Macarena estaba guapa, como casi todas las novias de blanco el día de su boda. Gerardo miraba arrebolado a su hija, flanqueado por sus dos nietos disímiles: Borja Mari, macarra y fanfarrón, disfrazado con una terna cruda con rayas amarillas y bambas deportivas, y Jose, homosexual militante aseteado de piercing en orejas, labios y nuca, de blanco inmaculado y con una camisa granate chillón y unos mocasines rojos. Cuando me acerqué para felicitarle, me dijo, con esa sonrisa que nunca le abandonaba:
-
¿Te acuerdas de mis nietos, los de mi hijo Adolfo?
-
Sí, Gerardo, aunque hacía quince años ya que no los
veía. No los hubiera reconocido ahora...
Gerardo me hizo un gesto de sumisión y sorpresa, y yo me
acerqué, y, dándole una palmada en el hombro, le comenté:
-
La vida es como es, Gerardo, y nosotros tan sólo
actores de un teatro con los papeles escritos...
-
Joder, Antonio, si me lo cuentan antes me pego un
tiro, pero, ¿qué puedo hacer ahora? Tú, al menos, has tenido suerte...
Iba a buscar alguna excusa piadosa cuando Rafa se unió al
grupo. Rafa había venido solo porque su tercera mujer, -según nos dijo-, no
soportaba el calor del Sur y se había ido al Norte con su última hija. Algo me
decía que Marta no sería la tercera y definitiva esposa de Rafa, ni que su hija
de tres años sería, tampoco, el último de sus vástagos y una pensión
alimenticia más que deducir de su altisonante cuenta corriente, un día repleta
de ceros, y pocos meses después, luego de algún negocio portentoso y
originalísimo, en bancarrota absoluta y deudora.
-
Parece que fue ayer, -comentó Rafa.
-
Y una leche, macho, -le respondí con un amago de
puñetazo en el estómago.
-
Ayer yo no tenía que tocarte la cara, quillo, para
ver cómo eras, -dijo Gerardo sin perder la guasa.
-
Bueno, bueno, era sólo un decir, -tuvo que admitir
Rafa.
-
¿Cómo están tus hijos, Rafa?, -le pregunté para
romper el hielo.
-
¿Cuáles?, -respondió Rafa con cara de
extraterrestre.
-
Eso, Antonio: con Rafa hay que especificar a qué
estamento nos referimos, -dijo Gerardo con ironía.
-
Pues los que conocemos, -acepté.
-
James está en Singapur, y creo que tiene dos
hijos...
-
¿Crees?, -le inquirí asombrado.
-
Bueno, sí, aunque hace un par de años que no sé nada
de él... Y Daniel en Berlín, terminando la carrera...
No éramos de la misma edad, ni estábamos en el mismo
curso, ni siquiera teníamos similares comportamientos escolares, pero algunas
peleas nocturnas para defender lo que creíamos que era la dignidad y la
justicia nos habían unido por encima de nuestras diferencias. Pronto LOS
ALACRANES se hicieron famosos en el Internado, a pesar de que casi nadie
conocía quienes eran los que en realidad se escondían detrás de aquellas siglas
que marcaban la mayoría de las barrabasadas y demandas anónimas del Colegio.
Cuando nos hicimos con el sello de caucho, con un alacrán tatuado con la cola
amenazante, no fue fácil ponerlo a buen recaudo de los continuos registros de
los profesores, aunque estos siempre se equivocaron creyendo que se trataba de
varios alumnos de un mismo curso y de similares características docentes. Sólo
esto, quizás, mantuvo durante tiempo el anonimato, y únicamente cuando, en una
locura prepotente, decidimos firmar nuestros exámenes, de distintos días y de
diferentes cursos, con el tampón del alacrán amenazante, pudieron los
profesores , por una elemental eliminación y comparación de letras, conseguir
por fin desentrañar y expulsar del Colegio al trío Los Alacranes. Habían pasado dos cursos en los que la firma
de caucho del alacrán rubricaba las más variadas denuncias de la vida escolar:
desde el ropero del chivato José Manuel, en el que apareció una pegatina que
rezaba PELOTA-CHIVATO, con el alacrán amenazante, hasta el cuaderno de clases
del Sr. Anselmo, que amaneció un buen día bien engalanado con la leyenda
PEDERASTA-ASQUEROSO, aunque debo reconocer que, por entonces, ninguno de los
alacranes teníamos del todo claro qué significaba aquello de pederasta, si bien
nos pareció más fino y contundente que poner MARICÓN-ASQUEROSO.
