Buscar una aguja dorada en los brillos petulantes de las avenidas donde las palabras suenan a hueco, puede ser tan inútil como resarcir con dolor y pena los olvidos afectados de los humanitas.
Tierra y cemento para el hambre de los doloridos.
Polvo y agua para la sed de los amnésicos.
Sonrisa y plumero para el corazón partido de los
sufridores.
La palabra seguirá cursando rutas invisibles entre visibles fronteras: manzanas que se hacen sidra en los dedos del aire; sandalias que se cuartean en el andar de la noche; retruécanos que aguijonean la paz de la luna; lanzas que se mutilan en los caminos de la distancia.
Y no volverán las cigüeñas, nunca, a sombrear las
campanas de la torre.
No –jamás- terciarán los sauces llorones sus lánguidas ramas
en la tierra yerma.
No descubrirán los rumores cariños ofendidos por los
gusanos.
Buscar una aguja dorada puede ser tan estéril como pedirle llanto a la piedra en la que se tropezó una docena de veces.
Pero, quizás, pueda servir para reconvertir las lágrimas en muecas de esperanza...
Luis E. Prieto
Junio-06