SONÁMBULO EN EL CUZCO

 

 

Está claro que ese dicho que afirma que el hombre es el único animal que tropieza tres veces en la misma piedra es casi siempre una verdad irrefutable, al menos en lo que a mí se refiere, y en cuanto a mi experiencia personal con el llamado MAL DE LAS ALTURAS del Cuzco que fue constatado al pié de la letra.

 En las tres ocasiones en que he visitado esta bellísima ciudad, cuna y centro del antiguo Imperio Inca, y a pesar de las informaciones, los consejos e incluso los conocimientos técnicos que por mi propia profesión poseo, he cogido un “colocón” impresionante que me ha dejado desde sonámbulo hasta tambaleante. El mal de las alturas es un proceso no adaptativo del organismo a una mayor concentración en el aire de oxígeno, debido a la altura, y que produce una menor aportación de este gas al cerebro, lo que suele producir desde una ligera somnolencia hasta una importante lipotimia, sobre todo si no sigues los mínimos consejos de adaptación con un moderado ejercicio y una no menos moderada comida, al menos durante las primeras veinticuatro horas.

 La última ocasión en que arribé al Cuzco, quizá porque iba de veterano y quizá también porque era algo menos joven, el “colocón” fue tan impresionante que no tuve más remedio que acostarme en la habitación del hotel después de la comida y llamar para que nos enviaran un médico, más por la tranquilidad de mi mujer, evidentemente, que por miedo propio. De poco me sirvió, en esta ocasión, el “matecito de coca” que, a modo de bienvenida, te ofrecían en el hotel. Después de la comida empecé a flotar como un globo y a duras penas pude sacar fuerzas para llegar hasta un taxi que me trasladara al hotel. Una vez en la cama me bailaban las paredes y el cuerpo me pesaba aproximadamente unos doscientos kilos. Cuando llegó el médico, al cabo de una hora, ya me encontraba, lógicamente, mucho mejor pero no era cosa de contrariar a mi mujer ni de dejar de ganar unos “soles” bien fresquitos al querido colega peruano que, a buen seguro, le vendrían muy re-que-te-bien. Para que el hombre no se excediera en sus funciones le comuniqué que yo era médico, pero, “que si quieres arroz Catalina”, como imagino que tendría que justificar sus emonumentos, se empeñó en hacerme toda una especie de exploración exaustiva en la que solo se le pasó el aparato génito-urinario. El diagnóstico era el previsto: mal de las alturas (síndrome del turista enteradillo y pejiguero). Y me pasó 100 dólares de minuta que me parecieron 100 puñaladas traperas al compañerismo, por mucho que pudiera valorar las necesidades de mi colega del Perú rural. (Algún día tendré que hacer un estudio detallado de por qué cualquier factura extraordinaria que me han pasado en mis viajes por el mundo siempre, o casi siempre, se han correspondido con la bonita y redonda cifra de 100 dólares).

Al margen del colocón y del sablazo, Cuzco es una ciudad encantadora que fue el centro del Imperio Inca. En la visita a sus monumentos destaca su Plaza de Armas, una especie de híbrido entre las plazas castellanas con soportales y los palenques andaluces donde el gentío se congrega para hacerse pueblo y actividad comunicativa, donde el ciudadano se hace mercado y música tradicional de las gentes del altiplano.

 

