O de cómo una sociedad pletórica convierte en mercado pagano algo
surrealista y religioso.
Cada año, inevitable y machaconamente, el montaje y la puesta a punto de toda una escenificación repetitiva y burguesa nos acompaña en los penúltimos días de un año que se va. Y cada año, inevitable y machaconamente, nos cantan las mismas musiquillas empalagosas y aburridas y nos invitan a los mismos deseos hipócritas, como si tuviéramos la enorme facilidad de olvidar tan solo en 365 días, las miserias y los fracasos acumulados de años de deseos bondadosos.
Y cada año,
inevitablemente supongo, los ciudadanos de todo el orbe vuelven a escenificar el
rito de la alegría forzada (uno no sabe bien si por un asqueroso año que se
va, un posible buen año distinto que viene, un nacimiento en el túnel de los
tiempos que apenas se recuerda, o incluso por una paga extraordinaria que se
viene y que es rápidamente engullida por la voracidad de los supermercados y
tiendas al por mayor y al por menor...), de la bondad blandengue y sensiblera, y
de la gula disfrazada de pantagruélicos banquetes tradicionales como si fuesen
los últimos días antes del diluvio que se acerca.
Se me acusará,
sin duda, de derrotista, de criticador oficial despiadado de tradiciones que
benefician al pueblo, y yo no sabré de qué beneficios y de qué pueblo me
estarán hablando: si del pueblo que ejerce su santa labor en tiendas, comercios
y supermercados, a salarios más o menos fijos y que terminan con un agotamiento
al borde de la depresión, o del pueblo que se deja casi el doble de lo que ha
conseguido sacar en la famosa extraordinaria en regalos y viandas.
En cualquier
caso parece evidente que es necesario, dado que la vulgaridad castró hace
tiempo la imaginación de los ciudadanos, la fiesta y el jolgorio a fecha fija,
y si es posible a hora fija, para que el individuo se sienta bien y protegido
por eso que se ha dado en llamar la organización social y el estado del
bienestar.
Y todo esto
solamente si pensamos en los ciudadanos favorecidos del primer mundo... ¡Qué
decir y qué pensar si nos acercamos a las masas olvidadas de los países del
tercer y cuarto mundo, cómo actuar si acompañamos a la legión desafortunada
de ciudadanos olvidados en el reparto de beneficios de las sociedades opulentas!
Entonces, sin duda, las famosas fiestas navideñas no serán posiblemente tan
solo una farsa, sino que supondrán una ofensa, un macabro y despiadado juego de
intereses, una provocación continuada a fecha fija.
Pero, -debo
reconocerlo-, lo que más me interesa, lo que más me apasiona, muy por encima
de las burbujas, de los cantos y villancicos, de los banquetes programados, de
las borracheras obligadas, es la bondad transitoria y coyuntural que, cual una
epidemia anual y calcada, se apodera de los conspícuos habitantes del planeta
por estas fechas. Ahí si que me tengo que quitar el sombrero y echar unas
lagrimitas bucólicas: la reconversión sentimental de las gentes siempre me
pareció un fenómeno altamente turbador e inexplicable...
Porque es
realmente complejo ese mecanismo que hace que miles, millones de ciudadanos, de
pronto y a fecha fija, se conviertan en arcángeles celestiales y cual “santos
tomases” industriales, vayan deseando jaculatorias y parabienes a todos los
coetáneos que se encuentran a su paso.
Esto, esto si
que es, por sí solo, suficiente motivo para conservar, in eternum, tan
importantes y bondadosas fiestas. Sinceramente no sabría que hacer con mi
biografía si al menos una vez al año no me deseasen paz y felicidad poco antes
y poco después de haberme hecho la pascua en cualquiera de sus variedades y
facetas. ¡LO PROMETO!.
LUIS E. PRIETO