MARIPOSAS Y DOLORES

 

Conocimos el dolor al tiempo que se escapaban mariposas de nuestros bolsillos, convirtiendo el aire en un surtidor de colores. Sabíamos que colores y dolores caminarían juntos cualquier día, e intentamos prepararnos para la ausencia, pero estaba claro que las ausencias siempre se visten de agravios, o de silencios inexplicables, o de aguijones turbios capaces de remover los misterios de las sangres antiguas, que casi nunca inmunizan los afectos.

 

Tuvimos la lluvia y la niebla, y hasta un olor a ojos cómplices  cuan do aún el humo negro de las bombas repicaba entre los gladiolos recién plantados de Atocha. Se nos fue la vida mirando al mar desde las fortalezas de una costa guardada por cañones sin balas con reliquias de césped, o desde las efigies de unos hombres cubiertos de sal y arte mientras resonaban magias que habíamos ido preñando de palabras escritas, palabras tantas veces recubiertas por misterios vagabundos que recorrieron solitarios caminos.

 

Y nieve en los obradores  de los frailes, trasuntos en hosteleros reciclados, y plata y agua por las grutas que nos disfrazaron de espeleólogos sin promesas. Faltó la chimenea chirriante en la noche de insomnios compartido y separados, pero Mahler dejó sus notas, casi escondidas, detrás del In the upper room de Mahalia.

 

Luego el dolor se hizo subsidiario del silencio, y el silencio inundó distancias, y las distancias se convirtieron en miedos y reservas, y las reservas retumbaron en lágrimas expuestas y en lágrimas calladas, porque el equilibrio entre el dolor y las mariposas se tornó en desesperadamente imposible, y nada pudo retomar vuelos que dependían de aires imprecisos, y casi nunca favorables.

 

Aunque yo sé que aquellas mariposas, las que descubrimos en nuestros bolsillos de niebla sin proponérnoslo, seguirán volando siempre, y, aunque no las veamos, aunque nunca las vea nadie, ni nadie acaricie sus colores, permanecerán batiendo alas por encima de los dolores y los silencios: esos silencios que han sufrido del horror de las promesas calladas, y que han tenido que vestirse con la incomprensión de aquellas mariposas disecadas en un cuadro con alfileres lacerantes.

 

Algún día, quizás, cuando se rompan los hechizos, las mariposas de colores tomarán vida y se escaparán de los alfileres y del cuadro para perseguir, de nuevo, futuros imperfectos.

 

Luis E. Prieto

Julio-04