 Recorríamos la Catedral con su famoso altar bañado en láminas de plata, cuando el guía turístico local insistió de nuevo (y creo que era la tercera vez) en una crítica gratuita a los colonizadores españoles y a “nuestros antepasados”. Quizá por el seudosonámbulismo que me producía la altura, o quizá por la insistencia poco delicada con el turista, me enervé algo más de la cuenta y parando el recorrido le pregunté al guía: “Si usted me permite desearía saber su apellido, señor”. Algo descolocado me contestó: “Padilla, para servirle”. Entonces, conteniendo la rabia le espeté: “Pues bien, señor Padilla, estoy casi seguro que eso que llama usted nuestros antepasados serán sus antepasados,  porque muy probablemente por su apellido tenga usted mucha más relación con los descendientes de los antiguos colonizadores extremeños que yo. Por lo tanto le ruego, señor Padilla, que intente limitar sus comentarios a los lugares visitados y a las referencias históricas abstractas, sin efectuar juicios de valor que puedan ser inexactos u ofensivos”. Se quedó lívido, y no hizo el más mínimo comentario. Seguimos con él visitando las extraordinarias monumentos incas de los alrededores del Cuzco, como el centro religioso de Kenko, los baños incas de Tombomachay y las fortalezas de Puca Pucará y Sacsayhuaman, y debo reconocer que no osó, en ningún momento, volver a introducir sus cuñas críticas y que la sobriedad y la limpieza de las explicaciones, a partir de nuestro encontronazo dialéctico-filosófico, fueron exquisitas.

 

Otro día realizamos una excursión por el Valle Sagrado de los Incas hasta Pisac pasando por la impresionante fortaleza de Ollantaytambo. El camino era tortuoso y la carretera estrecha por las laderas de la montaña. El conductor del autobús que nos transportaba junto a otros turistas iba animosamente hablando con un compadre que se había sentado en una especie de sillín para guías a la derecha del conductor y mordisqueando un bocadillo. Demasiadas veces giraba su vista hacia el compadre mientras hablaban. En un momento determinado, y quizá por el nerviosismo del camino y del conductor parlanchín, mi mujer sacó y encendió un cigarrillo. La reacción fue fulminante:

-                                   ¡Ah no, señora, perdone, pero no está permitido fumar en el autobús, es bien peligroso!, -saltó rápidamente el conductor.

-                                   Mire usted, lo que es peligroso de verdad es que vaya usted conduciendo por estas carreteras mientras come y habla con su amigo. No me toque las narices, señor, -contestó con rabia contenida Merche, que tenía más razón que un santo.

-                                   Pues lo siento, señora, pero está prohibido fumar en el autobús, -volvió a insistir el autobusero como si no hubiera entendido ni una palabra del reproche directo que le había lanzado mi mujer.

-                                   Le vuelvo a repetir, señor conductor, que mientras usted no deje de comer mientras conduce y cese de hablar con su compañero fijando la vista directamente en la carretera no pienso apagar el cigarrillo, -contestó ahora Merche sin inmutarse lo más mínimo.

El resto del pasaje no decía nada, pero daba la impresión de que, de una manera o de otra, apoyaba tácitamente a mi mujer. Creo que éramos los únicos hispano parlantes del grupo y quizá por esto la lucha dialéctica (la segunda pelea en dos días) se había establecido de una forma bilateral. El conductor dejó el bocadillo de mala gana y Merche apagó el pitillo con la sensación de haber ganado una batalla contra la estupidez.

 En Pisac pudimos vivir el mercado tradicional de las gentes del altiplano que todas las semanas se acercaban a esa pintoresca ciudad para exponer al aire libre sus mercancías. Venían, según nos contaron, de lugares bien alejados de las montañas, en grupos familiares o tribales, algunos después de varios días de caminata por las sendas entre los valles. Era un mercado pintoresco y absolutamente auténtico donde se podían encontrar las cosas más variopintas del campo y de la artesanía andina. En general funcionaba como un mercado de trueque en relación a las condiciones climáticas: las familias de los pueblos montañosos bajaban con sus llamas y sus cargamentos de carne seca (de llama o de alpaca) y los cambiaban por productos frescos del valle, fundamentalmente verduras. Recuerdo aquellas patatas arrugadas en un proceso lento, a la intemperie, de pérdida de líquidos al ser sometidas durante días a las grandes variaciones climáticas de las jornadas andinas, extendidas en las laderas de las montañas encima de mantas. En la plaza de Pisac conocimos al padre Felipe, un jesuita asturiano con mas de veinte años de residencia por aquellos lares y que pertenecía a una asociación ultraconservadora mucho más a la derecha eclesiástica que el Opus Dei. Con él recorrimos gran parte del mercado y de la ciudad, y con él fuimos iniciados en el gran honor de probar, de la mano de un grupo de ancianos de la ciudad, ese líquido lechoso y pastoso blanco que ellos llaman cerveza y que era lo más parecido (al menos para mí) a un vaso de leche de cabra al que le hubieran añadido un buen chorretón de coñac. El padre Felipe, al que no le dejábamos extenderse en consideraciones religiosas, nos contó muchísimas cosas del peculiar sistema de vida de las tribus incas del altiplano y de las montañas. Tenía problemas en la vista que, según confesaba, se le habían producido hacía unos meses un día que bajaron especialmente las temperaturas y los ojos se le helaron, y aunque a uno la cosa le sonaba como a cierta milonga tampoco estaba allí para discutir de cosas profesionales, y menos con un jesuita ultraconsevador y militante.

