LA CASA

 

La casa no tenía puertas ni paredes. Y un techo, salpicado de cometas sin aire, resguardaba del olor a naftalina y a pasado.

 

Tú estabas allí, fijando miradas en misterios adyacentes, dejando que el tiempo te embriagara con su perfume rancio de días agotados y noches a punto de reventar enigmas.

 

Una cigüeña voló por encima nuestro, llevando hierbas en el pico para su nido, y comprendimos que habíamos segado ya demasiadas sementeras de campos difíciles, y que apenas quedaban verdes donde recuperar saltamontes, o blancos con los que repintar los muros que habíamos destruido en los combates donde el silencio siempre venció a las sonrisas.

 

Supe que ibas a abandonar la esperanza de recomponer mareas cuando barrunté mariposas sin colores y no quisiste explicarme por qué la voz se hundía en la garganta antes de confirmar el beso, hacia dónde habían escapado las lluvias que salpicaron nuestros ojos aquellas tardes en que la niebla ocupaba casi todo el horizonte, pero nos sostenían en una burbuja de emociones largamente perseguidas.

 

No hablamos -esta vez no- de fantasmas, porque ni siquiera nos habían acompañado en el trayecto hacia las dudas; ni de futuros, porque bien sabíamos de siempre que teníamos que ganarnos cada día el placer y la espera.

El silencio se hizo el rey de nuestras desesperanzas y vistió de ocre y pardo todos los rescoldos que nos quedaban en los bolsillos.

 

Al final, quise preguntarte: ¿has visto cómo suena el viento entre las rendijas del mañana?

Pero, solamente, te dije: es de noche, quizás ya sea demasiado tarde para plantar azucenas.

 

Tú no dijiste nada, aunque soñaste con fantasmas sombríos…

 

Luis E. Prieto

Junio-04