TEATRO INTEMPORAL EN NAIRO
Había leído en la habitación del hotel una nota de advertencia para los turistas en relación a lo peligroso que podía resultar cambiar dinero fuera de los bancos, cosa, que por otro lado notificaba, quedaba totalmente prohibida. No obstante, el turista es un elemento curioso y extraño que, no se sabe bien si porque se siente previsiblemente engañado fuera de su entorno habitual, o porque disfruta haciendo ejercicios de inteligencia pragmática, sobre todo en los lugares que disponen de un nivel económico-cultural más bajo que el suyo, tiende a saltarse las normas con una alegría e inconsciencia digna del mayor elogio. Y esta reflexión generalizada, aplíquese puntualmente a la inmensa mayoría de los turistas, aventureros o no, que van desafiando entre el miedo y la temeridad situaciones habitualmente desconocidas. Algunas veces estas situaciones depararán anécdotas y chascarrillos que sirve, en la distancia, para recordar y contárselas a los amigos más pacientes, y algunas otras, de verdaderas experiencias desagradables, cuando no trágicas.
Nairobi es una ciudad a caballo entre el África tribal y agropecuaria y el África que se asoma incipiente al desarrollo económico occidental. Como casi todas las grandes urbes del mundo acoge a una población de aluvión en este caso no solo proveniente del campo, sino también de las países cercanos con un menor nivel de progreso. Su pasado colonial se deja traducir en algunos tics anglosajones de lo más pintoresco, y la presencia de una minoría india, comerciante y poderosa, se refleja en los ostentosos coches que pasean sus orondeces y sus barbas siks por las calles. Y como en casi todas las grandes urbes una legión de ciudadanos poco agraciados en el reparto de las riquezas, por otro lado no demasiado escasas del país, pululan por las calles buscándose la vida y trapicheando con lo que sale o lo que pueden sin, por supuesto, hacer ascos a la clase turista que resplandece por Nairobi al olor de sus Parques Nacionales y sus safaris fotográficos.
De este contingente eran, sin duda, el grupo de “teatro aficionado” que nos montó, en pleno centro de la ciudad, un espectáculo bien ensayado y concebido con el único propósito de “birlarnos” un billete de cien dólares. A fé que, una vez pasado el susto inicial, todos los implicados pensamos que para tamaño esfuerzo y dedicación nuestros timadores teatrales se merecían, al menos, algo más.
La cosa había sucedido de la siguiente guisa. Mi mujer y yo, haciendo caso omiso de las advertencias e indicaciones del hotel, habíamos decidido realizar un cambio de moneda más ventajoso para nosotros en la calle que el que nos ofrecían en el banco. No fue difícil encontrar al “chipichanga” habitual por los alrededores del centro turístico de Nairobi. Una vez contactado al más puro estilo “agente secreto”, nuestro negro hombre nos citó en una tienda de un centro comercial que, por ser domingo, estaba cerrado a cal y canto. Nos habíamos olido la tostada y nos habíamos conjurado en la desconfianza de que, además de solo cambiar un billete de cien dólares, no soltaríamos este hasta no tener en nuestro poder la moneda keniata. El hombrecillo, muy nervioso, nos ofrecía un sobre blanco cerrado donde, por señas, nos explicaba se encontraba nuestro cambio, y mi mujer le enseñaba el billete de cien dólares fuertemente asido entre sus dedos y sin soltarlo hasta que no abriera el sobre y nos enseñase la guita. Estaba visto que la situación no tenía futuro puesto que ninguno de los dos cedía, en el convencimiento de que el truco estaba identificado. Y a todo esto nuestras dos hijas, que nos acompañaban, con los ojos como platos en el tira y afloja. Pero, éteme aquí, que con lo que no contábamos era con el segundo acto de la representación teatral autóctona que nuestros amigos keniatas nos tenían preparada. En esa disputa sin palabras estábamos, cuando de pronto, de verdadero sopetón, irrumpieron