SORPRESA Y MIEDO EN LA AMAZONÍA

 

Unos golpes secos y fuertes sonaron en la puerta del extraño camarote. Creía que estaba soñando. Al fin, y ante lo reiterado y urgente de los golpes, medio dormido aún, me acerqué hasta la puerta y la abrí. Una metralleta (quizá un kalaschnikov) me apuntó de inmediato soportada por un militar con cara de pocos amigos que, como un trágico mimo nocturno, me hacía señas con el arma para que saliera...

 

El viaje había estado gafado desde el comienzo. La llegada a Lima con la ropa veraniega del mes de julio madrileño y el encuentro, soportando el despiste de unos viajeros que ya deberían saber del cambio de clima según los hemisferios, con el frío limeño y por tanto con el consecuente mercadeo rápido de ropa apropiada. La graciosa metedura de pata en aquel hotel de lujo del barrio de Miraflores con su jacuzi incorporado y el baño, -abundante gel espumoso en la bañera de hidromasaje- , con desbordante espuma que como una imparable marea progresiva empezó a extenderse por todo el dormitorio. No dábamos abasto en recoger con todo lo que encontramos a mano la dichosa espuma antes de que apareciera y se disgregara por el pasillo del hotel. (¡Cosas veredes, Sancho!)

Y el alucinante vuelo desde Lima hasta Iquitos en aquel cuatrimotor, vetusto pero conservado, que, próximo ya a tomar tierra en el aeropuerto de la ciudad amazónica y sin previo aviso ni comunicación a los navegantes, dio tranquilamente la vuelta y puso morro de nuevo a la ciudad de Lima. Solo ante las protestas de algunos pasajeros tuvo a bien el contramaestre en informar por megafonía (cuando ya llevábamos 30 minutos de regreso) que debido a las condiciones climáticas en el aeropuerto de Iquitos, -lluvia tropical y pista muy ajustada en longitud para el aterrizaje-, había tenido que regresar al aeropuerto de origen. Curioso, muy curioso, el sometimiento entregado y pacífico de los pasajeros autóctonos que no solo no osaron hacer el más mínimo comentario sino que dócilmente aterrizaron en el aeropuerto limeño y se quedaron tranquilamente sentados en los bancos del aeropuerto hasta la posible salida del día siguiente. Nosotros, baqueteados en ciertas peripecias similares, exigimos, como es obligatorio, el cumplimiento de las normas de la IATA para estos casos. La sorpresa del personal aeroportuario fue mayúscula y no tuvimos más remedio  que presentarnos en el despacho del comodoro-director del aeropuerto de Lima para comunicarle nuestras peticiones, recibidas con enorme extrañeza y sorpresa. Al fin, después de un tira y afloja dialéctico y esperpéntico, (a uno le dio la impresión de que el comodoro-director no conocía las normas de la IATA), conseguimos, como favor especial y bajo la promesa de no hacerlo público, una comida gentilmente pagada por el propio director del aeropuerto. ¡Alucinante!.

Al siguiente día partimos de nuevo en el mismo avión con dirección a Iquitos y esta vez, a pesar de la tromba de agua que estaba cayendo sobre la pista, -sorpresa, sorpresa-, aterrizó el aparato con susto y sin contratiempos.

 

El traslado desde la terminal hasta el puerto fluvial en el Amazonas donde esperaba el barco para el crucero, desde Iquitos en Peru hasta Leticia en Colombia, fue un paseo en remojo bajo un tremendo aguacero que caló maletas y personas hasta los huesos.

En realidad el portentoso “crucero de lujo” por el Amazonas resultó ser un vulgar y más bien miserable barco de unas cuantas decenas de años con unos camarotes escuetos y prusianos sin ninguna comodidad y sin baño privado. Fue evidente que la llegada de dos turistas españoles sorprendió de una forma espectacular a la tripulación del barco que no sé por qué extraña razón no nos esperaban y solo contaban con la presencia de un nutrido grupo de neozelandeses de la tercera edad que no hablaban ni una sola palabra en español. Ante nuestras airadas protestas (y seguimos protestando) sobre el camarote, tuvieron a bien introducirnos en algo que pomposamente llamaron “el camarote del director de cruceros” y que aunque era igual de cochambroso, al menos tenía baño privado y, secundariamente para ellos, estaba bastante separado del resto de los turistas neozelandeses.

Durante todo el viaje por el río se sucedieron curiosas y, diría yo, previsibles anécdotas que nos explicaban muy bien por qué no les agradó en absoluto la presencia de dos españoles en el crucero. En una ocasión mi mujer, que buscaba la máquina dispensadora de café a altas horas de la noche, se topó con una clandestina y cinematográfica reunión de tripulantes que trapicheaban sobre una mesa con una partida muy interesante de esmeraldas. En otra nos dimos de bruces, en uno de los recovecos del barco, con el capitán que esnifaba placenteramente algo que al preguntarle nos comentó que era para el catarro. Claro, no tuvimos más remedio que comunicarle, jocosos, que también nosotros estábamos bastante acatarrados y que nos gustaría participar de tan milagroso remedio...

 

Pero volvamos al principio del relato. Medio dormidos y sin tiempo de reaccionar nos vimos sacados, a empujones de metralleta por la soldadesca, del camarote y conducidos a través de la selva húmeda hacia un claro iluminado por dos potentes focos donde, (¡albricias!), se encontraba todo el grupo de neozelandeses en formación y con las manos detrás del cuello. Debo admitir que mi mujer sacó la garra hispánica y jugándosela comenzó a proferir palabrones altisonantes en el más castizo estilo madrileño dirigidos al que aparentemente hacía de jefe y que al escucharla se quedó perplejo y anonadado, imagino tanto por escuchar algo en su idioma (lo que evidentemente no esperaba) como por lo que estaba escuchando. Pasaron algunos segundos de incertidumbre y al jefe solo se le ocurrió decir muy aguerridamente aquello de “cállese señora que soy el capitán” y creo que incluso se atrevió a continuar diciendo algo así como “todos a formar”. Lo que sí es seguro es que mi mujer me cogió del brazo y diciendo, mientras me arrastraba literalmente por la maleza de la selva de nuevo hacia el barco, “si quieren algo de nosotros les esperamos en el camarote” y “cuando vuelva a mi país voy a dar una queja formal al presidente Felipe González que es amigo de su presidente Alan García”, nos retiramos dignamente hacia el barco dejando aun más atónitos a los pobres neozelandeses formados en la selva.

 No quise ni pensar ni sentir mientras caminaba digna y arrastradamente hasta el barco. Por un momento pensé que el tam-tam de las metralletas silvaría a nuestro paso y que, como en las películas, correríamos en zigzag por entre la maleza. Pero no pasó nada. Ni en ese momento ni en las horas posteriores. Tanto no pasó nada que ni siquiera se nos ofreció una explicación, coherente o no, sobre el incidente. Si sé que los amigos kiwis (como llamábamos al grupo de neozelandeses) a partir de ese día y hasta el desembarco en Leticia demudaron la color, ya de por sí blanquecina y lechosa, que les caracterizaba. Evidentemente nosotros nos dimos una explicación que, como bien pudiera ser fantasiosa, no me atrevo a comunicar a los lectores.

Y, -sorpresa, sorpresa, de nuevo-, cuando llegamos al destino nos dimos de bruces con el trapicheador mayor de las esmeraldas, que no era otro más que el corresponsal en Colombia de nuestra agencia de viajes. ¡Qué cosas..!