Tendrá que llover azufre, o nieve negra, para reconfortar a los agnósticos que siguen persiguiendo quimeras detrás de los misterios de la vida oculta.
Clamar a los dioses vengadores de la guerra para que dejen de divertirse con los cuerpos degollados, y vacíen sus arcones de pólvoras malditas.
Repudiar los ojos ciegos de los habitantes presurosos del confort para que calibren sus propiedades del odio, antes de que los pasteles exploten entre un enjambre de demandas sin riendas ni mesuras.
Saber que la sangre es igual de roja,
que son las mismas lágrimas y hambres,
idénticos los labios
que murmuran el maná imprescindible
en el reparto de los bienes.
Y no esconder la cabeza tras tótenes de hierro, o bajo geografías de miserias, para justificar la revancha y el parapeto: no hay parapeto que pueda aguantar los embistes de la muerte acuciante, ni revanchas que no finiquiten con la derrota, el dolor o la herida abierta de los orondos propietarios del circo de las lagartijas sin cola.
A la postre no hay más piel que la que recubre huesos y vísceras, ni habrá más equilibrio que el que se reparte y se comparte.
Ni más paz que la que se yergue en los campos donde las palabras no buscan fronteras ni distancias a tenor de los acentos o de las creencias, casi siempre inventadas para sembrar amapolas con las que fustigar al oponente.
Perseguir a los señores
que rezan letanías de guerras consagradas
en el predominio de los pueblos santos,
abolir el miedo
a saberse partícipes de un planeta dolido
con tambores de cuero resonante
a punto del suicidio.
(Porque la tarta cada vez es de mejor factura, pero cada vez hay más comensales dispuestos a engullirla: por las buenas, o por el hacha...)
Luis E. Prieto
Octubre-05