LOS IDUS DEL NORTE

                                                     O de cómo una sociedad tiende a la estulticia o al desenfreno...

 Aceptar que, posiblemente nunca como ahora, el personaje humano ha perdido los conceptos elementales de la orientación filosófica y moral, no es, en sí mismo, más que aceptar que estamos pasando por un tiempo enrevesado donde confluyen, desde distintas perspectivas y presupuestos, cientos de parámetros que, posiblemente, seamos incapaces de integrar.

 

Comprobar que cotidianamente somos presas de acciones difíciles de entender desde una óptica sosegada o equilibrada; que, a diario, nos asaltan infinitas perplejidades que apenas podemos metabolizar; que los análisis éticos de los comportamientos elementales se tornan difíciles entelequias plagadas de incógnitas, y que casi nada sirve ya para casi nada porque todo se explica en sí mismo, o,  en su defecto, en la inevitable soledad de estar defendiendo el territorio contra los demás.

 

Demasiado para los perplejos habitantes de un mundo donde los sentimientos, que siempre fueron y pudieran seguir siendo, un bálsamo reconciliador, han sido prohibidos por real decreto, dada su difícil capacidad de ser autoprogramados y autoanalizados.

 

Vistas así las cosas, no es raro caer en el “todo vale siempre que sea en mi propio y exclusivo beneficio”, tanto moral como económico. Y este “todo vale” que se va convirtiendo paulatinamente en el eje central de comportamientos diversos, es, por sí mismo, la columna vertebral desde donde gravitan multitud de acciones que apenas podemos explicarnos.

 

¿Por qué no va a valer, por ejemplo, el asesinato político si yo estoy convencido de que es beneficioso para mí y para los que como yo piensan?. ¿Y por qué este hecho tiene que ser moralmente condenable?.

¿Por qué no va a ser aceptable, -sin ir más lejos-, la defenestración airada de tu compañero, convecino o contertulio, si este vecino, compañero o amigo, empieza a crearme problemas relaccionales con su molesta capacidad de preguntas y respuestas?.

¿Y por qué tendría que ser punible, -vamos a ver-, que de vez en cuando pusiéramos en “su sitio” a mi santa esposa o a mi santa hermana, ya que se empeñan en olvidar, a pesar de mis consejos y de mi insistencia, el lugar que deben ocupar en la sociedad...?

 

Caminamos, en desenfreno incontenible, hacia un mundo con fronteras económicas, sociales, individuales y culturales, donde unos miles de millones de seres, genéticamente solidarios, se empeñan en ser, biológicamente y sentimentalmente, harto diferentes.

 

Pero, ¿hay solución?. No lo sé... Mi varita mágica ha tiempo que se quedó colgada de aquella imagen del Mahatma que fue masacrado porque era, socialmente, demasiado peligroso para la convivencia. Quizá una apuesta incontenible, si a alguien aún le interesa, por los SENTIMIENTOS, sin trampa ni cartón, podría crear una vía, ancha y fuerte, todavía, contra el desenfreno y la estulticia...

 

LUIS E. PRIETO