LOS IDUS DE SEMANA SANTA
(o de cómo las cabalgatas impías se imponen a las trascendentes)
El análisis de las tradiciones populares y su valoración como fiel reflejo de las raíces culturales de un pueblo, es un análisis que se debate entre lo conservacionista y lo renovador, entre la adaptación de los mitos arcaicos al presente social, y el estudio de las razones de la aparición de dichos mitos.
El
hecho de que una tradición, solo por serlo, deba ser respetada y mantenida es,
en mi opinión, una falacia y un sin sentido en aras al conservadurismo más
recalcitrante. Existen tradiciones de raíz acultural íntimamente enraizadas en
las fiestas populares de muchísimos pueblos españoles, tradiciones que
mayoritariamente corresponden a una forma bien distinta de entender los
comportamientos sociales y las relaciones del hombre con su entorno,
especialmente con su entorno animal, tradiciones que, en mi opinión, no solo no
deben ser respetables, sino que por el contrario deberían desaparecer de forma
radical y absoluta.
Si
trasladamos estos conceptos al tema religioso y de la Semana Santa y sus
procesiones, e intentamos hacer un análisis desapasionado del ritual
tradicional y de su carga escénica, nos encontramos en una primera valoración
que, poco a poco, lo que pudo ser expresión de un sentido religioso profundo se
ha ido convirtiendo, en un mundo más aconfesional y más descreído, en algo así
como una tradición turística que elaboran las concejalías de cultura de los
distintos ayuntamientos con el beneplácito de la Iglesia católica que, una vez
al año, ve al menos proliferar entre su posible clientela expresiones más o
menos folclóricas de devoción religiosas.
Y
todo esto sin referirnos ni analizar lo que de negocio económico, favoritismos
y manipulación de imagen por los medios de comunicación de masas, tienen estos
rituales de Semana Santa.
Por
supuesto sin eliminar para nada a aquellos sectores que comulgan con el
verdadero sentido de las procesiones y la escenificación veraz de la Pasión, y
con la representación en forma de tótenes de unas creencias que en cualquier
caso son absolutamente respetables en el sentido profundo.
Pero
me sigue dando la impresión de que estos sectores son minoritarios y que, al
menos en mi opinión, no deberían sentirse muy satisfechos con la escenificación,
tal y como se ha ido estableciendo con el tiempo, de este ritual trascendente.
Y
para qué hablar de los llamados ritos tradicionales que, con enorme orgullo y
nulo análisis, pasan de padres a hijos con la aquiescencia, o al menos la
inhibición, de la iglesia católica: me refiero a los “empalados” de
Valverde de los Arroyos, a los “crucificados” de Filipinas, a los “niños
penitentes” con enormes cruces a cuestas de tantos sitios, a los
“flagelados” con las espaldas cubiertas de sangre de tantos otros, a los
“penitentes” descalzos o de rodillas, a tantas y tantas aberraciones que en
el nombre de Dios o de las tradiciones se cometen todos los años.
Es
hora ya de hacer un análisis elemental de ciertas fiestas populares, máxime
cuando dichas fiestas tienen un componente de religiosidad y de trascendencia. Y
recordar a los jerifaltes políticos de nuestra piel de toro que España es un
“estado constitucionalmente aconfesional”.
Y
si de lo que se trata es de conservar las procesiones como si de cabalgatas lúdicas
se tratase, permítaseme al menos que pueda elegir cabalgatas menos tétricas y
sombrías, y me decante por fiestas como las de carnaval o las de moros y
cristianos.
Por
mi parte un NO rotundo a unas tradiciones que van perdiendo todo su origen
religioso para convertirse en una escenificación pagana, cruenta en muchos
casos, y con un marcado matiz mercantilista.
LUIS
PRIETO VÁZQUEZ