LLUEVEN OTOÑOS

 

(dedicado)

 

Llueven otoños en estos roquedales de caminos y flores que se van marchitando de frío y verde.

 

Sé que volverán las cigüeñas a recoger sus alas en los campanarios prominentes del futuro, que las avutardas repicarán sus cantos de reencuentro, que se vestirán de sombras los pinos esperando el sueño de las procesionarias convertidas en capullos de tierra.

 

Pero llueve…

 

El arco del cielo

va derramando lágrimas tenaces

en el claro-oscuro

de la nostalgia.

 

Un silencio de luna

se me sube a la garganta gris

mientras llora el delirio de la noche:

miel y roca

en los labios que desvelan

soledades en rojo.

 

He intentado acercarme a tu silencio ausente. Toqué las teclas negras de tu piano sin músicas. Quise aproximarme al hueco impredecible de tus ausencias, al dolor que intuyo tras tus ojos cansados de tanto mirar misterios insolubles. Rocé tu adiós con timidez de pájaro herido, y tu soledad desde el recuerdo cálido.

 

Pero llueve… y ya no hay más que barrancos baldíos en los antiguos cortados de mares que abrazaban los nidos de las gaviotas y el despertar del faro vigía.

Y ni siquiera esta lluvia de Otoño, monótona y necesaria, sirve ya para recorrer avenidas de sueños y nieblas.

 

Llueven otoños

con la insatisfacción de un viento

que va barriendo caricias lejanas.

 

Un epitafio dulce,

que nadie escribió nunca,

salpica la voz

que nunca nadie dijo:

vuelve…

vendrán otras luciérnagas

a iluminar caricias y sorpresas.

 

 

Luis E. Prieto

Octubre-04