Dicen que solo salía por las noches, cuando casi todo era
silencio y solo el chirrido de algún coche rasgaba las calles solitarias. Dicen
también que, desde hacía muchos años,
escondía su rostro detrás de unas grandes gafas oscuras y debajo de un
sombrero de ala ancha que le acompañaba permanentemente en invierno y en
verano. Y dicen que en los últimos años no se le había visto hablar con nadie,
y hasta se dudaba de que su voz no se hubiera agotado en una larga agonía de
penumbras...
Rafael acaba de abrir la puerta de su lujosa suite en el
Hotel Palace mientras sus dos guardaespaldas, musculosos como torres, se
quedaban acechantes en el pasillo. Se dejó caer en la confortable cama de la
habitación, y, de una manera automática, pulsó el mando a distancia de su
televisor. Llevaba casi 18 horas en el estudio de grabación y estaba agotado.
Ahora solo deseaba relajarse, y, al menos por unas horas, olvidarse de Ralf
Sedrín, de la música, de Richard y de las miles de fans, cada vez más jóvenes e
impetuosas, que le asediaban continuamente. Le estremecía incluso que pudiera
aparecer Judith, aunque pensándolo bien no presumía que aquella noche se
presentara en el hotel, ya que, si no recordaba mal, tenía pasarela hasta bien
entrada la jornada. Pidió por teléfono un bocadillo vegetal, un vaso de leche,
un coñac Magno con ginebra Larios, y cerró los ojos mientras permanecía tumbado
sin quitarse la ropa...
Cuando el Dr. Menéndez Leite le confirmó que ni siquiera
con una operación compleja y delicada le podía garantizar un cien por cien de
éxito, Ralf no tuvo fuerzas ni para pestañear. Se quedó inmóvil en el elegante
sillón del despacho del famoso otorrino y se sintió atrapado por una sensación de pánico profunda
acompañada por un sudor largo y pegajoso que le dejó empapado de cintura para
abajo. Había decidido, con no pocos esfuerzos, hacer una consulta urgente al
Dr. Menéndez Leite, al que muchos de sus amigos de profesión consultaban
asiduamente ante la más mínima sospecha de complicaciones gripales o
catarrales. El Dr. Llevaba ya más de una hora con él y su aspecto jovial no se
había alterado un ápice en el trascurso de la revisión. Solo había arrugado
levemente el entrecejo cuando mirándole
por encima de sus gafas de presbicie le había comentado la sentencia.
Ahora los dos se miraban fijamente y el galeno había tenido la deferencia de
guardar silencio durante unos minutos antes de comenzar a intentar explicarle a
Ralf su complicado proceso...
En esos momentos, allí de pié como un jovencito despistado
y orgulloso, no sabía por cual decidirse. El hombrecillo entrajetado y
encorbatado con pinta de empleado de una sastrería antigua le había mirado con
desconfianza antes de reconocerlo. Incluso estuvo a punto de decirle aquello
tan solicitado de “me temo señor que se ha equivocado de sitio...” Y no era
para menos ya que Ralf, en aquella ocasión, había elegido, voluntariamente, una
indumentaria de lo más desastrosa: se había calado una gorra de visera de pana,
una camiseta de color indefinido con un logotipo en rojo sangre que decía NO,
unos vaqueros raídos y descoloridos, y unos deportivas con roña de años. Estaba
dudoso entre el Ferrari 2005 GT o el Porsche 927 XL. El empleado iba solícito
como un moscardón pegajoso dando vueltas de acá para allá alrededor de los dos
modelos y agobiando a Ralf con prolijas explicaciones técnicas que este ni
siquiera escuchaba...
Estaba hasta las narices de los meses de reposo. Nadie
atinaba a explicarle por qué a penas ni podía con su cuerpo larguirucho de
quince años, ni por qué los análisis semanales que le hacían seguían
evidenciando una pérdida tan descarada de leucocitos sin que ninguna patología
asociada hubiera dado la cara hasta la fecha. Y estaba hasta las narices, sobre
todo, de que cuando los médicos no sabían
por dónde hincar el diente al tema, todo lo que se les ocurrían era que
guardase reposo absoluto. Llevaba varios días barruntando hacer una trastada y
largarse de una vez de aquella maldita cama inmunda y aborrecible. Tenía sed.
Al principio todo habían sido consideraciones solícitas, pero con el paso de
los días nadie ya se ocupaba de él. Solo reposo. Tocó la campanilla que le
mantenía en contacto con el resto de la tribu familiar, pero nadie acudió a su
llamada. Solo gritando quizá, -pensó-, conseguiría que le escucharan y de paso
amortiguaría su rabia. ¡Quiero agua!, gritó con toda sus fuerzas. Y una voz
impresionante surgió, como por arte de magia, desde dentro de su cuerpo
reposante. Una voz que no reconoció como suya, pero que rompió la monotonía de la
casa rasgando como una flecha el tiempo y el espacio. Una voz de tenor
encabritado con unos registros increíbles para un zagal de quince años. Luego
todo aconteció como en una película de aventuras: su recuperación fulminante,
su entrada como vocalista en un grupo de rock duro, sus actuaciones en
televisión y en radio, su separación del grupo y su aparición como solista
consagrado, sus giras triunfales por América y Asia, sus conciertos
multitudinarios y sus discos de platino. Y sus suculentas cuantas corrientes...
