LOS FARISEOS

 

Y entonces llegaron los fariseos, con sus carpetas repujadas y sus números en tinta transparente. Preguntaron:

-         ¿Han amanecido ya las voces que claman futuros?

 

Nadie contestó. Nos mirábamos todos con una mueca asustada entre las manos que buscaban auxilios.

El miedo se adelantó, temblando, y quiso susurrar:

-         Las mareas, esta noche, han levantado las brisas y han ocultado las algas.

 

Los fariseos torcieron sus ojos en un rictus de desprecio. Cuchichearon haciendo gestos obscenos, mientras volvían, de vez en vez, sus cabezas para cerciorarse de que todos seguíamos allí, esperando la sentencia.

-         ¿No están, tampoco, los malabaristas de la esperanza?

 

Una flor, de tallo largo y tímidas corolas, encorvó sus pétalos sonrosados y dijo con voz queda:

-         Parece que los avestruces están cambiando sus plumas... No nos quedan ya misterios para convertir en oro.

 

Nos escupieron con desprecio. Nos acorralaron en la pared del presente. Nos pasaron lista sin ni siquiera mirarnos. Nos pusieron, luego, un número en el rostro y pintaron un reloj sin manecillas en el techo del recinto. Advirtieron:

-         Cuando llegue el otoño vendremos a recoger las horas perdidas y los intereses devengados. Y no habrá contemplaciones ni súplicas en el negocio.

 

Se pusieron las caretas de hombres razonables, y se marcharon dando un portazo de viento y lluvia.

 

Todos supimos, entonces, que los fariseos eran los verdaderos jefes de la tribu, los reales señores del mundo.

Y no fuimos capaces de desenterrar las espadas, herrumbrosas ya de tanto ocultarlas bajo las losas de lo convenientemente correcto...

 

Luis E. Prieto

Septiembre-05