en el centro comercial deshabitado una troupe de al menos diez o doce personas gritando y haciendo ruidos extraños como si de espantar a una manada de elefantes se tratase. Eran unos muchachos jóvenes, todos ellos negros, que daban palmadas con sus manos grandes y planas mientras gritaban “policía, policía” y otros sonidos en lengua suajili no identificables. Con el estruendo y la sorpresa, el cambiador dio un tirón del billete de mi mujer y salió huyendo calle abajo junto con el resto de la compañía de teatro aficionado que habían montado para nuestra familia la pequeña pieza “COMO ASUSTAR A UNA FAMILIA DE TURISTAS Y ESCAMOTEARLES CIEN DÓLARES”. Menudo susto, pero he de reconocer la buena voluntad del grupo que, en semejante localización y situación, podían habernos dejado a toda la familia en “pelota picada”, llevándose todas nuestras pertenencias sin que nadie se hubiera percatado. La verdad es que, una vez repuestos del susto horas más tarde en el hotel, comentábamos el tremendo esfuerzo de tantas personas para conseguir unos míseros cien dólares que, sin duda repartidos luego entre todos, habrían tocado a escasos cinco dólares por cabeza. Por supuesto no dijimos del incidente ni esta boca es mía por varias razones: primero porque en el fondo nos encantó la representación y puesta en escena, segundo porque lo birlado o timado no suponía ningún agravio especialmente irreparable, y tercero porque éramos conscientes de la prohibición taxativa de cambiar moneda en Kenia fuera de los lugares adecuados. Item más, debo decir a los lectores que a pesar de la experiencia vivida en Nairobi hemos seguido haciendo cambios de monedas en las calles de casi todos los países donde el mercado negro funciona. Y es que, sin duda, el morbo es el morbo...
En la Kenia de aquellos años el turismo suponía una importante fuente de divisas que seguramente no se repartía equitativamente entre sus ciudadanos, si no que más bien iba a engrosar las cuentas particulares de jefes, jefecillos y jefecetes de la administración y de la política. Pero existía un turismo elitista y acomodado que disfrutaba, cámaras de todos los tamaños, precios y calibres en ristre, con los famosos safaris fotográficos. Sin contar, por supuesto, con esos otros safaris nada fotográficos que, a buen seguro, se paseaban clandestinamente por los Parques Nacionales, y por los que se pagaban verdaderas millonadas. Recuerdo que, especialmente, los turistas japoneses aparecían cargados con alucinantes equipos fotográficos y de videocámaras y se pasaban horas y horas, hieráticos, inmutables, estatuarios, como si quisieran llevarse el alma de las fieras de la selva para sus pequeños apartamentos en Tokio o en Osaka. En un Treeptops de las afueras de Nairobi tuvimos un pequeño incidente, muy latino por otro lado, que provocó las iras de los flemáticos cameraman japoneses. Un treetops es una especie de hotelito rústico construido en un lugar elevado en un claro de la selva, habitualmente aprovechando las frondosas ramas de unos árboles, y que está provisto de un mirador acristalado para la observación y la filmación de los animales que van a beber a charcas especialmente preparadas frente al hotel. Habíamos desembarcado en el hotelito con dos de nuestras hijas y, luego de tomar posesión de las rústicas y encantadoras habitaciones, como ya era de noche y se anunciaba la llegada delante del mirador de las fieras de la selva, nos dispusimos a estar un rato observando en el mirador. Cuando llegamos estaba casi completo, ocupado por varias decenas de turistas nipones con sus impresionantes cámaras. Debían llevar varias horas estoicamente al acecho sin decir ni una palabra, y, casi seguro, sin realizar el más mínimo gesto o movimiento. (¡Pues menudos son los nipones para estas cosas!). Tengo que reconocer que entramos en el “santa santorum” del mirador como gatos en una cacharrería: riéndonos, hablando a voz en grito y