EN LA CASA DEL PADRE

 

En la casa del padre las violetas se convirtieron en rosas atenazando espinas.

 

Nadie se hizo responsable de las cicatrices que seguían hiriendo las voces del crepúsculo.

 

En la casa del padre…

 

Se vistieron los fantasmas de júbilo complaciente, y danzaron bailes de complicidad y asombro.

Juntaron sonrisas desviadas y susurraron miradas para confabular cariños olvidados.

 

En la casa del padre…

 

Nadie entendió la lluvia, ni el rugido del volcán recalentando soledades, ni los violines callados, ni las encubiertas lágrimas.

 

Se arremolinaron libélulas haciendo cabriolas con las palabras no dichas, y las serpientes desterradas enseñaron sus narices olfateando dolores con sus cascabeles podridos por la posesión de la nada.

 

En la casa del padre…

 

Y el padre sonrió, asintiendo al transcurrir de una vida que se reciclaba entre flores y sorpresas.

 

Y el padre dijo:

¡Aquí estoy, esta es mi magia!

 

En la casa del padre se turbaron, entonces, las espinas dolosas y se fueron a vestir de Otoño hasta la próxima cosecha…

 

Luis E. Prieto

Febrero-2004