ESA INDIA QUE TE CONMUEVE

 

 

Reconocer la magia de un continente que se defiende  en no navegar con el resto del mundo. Aceptar que vivir la India es, cuanto menos, una impresionante cura de humildad para cualquier occidental perdido en la vorágine del estrés y el consumismo. Confirmar que casi todos los valores preestablecidos de antemano se quiebran y dan la vuelta ante la mirada impertérrita y profunda de sus gentes. Dejarte llevar por un tropel imparable de nuevas sensaciones, de ideas viejas y nuevas, de distintos sentimientos...

 

Yo he sentido a la India desde fuera, contemplando atónito y emocionado la filosofía estoica de sus gentes, y desde dentro, intentando sumergirme en sus mitos religiosos y sociales, en sus complicadas tradiciones ancestrales, en las claves complicadas y profundas de sus relaciones afectivas y en sus distintos mecanismos laborales.

 

Cuando aterrizas en el aeropuerto de Delhi todo un enjambre pastoso de olores violentos y dulzones se apoderan de tu mente que siente como un vahído, envuelta en el calor y en el olor que solo este viejo continente te produce. Luego, tus ojos, desorbitados y curiosos, no salen de su asombro al observar la multitud de animales, de grandes moscas, de bien alimentadas ranas, o de saltamontes gigantes, que se mezclan con el pueblo abundante y callado de sus salas. Has tocado la superficie de la India. Desde entonces tendrás que cambiar el chip a marchas forzadas para poder adaptarte a la tremenda singularidad de esta tierra.

Mario era un guía heterodoxo. Sus profundos conocimientos del arte y la cultura del subcontinente y su exquisita sensibilidad le hacían ser un elemento imprescindible para bucear con él en los misterios de los más recónditos templos de la India. Como aquel día en que convenció a un reducido grupo de participantes en el viaje para que, en una de las pocas mañanas libres del apretado “tour” por el Rajastán y al margen del programa oficial, visitar un perdido templo en la zona norte del estado. Era un placer viajar con él por lo que, ajenos a las incidencias que luego constatamos de recorrer la India en una especie de taxi comandado por un taxista risueño y paranoico, nos embarcamos en una excursión de dos horas hasta el extraño templo “sik” del norte. Con nosotros viajaba en el grupo un joven catalán, Javier, mesurado y educado, rayando en la introversión, que compartió con mi mujer y conmigo el asiento trasero del vehículo. El trayecto hacia el templo fue de infarto. Al poco de partir empecé a tener muy claro que el risueño conductor indio o no llevaba frenos o su religión le impedía utilizarlos. Sorteaba los obstáculos con una pericia y una temeridad digna de cualquier película de aventuras, siempre sin frenar ni reducir la velocidad de crucero y haciendo sonar profusamente el claxon como señal de dominio y prepotencia. Cada vez que percibía cierto sobresalto en los turistas que transportaba, por unos segundos giraba la cabeza (siempre sin reducir la velocidad, por supuesto) y nos dedicaba una amplia sonrisa de complicidad. Yo observaba como nuestro amigo Javier iba perdiendo progresivamente su tranquilidad y flema habitual mientras crispaba sus manos, sin decir palabra, al asiento delantero. Llegó un momento que parecía inevitable que frenara el vehículo: un poblado lleno de personas por la calle, vacas caminando pacientes entre las personas, escolares uniformados con sus viejas carteras caminando desordenadamente... ¡Tendría que frenar necesariamente!. Pero ni mucho menos. Ante nuestra sorpresa y nuestra angustia, tocó obsesivamente el claxon y dio un volantazo que llevó al coche directamente a salirse por el campo haciendo una pirueta dificilísima (que a punto estuvo de hacer volcar el vehículo) y así poder sortear, impertérrito y sin pisar el freno, todos los obstáculos. Cuando ya pudo enderezar el coche y de nuevo sobre el asfalto el conductor indio se volvió hacia nosotros y, enseñando su más amplia sonrisa, dijo: “no problem...” Fue entonces cuando nuestro compañero catalán, que ya estaba blanco como la cera, desató su furia fenicia, seguro que largos años puesta a punto en una filosofía reflexiva y mesurada, y cogiendo por el cuello al taxista lo zarandeó como un poseso diciéndole: “¿Cómo que “no problem”, cacho cabrón, cómo que “no problem”?. Estoy a punto de un infarto desde que he montado en este coche y tu sin pisar el freno y me dices que no problem...” Tuvimos que usar todas nuestras dotes persuasivas e incluso físicas para que Javier soltara el cuello del taxista indio que por primera vez cambió su sonrisa perpetua por una mueca de extrañeza. (Y es que los occidentales debemos ser un poquitín rarillos...)

