No hay sol para calentar los cuerpos...
Peces sin colores navegan por aguas sin espumas huyendo del fuego que aterroriza los bosques, con los ojos llenos de azufre y humo, y metralla en las aletas.
Un cisne blanco, de cuello negro, se mimetiza en el estanque antes de que el huracán barra las miserias dormidas del dolor y del hambre de los moradores del sepulcro.
Está de vacaciones la lluvia en los laberintos donde perdura la fe de los dioses de barro: dioses de labios sordos y gargantas anegadas en acertijos de vida y muerte; dioses para el consumo de las lágrimas recurrentes que visten de blanco los paraísos de las promesas futuras.
Cocodrilos desdentados reclaman sus parcelas de sexo y alcohol entre los turistas rubios, mientras la melopea del calor enciende los pubis depilados por los “brokers” para el descanso de los números.
Sangre entre hierros y asfalto como carnaza para las máquinas del espacio y del tiempo, que devoran las estadísticas del luto en un gota a gota de máscaras y cifras: las sonrisas del estío se han vuelto a herir de ambulancias y hospitales, de piernas sin campo, de rezos absurdos.
Deambula la paz de las alcantarillas envuelta en papel de regalo y cintas luminosas, mientras los políticos juegan a ser tótenes indignos y se ahogan las promesas cercanas de un Continente que busca redimir las mareas con el pan de la sangre abierta.
Los tiburones de la piel ya saben de la soledad del salitre, ya conocen el odio de los rezos, ya delatan el olor a reclamo de la negritud que deambula por los mercadillos con sus túnicas mojadas.
No hay sol para calentar los cuerpos...
Luis E. Prieto
Julio-05