos que he realizado a lo largo y a
lo ancho de mi tierra, no puedo olvidar aquel que realizamos no hace mucho
tiempo con Emilio y Pilar (mi abogado y su señora, especialísimos gourmets de
todo lo bueno) desde Madrid hasta Ondarribia con la Guía Michelín como
catecismo y pasando, a la ida, por Ramales de la Victoria, Tudela, Vergara,
Zarauz y Fuenterrabía, y a la vuelta, por
Bilbao, S. Román de Escalante, Llanes, Arriondas, Somiedo y Burgos.
Evidentemente volvimos con cinco o seis kilos de más, pero con la satisfacción
de haber cumplido ampliamente el rito gastronómico que nuestra edad merece y,
acaso, necesita.