arrastrando las sillas que estaban dispuestas para los observadores. De pronto nos encontramos diez o veinte ojos firmemente fijos en nuestro pequeño grupo y con unas miradas de reprobación oriental que daba grima. La situación, por lo esotérica, nos produjo aún mas risas y nerviosismo (debo decir que en aquellos momentos no había ni un solo animal dentro del radio de acción del mirador), y una vez sosegados, intentamos calmarnos para estar un rato a la espera de los mesías-animales. No sé si por el nerviosismo o por la situación y sin que hubiese pasado más que unos minutos, cuando sonó en el recinto silencioso del mirador un estruendoso pedo, ventosidad o aerofagia desde los intestinos revoltosos de mi hija Elisa y que sonó como una bomba de relojería en la habitación. Ahí ya no pudimos contener la carcajada, y sin más abandonamos a toda prisa el santa santorum de los japoneses ante las irritadísimas miradas desaprobatorias y enojadas de los nipones. Pero debo decir que nunca como entonces el sonido de una ventosidad se escuchó tan claro y contundente en ningún lugar del mundo. Imagino que dicho estruendo aerofágico no asustaría a las bestias salvajes y que, algo más tarde, aparecerían por delante del mirador para regocijo y solaz de las cámaras japonesas.
En otra ocasión nuestras hijas también protagonizaron un incidente curioso que paso a relataros. Estábamos alojados en la Reserva Nacional del Masai Mara, en un hotel bien rústico dentro del parque. Las habitaciones simulaban tiendas de campaña pero a lo fino, o sea, con una base de obra y todas las comodidades en cuanto a calefacción, aseos y televisión que se supone debe tener un hotel de lujo. El restaurante del complejo hotelero estaba retirado de las habitaciones unos quinientos metros y era una preciosa construcción de madera, en medio de la selva, con una terraza desde donde se divisaba, mientras cenabas, la puesta de sol dorada en las sabanas de África. Habíamos terminado ya la cena y nosotros nos encontrábamos sumamente relajados y transportados en aquella mesa y aspirando todos los sonidos y todos los colores del atardecer africano. Pero nuestras hijas preferían, evidentemente, irse a las habitaciones y ver un poco la tele desde su cama. Convenimos en que se retiraran y que nosotros lo haríamos algo más tarde. Al cabo de unos minutos aparecieron, sofocadas, de nuevo en el restaurante y, con una apariencia entre asustadas y cachondas, nos contaron que no habían podido entrar en la habitación ya que tenían un elefante gigantesco delante de su puerta. Creímos que nos estaban vacilando y que se habían puesto de acuerdo, por alguna extraña razón, ya que las habitaciones estaban protegidas y alejadas de la zona de la reserva de animales. Medio mosqueados las dijimos que nos dejaran tranquilos y que si tenían un elefante en la puerta le invitasen a entrar en la habitación y le convidaran a una coca cola. Pero ante la insistencia y la protesta de Elisa y Mónica, terminamos por aceptar dicha extraña posibilidad y llamamos a los camareros masais para contárselo. Tampoco ellos pusieron cara de creérselo mucho, pero como el que paga manda, amablemente nos acompañaron a todos hasta las tiendas. Y no, no había un elefante, había una manada formada por seis elefantes plácidamente olisqueando con sus trompas las habitaciones y con caras de despistados. Menos mal que los aborígenes son unos expertos asustadores de elefantes (y de turistas confiados que cambian en la calle), y en pocos minutos se reunieron diez o doce camareros que, dando palmadas y gritos, aullentaron a los tranquilos y despistados elefantes. Reconozco que no dormí bien aquella noche pues no podía quitarme de la cabeza la imagen de un elefante aplastando con sus enormes patazas la cama y la persona de este humilde turista.
Desde entonces, en casa, acuñamos un dicho que ya se ha hecho famoso entre nosotros: ESTÁS MÁS DESPISTADO QUE UN ELEFANTE EN KENIA...