O de cómo los viejos pueblos se enriquecen o se envilecen con los
antiguos esclavos.
Darse un paseo por la Avenue Mozart, en un tiempo exclusivo y elegante barrio de Paris, es ahora darse un paseo étnico y multiracial con los convidados, casi siempre a pesar de los anfitriones del convite, al banquete del pastel del Occidente.
Pasear por Estocolmo, Amberes, Milan o Frankfurt, es casi siempre ir de paseo por Kusadasi, Mombasa, Quito, Abidjan o Beirut. Una simbiosis de mundos y ciudades que, a pesar de los pesares, se desplazan con sus casas, lenguas y culturas al hombro, intentando pasar desapercibidas primero, y algo más tarde, creando sus propios guettos y contraculturas posiblemente involuntarias.
Hablar con las gentes de la vieja Europa es, inevitablemente, hablar DE las gentes de la antigua y nueva África, de los SUPRA y SUBsaharianos que se cuelan a través de los mínimos resquicios de Schenggen, de los SUBamericanos (no sudamericanos) que se infiltran a diario con pasaporte turístico y un puñado de dólares para el camino, cuando no haciendo de correos salvajes de la droga o de la prostitución enmascarada. Es hablar del paro que no para y del escaso trabajo y su amenaza para los “legítimos” dueños a manos de los, con o sin papeles, de las culturas SUB del nuevo y del viejo continente.
Vivir el día a día en las grandes, y no tan grandes, ciudades de la vieja Europa, es palpar el mestizaje necesario, y a pesar de todo zancadilleado, de razas y culturas que intentan abrirse camino en ese mundo favorecido sin perder del todo sus raíces. Palpar, oir y calentar, odios nuevos y antiguos agravios de los que se sienten usurpados de los bienes escasos que apenas van quedando.
Y en medio de todo el mestizaje, un sinfín de caminos que nos empeñamos en desandar entre ignorancias y desconocimientos mutuos: nos vino bien colonizar y expoliar, pero no aceptamos, sin embargo ahora, ser los padres putativos de unos pueblos que, en parte por su dependencia y en parte por un elemental sentido de la justicia distributiva, vienen a presentarnos el recibo y la comanda.
Y posiblemente solo el mestizaje económico y cultural, étnico y laboral, podrá en pocos años salvarnos de la gran hoguera en la que puedan convertirse las viejas ciudades europeas. El mestizaje con todos sus CONTRAS y sus valiosos PROS, el mestizaje como principio de equilibrio, sosegado y difícil, entre los SUBhabitantes del mundo y los SUPRAciudadanos de Europa.
(Viejos ciudadanos de Europa, nuevos ciudadanos favorecidos del mundo: echar bien los cerrojos ideológicos, culturales y económicos a vuestras vidas, porque los antiguos y nuevos SUBciudadanos de los mundos desposeídos han tocado los clarines de la revancha y ya empiezan a no conformarse con los restos del banquete. Ahora, y no sin razones de peso y equidad, quieren ser parte integrante del banquete: comer vuestros pasteles y beber vuestros vinos, lo deseéis o no.)