SALIÓ DE LAS
SOMBRAS
Salió de las sombras, con la camisa desgarrando
silencios y mudo de palabras.
Quiso atrapar el tiempo entre sus brazos, cansados
de herir soledades en las cuevas donde no existen los misterios, donde sólo se
sienten las mareas que acechan la intemperie de la voz, sin timbres ni secretos
compartidos.
Notó el golpe brutal del miedo rondando en su sexo
olvidado de noches imperfectas, la desolación de los enigmas pendientes, el
pánico exacerbado a saberse violable, indefenso, confuso.
-
Ahora te toca a ti, -me dijo-, empadronar los
secretos de mis silencios guardados.
Y yo quise desmembrar la luz haciendo cabriolas
con las evidencias de un presente que comenzaba a retar futuros. Le miré con
los ojos sin ojos, adiviné sus labios sin sangre, intenté notar el calor de sus
manos, agudas, trasparentes, gélidas, y comprendí que no me quedaban ya conejos
en la chistera para ofrecerle.
-
No puedes abandonarme ahora; ahora que ya no me
protegen las sombras de la nada, -me susurró con la angustia abarcando millones
de lágrimas imposibles.
Retomé el camino viejo, las fumarolas de la
abundancia de besos, el olor a hierbabuena fresca, los pasos de amores eternos,
las caricias, el sabor de la sal de las mareas y del viento de la tarde, los
fantasmas olvidados…
Intenté rejuntar todas las ilusiones perdidas,
ocultas en el baúl de la casa sin puertas ni ventanas.
Balbuceé intenciones:
-
Verás, -le dije-, he encontrado una gaviota sin
alas ni cantos. Sólo puedo ofrecerte la ilusión de su vuelo salino, de su estela
indescifrable.
No me contestó.
Intuí que las sombras volvían a apoderarse de sus
ojos.
Luis E. Prieto
24-1-2004