TRÍPTICO DE LA EMOCIÓN IMPURA

 

I-

 

Has llegado cuando la tarde acariciaba el viento de poniente desde mi ventana de recuerdos.

No había ya murmullos colgados en las bisagras de las puertas, ni caminos abiertos que la duda no hubiera teñido de ocre.

Arco-iris sin lluvia han recubierto, en un instante, el horizonte plano de las risas con un sabor a miel y a hierbabuena fresca.

Cosquillas intrusas han repuntado libres por entre los pliegues cansados de mi piel, anestesiada de esperas.

Olías a besos guardados, a distancias próximas, a caricias saltando desde tus manos a mi cuello en un abrazo perdido y loco.

Y se han abierto todos los cuartos donde se escondían los atardeceres mudos y los silencios sin sonrisas. Nos hemos hecho trasparentes y únicos en la indisoluble posesión del tiempo encontrado: serpentinas de júbilo para calmar el espacio que se nos perdió en el desamor de las lumbres que se quedaron vacías de rescoldos...

 

II-

 

Nos fundimos

en la locura violeta de la carne,

en la pasión

de los milagros de lo eterno,

en el vuelo relampagueante de las águilas

remontando nubes en círculos.

 

Te he dado

mi cuerpo de flor y nata:

he tomado las caricias

de tu sexo púber

hasta saciarme de infinitos colores

al borde del ahogo y la locura.

 

Manos para prolongar

los labios,

labios para confundir

los ojos,

ojos para retomar la voz

que grita insospechadas promesas.

 

Tu sexo y el mío

bebiendo amaneceres...

 

III-

 

A la noche le ha salido una joroba de pesares.

Has partido, y me has dejado el hueco: la soledad del río en las riberas acariciadas y transeúntes, el reflujo del vómito doliendo vientre abajo, la pena de unas manos que estuvieron a punto de acariciar la luna antes de que las nubes ocultaran su cuerpo radiante.

Espinas en gris y negro laceran mis ojos con acuarelas de verde y barro buscando lágrimas.

Has partido, y me has dejado el vacío que no habla, que duele desde todos los rincones de este silencio absurdo y espeso, máscara de bronce y azufre de aquellas risas que acariciaban los labios de la tarde.

La noche se ha quedado sin palabras, luego del vaticinio rojo de las sábanas húmedas de sexo.

Y mi ventana abierta, sola...

 

 

Luis E. Prieto

Agosto-05