Y ya no era la hora de buscar explicaciones a tan especial trasformación seudo
milagrosa, porque, como decía Richard, su representante, los milagros están
para eso, para no intentar ni explicarlos ni analizarlos...
A Judith no le gustaba la música pero era una consumista
voraz de dinero y de placeres. Se habían conocido por casualidad en una fiesta
que organizó Richard para celebrar su tercer disco de platino. Ralf no sabía
entonces que Judith era cocainómana aunque no le importó demasiado cuando se
enteró: le importaba mucho más su avidez por el sexo, y, sobre todo, su
elegante figura de gacela y su porte cuando desfilaba por las pasarelas del
mundo. Le habían enseñado que la mezcla de sexo y coca resultaba un cóctel
imprescindible para su carrera, y Ralf siempre supo agradecérselo manteniéndola
como su concubina oficial y privilegiada por encima de la legión de fans que se
le ofrecían después de cada concierto. Su relación era de complicidad y de
placeres apenas turbados por sus propios y agotadores trabajos. Ambos gozaban
de su tiempo y de su libertad en solitario, pero siempre tenían un espacio en
común para disfrutar de los placeres compartidos...
Aquella noche se encontraba raro. Apenas había podido
dormir unos minutos de siesta, y el almuerzo frugal que había ingerido lo
notaba aún en la garganta. Había llamado por la línea interior del hotel a
Richard y le había pedido que suspendiera el concierto. Este, primero atónito y
luego indignado, le había contestado, gritando como un loco, que si había
perdido el juicio o que si estaba drogado. Ni lo uno, ni lo otro, -le contestó
en voz baja Ralf-, simplemente que hoy me encuentro raro y no puedo actuar...
Richard apareció como una exalación en la habitación, fuera de sí, y a
empellones obligó a Ralf a vestirse y a prepararse mientras daba gritos como un poseso comentando lo que podría
suponer para su carrera un recital de diez mil personas y de millones de
beneficios. En la primera canción de su actuación Ralf comprobó que algo no marchaba. Su portentosa voz se negaba a
salir desde su garganta como siempre y tuvo que fingir que una pequeña
indisposición le aquejaba para darse un respiro. Pero cuando comprobó de que no
se trataba de una pequeña indisposición sino de que una especie de sonido agudo
y gutural iba remplazando a su maravillosa voz de tenor melódico, se dejó
llevar entregado a cualquier cosa que pudiera acontecer con un fanatismo casi
anunciado. Y lo que sucedió no fue otra cosa que una especie de revolución en
las gradas: primero silbidos, luego bronca, y más tarde botellas, latas, y todo
tipo de objetos arrojables regaron el escenario mientras Ralf huía cobijado por
su representante y sus músicos...
Ahora Rafael Sánchez Ridruejo contempla el mar desde los
acantilados que siempre le fueron cercanos. Podría hacerse cientos de
preguntas, pero prefiere solo dejarse llevar por el zumbido de las olas
golpeando contra las rocas. Al fin y al cabo soñar era gratis, y a sus diez
años no era nada difícil poder soñar con mundos fantásticos en un fondo de
rugidos y clamores de olas. Tenía taxativamente prohibido acercarse aquellos parajes donde, según
contaban los mayores, habían desaparecido ya muchas personas como tragados por
los duendes del mar y de las rocas. Pero él no creía en esas leyendas, prefería
sentir que era un mago y que podía volar, extendiendo sus brazos como
fantásticas alas, hasta alcanzar sus sueños imaginarios. Cerró los ojos, aspiró
intensamente el aire húmedo que subía desde el mar, y se marchó volando,
lentamente, imperceptiblemente, dulcemente, hacia un gran anfiteatro donde las
olas, que eran la multitud impaciente y resabiada, rompían contra su cuerpo
vacío y callado en medio del escenario...
Nunca quiso saber por qué su voz se había convertido y
desconvertido como por ensalmo. Su voz de castratti le dolía como un millón de
alfileres incrustados en la garganta, pero aprendió a aceptarla, con la misma
filosofía aunque con mayor amargura, con que había aceptado su portentosa voz
de tenor melódico.
PORQUE LOS MILAGROS, como dijo el bueno de Richard, ESTÁN
PARA ACEPTARLOS, Y NO PARA EXPLICARLOS...
Luis E. Prieto
20-4-2001