No recuerdo si el templo  especialísimo en el norte del Rajastán merecía o no aquel accidentado viaje, pero lo que sí recuerdo es que mientras mi mujer y yo esperábamos tranquilamente en las afueras del templo nos rodearon media docena de niños indios que evidentemente no estaban acostumbrados a ver turistas occidentales por aquellas latitudes y nos observaban como si fuéramos extraños extraterrestres. Cada vez se acercaban más y cada vez abrían más sus negros ojos impresionados vaya usted a saber por qué. Casi asfixiados por su presencia tuve la genial y espontánea idea de, sin duda para conseguir que nos dejaran tranquilos, sacarme una prótesis dental que portaba y cual acto de magia infantil hacer como si me mordiera con ella un ojo. ¡Craso error!. Los infantes quedaron petrificados de momento, con los ojos que se les salían de sus órbitas, y al poco salieron corriendo como almas que lleva el diablo y profiriendo extrañas palabras. Ahora los sorprendidos éramos nosotros, no entendiendo muy bien que aquella ingenua broma hubiera surtido un efecto tan radical y fulminante en la chiquillería. Pero nuestro gozo en un pozo. Al cabo de unos minutos vimos progresar por lontananza lo que a primera vista parecía una manifestación que, imparable, se dirigía hacia nosotros. Cuando estaba más a tiro de nuestra vista comprobamos, perplejos, que se trataba del grupo de niños que, acompañados por adultos, entre palabras y risas se acercaban hasta donde nos encontrábamos mi mujer y yo. Ante el cariz que podrían tomar los acontecimientos decidimos literalmente hacer mutis por el foro e introducirnos rápidamente en uno de los coches (teniendo bien presente que no estuviera al volante el paranoico y risueño conductor de la venida, por si las moscas) que nos esperaban. Pero debo reconocer que no venían en son de guerra, sino, muy al contrario, en son de magia. Mientras rogaba al taxista que arrancase pues ya nos habían rodeado, el más viejo de los hombres (que bien pudiera ser el alcalde del poblado) me hacía enérgicos y simpáticos gestos llevándose alternativamente su mano primero a su boca y luego a sus ojo. Comprendí. Querían que repitiera el ingenioso juego que momentos antes había realizado ante los niños. No tuve más remedio que volver a desprenderme la prótesis y hacer como si me mordiera con ella un ojo. Alegría y sorpresa en la concurrencia y grandes muestras de admiración en el grupo que rodeaba el vehículo. Era algo sorprendente: me requerían una y otra vez para que volviera a repetir el evento, y una y otra vez daban ostentosas muestras de admiración y respeto. Me temo que si hubiese permanecido por más tiempo en aquel lugar hubiera sido nombrado, ipso facto, santón predilecto de no sé qué extraña y adorable religión. Aunque es justo que cuente a los lectores que en la India los dientes son cariñosa y laboriosamente cuidados con una higiene muy especial y que, por motivos seguramente genéticos y alimentarios, es muy difícil ver a un indio vetusto sin sus piezas dentales. Imaginaros, pues, lo extraño y novedoso que debe resultar, y mucho más por aquellas campesinas latitudes, una prótesis dental.

 

Pero en la India no todo es sorpresa, devoción e incertidumbre. Una vez, en Varanasi, habíamos llegado al punto de concentración donde los autobuses recogen a los turistas después de dar una vuelta por la ciudad sagrada y funeraria. Recuerdo que llevaba unas monedas conmemorativas del campeonato mundial de fútbol que se había celebrado en España, y como ya me estaban pesando y molestando, se las arrojé desde el autobús a un escolar pulcro y bien uniformado que andaba pululando por allí. Luego de recogerlas y observarlas, por gestos, me preguntó si eran para él, y yo desde el asiento del autobús le respondí, evidentemente por gestos, que sí. Una amplia y rotunda sonrisa iluminó su cara cetrina y bien cuidada y al poco comenzó a tirarme besos de agradecimiento. Realmente me impresionó y me dejó una especial sensación de cariño entre mis recuerdos. Pero no terminó ahí el tema. Al día siguiente a las seis de la mañana recalábamos otra vez en la ciudad de Varanasi para presenciar las cremaciones que se realizan a primeras horas de la mañana, y cual no fue mi sorpresa cuando, según aparcaba el autobús entre un enjambre de autobuses de turistas, divisé al escolar indio  del día anterior que buscaba afanosamente entre todos los coches al amigo que le había regalado un montón de monedas de escaso valor real. Cuando me encontró, una amplia  sonrisa iluminó su rostro y de nuevo, y antes de salir corriendo con su cartera y su pulcro uniforme hacia su escuela, volvió a repetir los besos cariñosos que lanzaba al aire con un sentimiento y una dulzura sobrecogedoras.

La sensibilidad de la India profunda que te embelesa y te conmueve...