NEGRO

 

Negro. Paredones de luz infranqueable acuciando la voz, desgarrando los ojos, desarticulando manos.

 

No hay música posible, ni flores que resistan el embate del gris sobre las bocas que aguardan besos.

 

Se ha roto la muñeca de tanto acariciarla, de tanto disputar sus sonrisas al borde de la posesión altiva, de tanto jugar al escondite con las verdades increíbles.

 

Se arrinconan misterios en las buhardillas y se olvidan las horas fértiles que se hicieron prostitutas para servir a los tahúres de la fiesta de la confusión y el arribismo.

 

Hay un precipicio en negro y verde donde las gaviotas posan sus caminos cansados antes de dibujar alturas hacia el infinito. Un precipicio con vértigos y esperas, entre la risa y el dolor profundo.

 

Nadie habla: la voz se ha congelado poco antes de la rabia, o de la perplejidad, o del miedo. Intenta encontrar el azul prometido, pero el aire sabe a tormentas, a guerra de espumas, a distancias insalvables, a resacas…

 

Todos miran el negro esperando que el payaso domestique a los fantasmas corruptos, pero ninguno agita el pañuelo para que comience el espectáculo. No se mueven más que los dolores arrumbados en viejas vasijas de porcelana de Sèvres.

 

Pero el payaso ha perdido el disfraz de conseguidor de auroras: sabe que los fantasmas se multiplican al olor de los silencios y de los murmullos ocultos, y ha comprobado que ya no llevan sayas blancas invisibles, sino crespones que crujen a su paso, en la distancia.

 

Y sabe, -siempre lo supo-, que sólo la verdad sin componendas, y la magia, y los caminos pisados y por descubrir, y las nieblas que sonríen ofrecidas, podrán redimir precipicios donde el negro se cubre de cenizas.

 

(Que siempre habrá primaveras esperando el despertar de las máscaras a punto del abrazo)

 

Luis E. Prieto

Marzo-04