Estaba en la pendiente en la que el tiempo existe abotargando los ojos y las manos, en el corazón de las respuestas que nunca quiso contestarse porque era sabedor de que los epigramas estaban comenzando a sustituir a las certezas, en el sendero del miedo al odio, a la indiferencia o al des-compromiso con la templanza.
Quiso huir... y decenas de miradas atenazaron sus pasos.
Quiso blasfemar... y el grito se convirtió en metáfora y desaliento.
Quiso odiar... y siempre adivinó razones para descastar la rabia.
Sintió el dolor lacerante de aquella antorcha que había llevado –sin saber nunca porqué- desde los años en que nacieron estrellas en sus sienes y se volvieron diferentes los juegos del agua; notó que le quemaba la sangre, cansada ya de explicar y explicarse, que le hería sobremanera recomponer la voz agria en murmullos vacíos para la galería de sombras y efigies, que siempre era tarde para evidenciar el calor que se encerraba en sus labios de mariposa sensible, de anacoreta sin milagros.
Pensó, entonces, en la impotencia de la voz solemne...
Receló, entonces, del gris que se adueñaba del fondo de las verdades...
Acordonó, entonces, las botas de caminante perdido en el silencio...
Un mundo extraviado de rencores absurdos le fue comiendo, con insistencia, los rincones que guardaba para el amor y la duda. Y los oasis reparadores se comenzaron a convertir en espejismos inútiles. Hasta el viento de poniente y las espumas dejaron de cantar madrugadas de luchas entre las sabinas, que ya no rezaban atardeceres ni futuros.
Quiso huir... y no supo hacia dónde.
Y se quedó sentado mientras las máscaras reían en círculos concéntricos.
Trasparente y solo.
Luis E. Prieto
Enero-05