Nunca perdimos el contacto a pesar de que nuestras vidas
se fueron por rumbos bien distintos. Aquellos años de clandestinidad y
anonimato habían supuesto, sin duda, mucho más que un juego de internos
aburridos, pero era inevitable poder sentir ahora el paso del tiempo aderezando
nuestras vidas, cuando tres generaciones de “alacranes” se juntaban en la boda
de Macarena.
-
¿Os acordáis cuando el Director tuvo cuatro horas a
todo el alumnado, formado en el patio, a plena canícula, y cantando el Cara al
Sol...?
-
¡Hijo de puta!
-
Y sólo porque habíamos pintado todas las puertas del
Colegio con la palabra FASCISTAS y la firma de los alacranes debajo...
-
Sí, dijo que, o se entregaban los llamados
“alacranes”, o no nos movería del patio durante días.
-
Pero el muy cagón tuvo que rajarse cuando se
desmayaron los tres primeros alumnos de primaria...
-
Y al día siguiente lo rematamos escribiendo en todas
sus clases de Lengua, en las pizarras, FASCISTA-CAGÓN, con la firma del trío...
-
Joder, echaba chispas el tío...
-
Eso sí, me aprendí el Cara al Sol al dedillo.
-
¿Y si lo cantamos?
-
¡No fastidies, que es la boda de mi hija!
Rafa seguía renovándose con su nueva empresa de
Video-conferencias, y Adolfo, retirado hacía ya tiempo por aquella retinitis
viral que le había dejado un 25% de visión dispersa, acababa de afiliarse a la
ONCE sin perder un ápice de su alegría, aunque sí decidió eliminar, de su
repertorio inacabable, todos los chistes de ciegos. Y yo estaba allí
representando el triunfo del estudio y de la estabilidad de una profesión y una
familia a todas luces modélica. Mi mujer, dos de mis hijas, y dos de mis
nietos, habían querido sumarse a la boda de la hija de uno de los “alacranes”.
-
¿Y cómo llevas lo de Jose?, -preguntó a bocajarro
Rafa.
-
Jodidamente, compadre. Lo puñetero no es que sea
homosexual, que esa es su opción personal, sino que vaya de “loca”
provocante... Y Borja Mari, para compensar, de fanfarrón super-macho, que no sé
qué es peor...
-
Es que mandan narices los nietos...
La sonrisa permanente de Gerardo, estimulada ahora por
unos cuantos aperitivos alcohólicos diversos, se puso triste por unos momentos,
y sus ojos apagados se hicieron vidriosos. Me pareció obligatorio compensar un
poco la situación:
-
Oye, Rafa: ¿superó ya James su adicción a la coca?
-
Imagino que sí. Sería difícil, si no, que estuviera
en Singapur: allí estos temas se castigan sin contemplaciones con largas
cadenas de cárcel.
-
Venga, muchachos, que parecemos los alacranes
agoreros, -atajó Gerardo-, y hoy es día de celebraciones...
-
¿Y si cantamos el Cara al Sol?
-
No hay huevos...
-
Venga...
“Cara al sol con la camisa nueva
que tú bordaste en rojo ayer,
me hallará la muerte si me lleva
y no te vuelvo a ver.
Formaré junto a mis compañeros
que hacen guardia sobre los luceros,
impasible el ademán,
y están presentes en nuestro afán...”
Los efluvios alcohólicos ya habían hecho mella suficiente en nuestro
trío como para que no percibiésemos que todos los invitados nos miraban
estupefactos, mientras nosotros tres, cogidos por los hombros, nos
balanceábamos al ritmo marcial, ligeramente beodo, de la canción
fascistoide-patriótica.
Me hubiera gustado perder la noción del tiempo, pero los ojos de mi
mujer, inquisitivos y asombrados, me recordaron que tan sólo me quedaban 24
horas para finalizar el permiso carcelario de fin de semana que las autoridades
del Penal de Soto del Real me habían concedido para la boda de la hija de mi
amigo...
Luis E. Prieto
18-8-2003