(recuerdo de Costa Rica)
sobre ríos de tabaco amargo
en un desfilar de títeres
a punto del temblor de la sangre.
Las oropéndolas, mientras tanto, hacían sus nidos colgantes como frutas del aire, bamboleando el corazón de la selva húmeda agazapada en las sombras.
Ahora el volcán eructa cenizas por los vomitorios de las laderas que se deslizan sobre el agua en un carrusel de humo oloroso hacia el abismo negro.
La tierra
ha retorcido sus entrañas antiguas
despertando al monstruo de la gula
que dormía en el silencio.
Entonces los perezosos se convirtieron en jaguares, y los yacarés en monos congos: retomaron las tortugas las sendas de los rápidos y los martín pescador bucearon hasta las entrañas de los laberintos para rememorar el tiempo de los delfines blancos de la jungla.
Los nidos de las oropéndolas bailaban al son de la lluvia cálida como racimos tentadores de jugo espeso.
El fuego
se ha llevado el tan-tan
de los cafetales y el palmotear
de las bananeras amarillas.
Una carreta se va cansando en el fango de las montañas marrones en el chirriar de sus viejos ejes.
Una barca sin velas se mece entre pelícanos desgastando las olas calmas.
Un millar de cangrejos danzan en el espejo herido de la arena atardecida de la playa.
Sólo la memoria de las oropéndolas persiste en remarcar la vida y la muerte entre las ramas de los árboles azules, vigilantes eternos.
Luis E. Prieto
Noviembre-05