 

En Machu Pichu siempre tuve la sensación de que era mucho más el artificio que la realidad. Quiero decir con esto que en el transcurso de tus viajes por el mundo hay lugares que has conocido previamente a visitarlos directamente, o bien por fotografías o bien en documentales, y que cuando los vives, sientes que era imprescindible esa vivencia, ese estar allí aspirando su magia, su olor o su entorno especial. Pero hay otros, sin embargo, que se apartan poco de ese conocimiento estereotipado o aprendido en imágenes que ya tenías, y que su vivencia te deja, si no frío, bastante indiferente. Y esto último, precisamente, es lo que he sentido siempre en el Machu Pichu. El camino desde el Cuzco hasta el Machu Pichu en el trencito antediluviano, es una pesadilla o una lindeza, dependiendo de tu especial posición anímica, puesto que las tres horas y media que el tren tarda en llegar a la estación de Machu Pichu son todo un ejemplo del ingenio de los primeros constructores de máquinas a vapor que emplearon el sistema de un trocito “pa delante” y un trocito “pa detrás” para salvar el desnivel y la despotencia de los primitivos cacharros de hierro. En efecto, el tren va zigzagueando, interminablemente, por la ladera de la montaña en un camino de subidas y bajadas continuas para ir, poco a poco, remontando altura. Una vez en las ruinas del Machu Pichu, al margen de su buen estado de conservación, al margen también de lo que en su tiempo pudiera representar para la cultura inca, uno tiene la sensación de que esa foto ya la tenía archivada en el álbum de la memoria y de que no sabía si había merecido la pena tan larga caminata de tren para volver a realizar la foto que ya conocía de antemano. Evidentemente lo contrario que en el Cuzco donde la vida se diluye por todos los rincones de la Plaza de Armas y por todas las estrechas callejuelas que huelen a ciudad serrana y fresca. Lo que sí resulta inevitable pensar, en aquel mirador al Valle Sagrado por donde corre el río Urubamba, es en aquellos lejanos compatriotas venidos desde Almendralejo, D. Benito o Mérida, con sus “equiparres” tradicionales al hombro, guerreando por aquellas montañas, serpenteando con sus mulos castellanos y extremeños por aquellas laderas, desbordando en luchas desiguales a aquel inefable Imperio Inca que a uno, en su iconoclasta visión de la Historia, le da la impresión  de que,  cuando llegaron la soldadesca ultramarina, se encontraba a punto, él solito, de dar sus últimas bocanadas (dicho esto con todos los respetos necesarios).

Y digo yo: ¿tendrían también los aguerridos soldados españoles de Pizarro aquel maravilloso y sonambulesco mal de las alturas que te deja colgado durante horas y horas sin saber muy bien por dónde andas?. Y si lo tuvieron, ¿a pesar de todo fueron capaces de liquidarse a un Imperio mastodóntico en una tierra desconocida y agresiva...?

Si ambas respuestas son afirmativas, a uno no le queda más que el convencimiento histórico y la certeza fisiológica de aceptar que HOMBRES COMO LOS DE ANTAÑO YA NO EXISTEN...