Ha desistido del mar.
La niña ya no tiene ojos ni manos que ofrecerle.
Desapareció la magia, corrompida en los intersticios de un silencio cómplice sin miradas.
Quiso recolectar las últimas sonrisas perdidas entre el adiós y el olvido, y se le rompieron en un salpicado de ausencias.
Notó sus labios vacíos, el color pardo de su piel cuarteada, el íntimo jeroglífico asombrado de la memoria, sus piernas cansadas de pasos imprecisos, y se dejó caer en un vagabundeo de lágrimas.
Entonces la llamó, la llamó desde sus ojos cansados.
Le pareció escuchar un leve murmullo acercándose a su ombligo:
“Espera, aún no es tiempo, aún no han caído las últimas flores del almendro...”
“No, no –dijo- ya no hay almendro, y las flores se marchitaron cuando la voz comenzó a retumbar en los rincones sin nadie...”
Sabía que no volvería a contestar a su llamada, que estaban marcadas las claves en un calendario de nombres infinitos con infinitas páginas herméticas.
Se cosió la boca al pasado, y abrió sus venas al futuro.
Mientras se iba, soñó playas y palmeras, navíos surcando olas del desierto, ponientes aventando sierras sin nubes, risas de almendro... y la voz de la niña que, entre mohines, le susurraba:
“Te dije que estaban cayendo las flores rosas del árbol, pero quise pensar que aún quedaba tiempo para el aroma de turrones dulces...”
Y se durmió hacia lo eterno.
Luis E. Prieto
Febrero-05